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La metamorfosis de Hillary Clinton

Ocho años tras fracasar en su primer intento, logra la nominación con una plataforma más progresista

Donde unos ven evolución y adaptación otros identifican un oportunismo que incide en su mala imagen

Idoya Noain

Hillary Clinton, antes de pronunciar su discurso de aceptación de la nominación demócrata, el jueves en Filadelfia.

Hillary Clinton, antes de pronunciar su discurso de aceptación de la nominación demócrata, el jueves en Filadelfia. / AP / PAUL SANCYA

“Entiendo que mucha gente no sabe qué pensar de mí”. Hillary Clinton pronunció el jueves en la Convención Demócrata en Filadelfia esta frase en el que por ahora es el discurso político más importante de su vida, en el que aceptó la nominación que le convierte en la primera mujer que aspira por uno de los dos grandes partidos de Estados Unidos a la presidencia. Y con esas palabras asumía uno de los mayores interrogantes que le rodean: ¿es, como creen sus defensores, una de las políticas más cualificadas de la historia del país, que ha ido aprendiendo y evolucionando o es, como denuncian sus críticos, una “oportunista” guiada solo por sus ambiciones y cálculos?

La propia Clinton usó el discurso para tratar de avanzar la primera opción. Hiló una narrativa que apuntaba a su capacitación para el cargo, desde por su compromiso vital con el trabajo a favor de mujeres y niños hasta por la experiencia que ha acumulado en sus 40 años en la vida pública y, sobre todo, en los últimos 15, cuando dejó la sombra de su esposo, el expresidente Bill Clinton, y arrancó como senadora por Nueva York su carrera política individual.

También usó esa línea argumental como la base de sus ácidas y afiladas críticas a Donald Trump, al que acusó de ser “un hombre pequeño” que alienta “el miedo y la división” y para enmarcar en contraste a su rival republicano el 8 de noviembre sus propuestas políticas, las más progresistas que ha adoptado nunca.

Es, no obstante, la adopción de esa agenda que parece sacada directamente de la campaña de Bernie Sanders (como el lenguaje que usa ahora), donde algunos ven señales de una falsedad que consideran endémica en Clinton y que explica en buena parte que dos de cada tres estadounidenses aseguren en las encuestas no confiar en ella.

DEL 2008 AL 2016

Si se contrasta a la Clinton de hoy con la que fracasó en su primer asalto a la Casa Blanca en 2008, entonces frente a Barack Obama, es innegable el cambio. Entonces era una candidata que, por ejemplo, no apoyaba el matrimonio gay, defendía políticas económicas neoliberales y la reforma del sistema penal impulsada por su esposo que superpobló las cárceles afectando desproporcionadamente a las minorías. Representaba, además, una voz halconiana en política exterior, que entre otras cosas, se negaba a sentarse a negociar con Irán. Pocas cosas le lastraron más entonces que su voto en 2002 a favor de la guerra de Irak.

La Clinton de hoy es también distinta a la de los últimos ocho años. La exsecretaria de Estado de Obama que llegó a definir el tratado de libre comercio negociado con 11 naciones de Asia y el Pacífico como “el patrón oro” de esos acuerdos, ahora tilda de “injusto” el pacto, que es uno de los principales movilizadores políticos para los progresistas demócratas y también para Trump. Y la mujer que tras abandonar la jefatura de la diplomacia obtuvo parte de sus ingresos dando discursos  generosamente retribuidos por grandes corporaciones que son también importantes financiadores de su campaña, ha tomado el testigo de Sanders en el discurso contra la influencia del “gran dinero” en la política de EEUU.

La propia Clinton ha pasado de presentarse como “una moderada centrista” a definirse como “progresista”, aunque poniendo enfasis en su pragmatismo y su capacidad de “hacer cosas”. Y demuestra su inteligencia política cuando, consciente de la necesidad de buscar el apoyo de los seguidores de Sanders, incluye en su programa propuestas del senador como la subida del salario mínimo pero sin especificar si luchará por los 15 dólares o se contentará con la subida a 12 que ella defendía.

¿EVOLUCIÓN O ESTRATEGIA?

De lo que no hay duda es de que Clinton ha vivido, entre 2008 y 2016, una metamorfosis, se vea esta como evolución o como estrategia. En esta ocasió acepta la carta de género que representa su histórica nominación, algo de lo que huyó hace ocho años. Y se ha rendido a la importancia de realizar una campaña ordenada y con un fuerte apoyo en el análisis de datos, dos elementos que se le escaparon en el primer intento.

No puede quedarle duda de que sus giros y vaivenes serán explotados por la campaña de Trump. No será difícil para ellos recuperar las frases de Obama, que en 2008 dijo que ella representaba “lo peor de la política” y “diría cualquier cosa para ser elegida”. Pero la candidata tiene sus propias armas. El antiguo rival le eligió como aliada en política exterior. Y, tras ocho años en la Casa Blanca, ahora le define como “la persona más cualificada que ha optado nunca a la presidencia”.

El más efectivo y demoledor ataque a Trump

Las convenciones de los grandes partidos políticos de EEUU son, en buena parte, un caro espectáculo pensado para televisión donde se hace política, muchas veces lejos de las cámaras, y donde hay momentos que, sin que lo pueda anticipar el guión, dejan huella indeleble y tienen impacto incalculable. El de la cumbre demócrata en Filadelfia lo protagonizó Khizr Khan, un desconocido hasta ahora para muchos cuyo nombre no olvidará Donald Trump.

Khan es un paquistaní que emigró a EEUU desde Emiratos Árabes cuando su hijo Humayun tenía solo 2 años. Ese hijo se alistó en el Ejército y fue desplegado en Irak y, en 2004, a los 27 años, falleció por la explosión de una bomba, salvando a otros en su batallón. Los Khan son musulmanes, lo que según una de las radicales propuestas del candidato republicano les habría impedido entrar en EEUU.

Dirigiéndose directamente a Trump y mirando a la cámara, Khan le preguntó si había leído la Constitución de EEUU. Sacó una copia de bolsillo. Y se la ofreció, instándole a buscar las palabras "libertad e igual protección bajo la ley”.

“¿Ha estado siquiera en el Cementerio de Arlington?”, le espetó. “Vaya y vea a las tumbas de los valientes patriotas que murieron defendiendo América. Verá todas las fes, géneros y etnicidades”. Y, en un golpe demoledor, le recordó: “Usted no ha sacrificado nada ni a nadie”.