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En la noche gay de Orlando, corazones rotos

Los bares de ambiente de la ciudad abren tras la masacre en el Pulse en un gesto de resistencia

La comunidad LGBT sufre más ataques violentos que cualquier otro grupo social de EEUU

Ricardo Mir de Francia

Un ramo de flores en homenaje a las víctimas de la masacre de Orlando.

Un ramo de flores en homenaje a las víctimas de la masacre de Orlando. / MAXIM ZMEYEV / REUTERS

Los neones del Parliament House Resort destellan al borde de la autovía. Su manager presume de regentar el "mayor hotel gay de Estados Unidos", un complejo con 112 habitaciones, seis bares, discoteca y piscina. Pero la discoteca está mucho más vacía que otros domingos. Los clientes llevan lazos blancos en la solapa y un cartel a la entrada proclama que “Pulse es indestructible”, en alusión al local donde 49 personas murieron masacradas y otras 53 resultaron heridas la víspera, mientras se celebraba allí una fiesta latina. Varios hombres se abrazan y lloran a la entrada. El dolor se palpa. La bulliciosa noche gay de Orlando, una ciudad santuario para la comunidad más perseguida del país, es ahora una noche de corazones rotos.

Chris Duvale no deja de recibir abrazos. Lleva un cristo colgado en el pecho y una camisa ceñida a juego con la gorra. Perdió a seis de sus amigos en el tiroteo y aguarda noticias de su primo, que recibió un disparo en el pecho mientras bailaba en el Pulse la madrugada del sábado al domingo. “Estoy devastado”, asegura mientras un amigo le acaricia la espalda para consolarlo. “No solo eran mis amigos, son mi familia porque esta es una comunidad muy compacta, donde nos conocemos todos. Me han quitado su sonrisa y su entusiasmo”. El sábado quiso ir a la fiesta del Pulse, pero a última hora se le torcieron los planes. Poco después de las 2 de la mañana recibió una llamada. Su primo estaba en el quirófano. Había recibido dos disparos.

Camarero y ‘entertainer’ de 26 años, Duvale cree que las autoridades no han dicho toda la verdad. Tras hablar con varios amigos que trabajaban en el club atacado, asegura que al menos otra persona tuvo que ayudar al asaltante. “Entró al Pulse pagando la entrada y, tal como iba vestido, es imposible que pudiera ocultar un arma de asalto. Alguien le tuvo que dar las armas cuando estaba dentro”. La policía sostiene que Omar Mateen actuó solo. Era un tipo inestable y violento, según su exmujer, y aparentemente odiaba a los homosexuales. Hace poco vio a dos hombres besarse en Miami y, según ha recordado su padre, enfureció.

COLECTIVO EN EL PUNTO DE MIRA

La homofobia o la transfobia son gangrenas apestosas que no se van. Según el Southern Poverty Law Center (SPLC), gays y lesbianas reciben el doble de ataques que los judíos y los negros; cuatro veces más que los musulmanes, y 14 veces más que los latinos. Sus verdugos casi nunca son los extremistas islámicos, como sería el caso de Mateen, que juró lealtad al califa Abu Bakr al Bagdadi en una llamada a los servicio de emergencia cuando estaba atrincherado en el baño con varios rehenes. Es posible que el gesto no buscara más que trascender su nimiedad porque hasta ahora no se ha encontrado ninguna relación directa con el Estado Islámico. “Los ataques suelen partir de supremacistas blancos y su ralea y lo que consideraríamos miembros relativamente normales de nuestra sociedad”, le ha dicho a la revista The Atlantic, Mark Potok, investigador del SPLC.

Orlando vive de vender sueños. Es la cuna de DisneyWorld y otros parques de atracciones. Pero su centro urbano, donde están las cuatro o cinco discotecas y bares de ambiente, es lugar inhóspito de gigantescos aparcamientos al aire libre, completamente vacíos por la noche, y rascacielos con nombres de bancos, como si fuera necesario recordar quién tiene el poder. “Puedo entender por qué escogió el Pulse", dice Steve B., de 45 años y empleado de la industria hotelera. "Es un lugar pequeño y suele estar abarrotado. Basta disparar al bulto para llenarlo de sangre”. También suele atraer a la clientela más joven. El más mayor de los fallecidos identificados hasta ahora tenía 40 años. El más joven 20. Había más de 300 personas en el interior.

"TODOS ESTAMOS ASUSTADOS"

Steve se ha pasado el día pegado a la tele y llorando, pero ahora toma un cubata y fuma en la terraza del Parliament. “No voy a dejar que me conviertan en un prisionero en mi propia ciudad. Orlando era muy tolerante, pero ahora todos estamos asustados”. El país está en medio de las celebraciones del mes del Orgullo. Y hace solo una semana, Disney World celebró sus Días Gay, que sirven de reclamo para atraer a una comunidad de alto nivel adquisitivo. 

Es difícil vadear el centro de Orlando. Las barricadas policiales bloquean las entradas de algunas calles. Tras un largo rodeo, aparece el Stonewall, un club que honra al bar neoyorkino del mismo nombre donde se produjeron los famosos disturbios de 1969, el origen del moderno movimiento LGBT en EE UU.

Dentro hay seis o siete hombres en la barra. Todos mayores. Se respira ambiente de funeral, y casi no se oye la música. “Fuera de aquí, ¿no veis que está todo demasiado fresco?”, dice un cliente al ver llegar a dos periodistas. Pero Kevin quiere hablar. Es un hombre en edad de jubilación. Tiene amigos en el hospital, con balazos en el cuerpo, y apenas puede reprimir las punzadas en el alma. “Hemos pasado de la opresión al asesinato, pero no nos derrotarán”, asegura en la puerta del local. Este mismo jueves se casará con el hombre de su vida. Llevan 49 años juntos. Se quieren.  

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