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Rusia abandona a su suerte al Ártico

Vorkutá, la antigua aprovisionadora de carbón, lleva décadas perdiendo población y sufriendo una grave crisis social difícil de remontar

Los habitantes creen que en la ciudad, accesible solo por tren o avión, no hay futuro e intentan emigrar a regiones más templadas, aunque pocos lo logran

MARC MARGINEDAS / RICARDO GARCÍA VILANOVA / VORKUTÁ (ÁRTICO RUSO)

Panorámica de la ciudad con un cartel en el que se lee: Vorkutá produce el futuro de Rusia.

Panorámica de la ciudad con un cartel en el que se lee: Vorkutá produce el futuro de Rusia. / RICARDO GARCÍA VILANOVA

Se puede decir que es el eslogan de la ciudad, protagonista, casi de forma exclusiva, de los exiguos anuncios erigidos en paredes medianeras y vallas publicitarias locales: “Vorkuta dobyvaet budushee Rossii” (Vorkutá produce el futuro de Rusia), pregonan los elegantes pasquines, que exhiben como imágenes de reclamo unas manos repletas de carbón o un grupo de recios y viriles mineros.

Al igual que en tiempos de la URSS, y como si de una consigna emitida por la dirección del partido comunista se tratara -una de esas frases que se repetía hasta la extenuación mediante altavoces en los espacios públicos para que horadaran la conciencia popular- estos carteles recuerdan a los70.000  habitantes de esta localidad  situada a 100 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico y cuya única razón de ser radica en la explotación de la otrora rica cuenca carbonífera del río Pechora, que sus renuncias personales por vivir en latitudes tan apartadas no son en vano. Que las noches polares de tres meses de duración, en las que el sol únicamente asoma en el horizonte unos pocos minutos, combinadas con prolongados inviernos en los que el termómetro se instala durante semanas en la cota de 30 grados bajo cero, tienen pretexto y finalidad.

Pero un paseo por el centro de Vorkutá refuta en pocos minutos cualquier sugerencia de que el “futuro” de la Federación Rusa transite por esta remota localidad ártica, unida a la capital del país únicamente por un pequeño avión regional de horarios y frecuencias irregulares en invierno o un tren que tarda 50 horas.

Allí donde el visitante dirige su mirada, surgen por doquier fantasmales siluetas de edificios deshabitados, levantados con paneles prefabricados, en estado de dejación y abandonados a su suerte. Las fachadas de aquellas construcciones que cuentan con inquilinos piden a gritos una reparación o una mano de pintura que cubra sus intimidades, expuestas de forma impúdica a la mirada de los viandantes. En sus calles semiasfaltadas y sus aceras dañadas se acumulan trastoschatarra y hasta herrumbrosas carrocerías de coches.

SIN PERSPECTIVAS

Todo vorkutí al que se le pregunta coincide en el diagnóstico: aquí no hay perspectivas y es necesario buscar una salida. Vorkutá, localidad que nació en los años 30 como un campamento de trabajos forzados (GULAG) para prisioneros comunes y 'enemigos del pueblo' condenados bajo los términos del infausto artículo 58 del código penal de la época, se ha convertido, a ojos de muchos de sus habitantes, en una suerte de prisión contemporánea de la que hay que evadirse en cuanto surja una oportunidad.

“La ciudad se está cerrando; es la ley de la economía; el carbón de Vorkutá es poco rentable porque está muy lejos de sus mercados naturales y el transporte es muy caro”, se lamenta Alexander K., de 66 años, que tiene a su familia más próxima –esposa e hijos- residiendo en otras partes del país. “Si pudiera, ya me habría ido, pero no he tenido posibilidad”, continúa.

Su pesimista valoración no es producto de la edad. Nikita K, con tan solo 12 años, es capaz de percibir, pese a su juventud, el estrecho horizonte que se le abre en el Ártico. “Aquí no hay perspectivas. No me quiero quedar; quiero estudiar en Moscú, e ir a Europa”, explica, nada más salir de clase, a mediodía, frente a la misma escuela donde estudia. Y su rechazo no se debe a la dureza del clima, o a la falta de luz. “A eso acabas acostumbrándote”, remacha.

Los adultos en plenitud tampoco ven futuro alguno en la tundra vorkutí. “No tengo más trabajo que el taxi; el dinero no basta y aquí no hay esperanza”, corrobora Sasha F. La caída del censo poblacional, constante desde hace un cuarto de siglo, es fiel reflejo del estado de ánimo local: de contar con 200.000 habitantes en 1989, en el 2009 dicha cifra descendió a 117.000; en la actualidad solo 70.000 personas habitan un conglomerado urbano preparado para una población entre tres y cuatro veces superior. 

REMONTAR EN EL FUTURO

La naturaleza de la crisis vorkutí hace muy complicada cualquier posibilidad de remontar en el futuro. En la actualidad, solo cuatro de las minas continúan explotándose, convirtiendo a los otrora pujantes pozos abandonados en instalaciones fantasma dedicadas a otros usos, como el recio bloque administrativo de una de las primeras minas abiertas, transformado en un hospital para pacientes de tuberculosis que requieren aislamiento. De esas cuatro explotaciones mineras, una de ellas permanecerá inactiva aún durante meses, tras la serie de explosiones del pasado febrero en las que murieron 31 mineros y 5 miembros de los equipos de rescate.

“Si el carbón que se extrae aquí fuera de menor calidad, la ciudad ya habría sido abandonada; el transporte desde aquí es muy costoso”, constata Alexander K.

Con unas minas cuyos márgenes de beneficio se han reducido, las finanzas del municipio se mantienen gracias a transferencias directas del presupuesto, transferencias que no dejan de disminuir.  “A medida que la base industrial (de la ciudad) se ha contraído, los presupuestos locales se han reducido y tienen mucha menos capacidad financiera para mantener la infraestructura” urbana, escribe Elena Nuikina, autora de una investigación para la facultad de Geografía de la universidad de Viena sobre el declive de las ciudades del gran Norte ruso. 

Como medidas para ahorrar costes, revela Nuikina, las autoridades locales fomentan la concentración de la población en el centro, lo que reduce el gasto de llevar hasta la periferia servicios básicos como agua, electricidad y calefacción. Los barrios abandonados de los suburbios, eso sí, acrecientan la estampa fantasmagórica del lugar.     

El último accidente, una negligencia

Uno de los peores accidentes mineros de la historia reciente de Rusia sucedió el pasado febrero en la mina Sévernaya, operada por la empresa Vorkutaugol, subsidiara de Severstal. Un total de 31 trabajadores y cinco miembros de los equipos de rescate fallecieron en una serie de explosiones sucedidas el 25 de ese mes y el 1 de marzo. La hija de uno de los responsables de la mina aseguró que se requirió a los mineros enterrar los detectores de gas que hubieran podido alertarles de la concentración de gas metano en el pozo. El cierre temporal de la mina durante varios meses costará a Severstal al menos 24 millones de dólares.  

Temas: Rusia

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