Brasil entierra el sueño de la igualdad

La caída de Rousseff anticipa el final del modelo social de Lula

El giro neoliberal de Michel Temer iniciará una nueva era en Brasil

Manifestantes en apoyo a Rousseff en Brasilia.

Manifestantes en apoyo a Rousseff en Brasilia. / AP / Leo Correa

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Edu Sotos
Edu Sotos

Periodista

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Al contrario de lo que muchos piensan, la sentencia de este miércoles en el Senado de Brasil no significa únicamente la "muerte política" de la presidenta Dilma Rousseff, como la definió su abogado José Eduardo Cardozo, sino el fallecimiento anticipado del modelo de desarrollo propuesto por el expresidente Luiz Inácio 'Lula' da Silva cuando accedió por primera vez y contra todo pronóstico al Palacio de Planalto hace 13 años. El sueño de un Brasil sin barreras entre ricos y pobres, hombres y mujeres, negros y blancos, se desvaneció con la llegada de una crisis económica sin precedentes que reabrió, de lado a lado, la vieja herida de la segregación en la mayor democracia de América Latina.

"Probablemente Dilma fue la única política de Brasil que no robó para enriquecerse y está siendo juzgado por quienes sí lo hicieron a través de un golpe blando", sentenció hace un par de meses el gurú de la izquierda Noam Chomsky, quien, lejos de ser un adulador del modelo brasileño de desarrollo, no dudó en atizar a Lula cuando optó a la reelección en el 2006 por "haberse apartado de las banderas de los movimientos sociales". Precisamente, las declaraciones del lingüista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) fueron las más acertadas hasta la fecha. Rousseff no supo, o no quiso, jugar el juego de la política de Brasilia. 

Fiel a su espíritu tecnócrata y alejada de los trapicheos en los oscuros pasillos del Congreso Nacional, donde Lula se desenvolvía con la experiencia acumulada en los púlpitos de los sindicatos de Sao Paulo, la presidenta que en su juventud cuidó de las cuentas de la Vanguardia Armada Revolucionaria (VAR) se enclaustró en su despacho de la capital para poner en marcha la maquinaria desarrollista. Si su antecesor y padrino puso en marcha el programa social 'Bolsa Familia', que desde el 2003 sacó de la miseria a 35 millones de personas, Rousseff echó mano de la calculadora para poner a andar en el 2009 el programa 'Mi Vida, Mi casa', que hasta el fin de su segundo mandato debería haber entregado 4,6 millones de casas a las familias más carentes de Brasil.

Petrobras, la clave

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No solo eso. Rousseff quiso convertir la petrolera semiestatal Petrobras en el motor del cambio para Brasil a través de la llamada 'ley de las Royalties', que obligaría a invertir el 75% de los beneficios de la industria del petróleo en educación y el 25% en el sector de la salud pública. Una friolera de 31.000 millones de euros en los primera década y 99.839 millones más hasta el 2045 que dejarían atrás de una vez por todas el peor sistema educativo de América Latina solo por detrás de Bolivia. Quizá por ello, por atreverse a jugar con el mayor negocio del planeta, el escándalo de corrupción que inició la crisis brasileña nació en Petrobras, como ya había deslizado una de las filtraciones de Wikileaks en el 2009.

Quizá por ello, porque el modelo Partido de los Trabajadores no será permitido en el nuevo Brasil neoliberal de Michel Temer, el próximo objetivo de la operación Lava Jato será el expresidente Lula. Solo la cárcel y el desprestigio público podrían evitar que el verdadero padre del cambio en Brasil, el único presidente que alcanzó una popularidad del 80,5% al dejar su mandato, concurra a las elecciones presidenciales de 2018. A pesar de la derrota de Rousseff, la oposición y el pueblo brasileño saben que hasta que Lula no arroje la toalla, o acabe en prisión, el sueño de otro Brasil seguirá siendo posible.