EL ESCÁNDALO DE LAS VIOLACIONES EN EL EJÉRCITO DE EEUU

El vía crucis de la soldado Amy

Amy Quinn relata los abusos sistemáticos que sufrió durante su servicio en la Marina de Estados Unidos

Compañeros militares la violaron en tres ocasiones y le prendieron fuego, tras lo cual fue expulsada por denunciarlos

Amy Quinn, en su casa, en Raeford (Carolina de Norte). / RICARDO MIR DE FRANCIA

Amy Quinn, en su casa, en Raeford (Carolina de Norte).
Amy Quinn, en Raeford (Carolina del Norte).
La exsoldado Quinn, en su casa, en Raeford.

/

6
Se lee en minutos
Ricardo Mir de Francia
Ricardo Mir de Francia

Periodista

ver +

Amy Quinn lleva la historia de su vida tatuada en el cuerpo. La geisha del brazo representa su etapa en el Ejército, las vejaciones que sufrió por ser mujer. El loto es la flor que nace de la basura, la hermosa flor en la que cree haberse convertido. El dragón es protección y la cruz del antebrazo, el testigo de su fe en Dios. Quinn decidió el año pasado que había llegado la hora de hablar tras una década de silencio. Y ahora enseña una foto de los casi tres años que pasó en la Marina de Estados Unidos. Es la única que le queda. Tras ser expulsada de la carrera militar, puso sus uniformes y sus recuerdos en una pila y les prendió fuego. No quería saber nada más de la institución que le destrozó la vida y que estuvo a punto de abocarla al suicidio.

Quinn decidió alistarse tras sobrevivir a una infancia de perros. A los 12 años se presentó en los servicios sociales para pedirles que la adoptara una familia. No quería seguir viviendo con la suya. Sus padres entraban y salían de la cárcel, casi siempre por metanfetamina y crack, la dieta tóxica del Kentucky rural donde creció. Se salió con la suya. Pasó por dos familias de adopción y, tras cumplir los 17, Al Qaeda derribó las Torres Gemelas. “Tras el 11-S supe que tenía que servir a mi país, era lo que Dios me pedía. Me aceptaron en varias universidades, pero pensé que el Ejército me daría la estructura que nunca había tenido”, dice desde su casa de Carolina del Norte, donde vive con su segundo marido, un militar de las Fuerzas Especiales, y cuatro hijos.

Quinn pasó los exámenes de entrada con nota, pero no tardó en recibir la primera advertencia de lo que le esperaba. “Todas las mujeres de la Marina son unas putas”, le dijo una de sus superioras al poco de llegar a la base naval de Fallon (Nevada). El porno era habitual en los ordenadores de sus colegas y el primer contramaestre empezó a perseguirla. Le tocó el trasero en un bar y, cuando informó de lo sucedido, le llegó la voz de que el jefe, despechado, había prometido expulsarla de la Marina al mínimo error que cometiera. Un fin de semana se emborrachó en el bar donde los soldados socializaban. “No recuerdo salir de allí, pero cuando me desperté estaba llena de sangre. Me habían sodomizado”, dice entre lágrimas. No sería la primer violación, luego llegaron otras dos.

COBERTURA EN IRAK Y AFGANISTÁN

En octubre del 2004 se embarcó en el portaviones 'USS Truman', desplegado en el mar Rojo para dar cobertura a las operaciones en Irak Afganistán. Había empezado a tomar sedantes porque su hermano se disparó en un ojo por accidente y no podía dormir. Al tercer día en el 'USS Truman', se quedó dormida en una silla mientras el capitán hablaba por megafonía. “Todos mis compañeros, incluyendo varios séniors, cogieron un detergente para los aviones, me rociaron con él y le prendieron fuego”, cuenta con la voz quebrada. “Me desperté en llamas. Al ir al médico, vino mi jefe y me dijo que estaba exagerando. Nadie pagó por lo que me hicieron. Solo les cayó una amonestación oral”. 

Las claves de la noticia

  • Dimensiones de la epidemia.  Los abusos en el Ejército de Estados Unidos no son episodios aislados. En el 2014, más de 20.000 militares, sufrieron al menos una agresión sexual, según un studio de la Rand Corporation encargado por el Pentágono. En el caso de las mujeres, casi la mitad fueron violadas o penetradas con un objeto. Entre los hombres, el porcentaje fue del 35%.
  • Muy pocos denuncian.  El Pentágono estimó en el 2012 que solo el 11% de las víctimas denuncian los abusos, menos de la mitad de quienes lo hacen en la esfera civil. En el 2015 se presentaron 6.083 denuncias. Solo 413 casos acabaron en condenas en los tribunales militares. El número de denuncias ha aumentado en los últimos años, pero sigue siendo muy bajo.
  • Temor a represalias.  El silencio de muchas víctimas está a menudo relacionado con el temor a sufrir represalias de sus comandantes o superiores. Es lo que le sucedió al 62% de las mujeres que denunciaron. A veces el acoso se incrementa. Otras veces desemboca en la expulsion del Ejército.
  • Ayuda a las víctimas. Ante la atención que el escándalo ha recibido de la prensa en los últimos años, el Departamento de Veteranos creó en el 2013 una oficina para atender a las víctimas. Hasta entonces no podían denunciar los abusos más que a sus superiores. El llamado Programa Especial de Atención a las Víctimas pone a su disposición abogados militares y les permite denunciar de forma anónima.

       

Los cuatro meses que pasó en el barco fueron una tortura insoportable. No solo para ella. También para otras de las mujeres que sirvieron en el 'Truman'. “No pude decir nada para pararlo porque yo también estaba pasando por lo mismo y estaba asustada”, escribió otra veterna en una carta de apoyo a Quinn fechada en el 2015. “Oía como los hombres le gritaban a Amy cosas como ‘zorra, puta y perra” en los lugares de trabajo y enfrente del personal más veterano. Nunca se hizo nada ni se reprimió a estos hombres”.

SITUACIÓN AGRAVADA

Hasta que el Congreso tomó algunas medidas contra la epidemia de abusos sexuales en el Ejército hace tres años, no había ningún departamento para denunciarlos. Quinn hizo algunos intentos de informar a sus superiores, pero solo sirvió para agravar su situación. “Me utilizaron como ejemplo de lo que le pasaría a otras mujeres si hablaban”. Después de que le prendieran fuego, consiguió que la trasladaran a otra unidad: control de corrosión. Su nuevo supervisor, AM1Attey, se le acercó un día y le manoseó el pecho. "Si estuvieras en mi país, Ghana, te cortaríamos el clítoris porque las mujeres como tú no merecen el placer”, le dijo, según declaró Quinn ante una comisión en el Congreso.

Rota y desesperada, pensó en arrojarse por la borda. No podía más. Estaba atrapada. “No te puedes ir del Ejército porque has firmado un contrato y eres propiedad del Gobierno”. En su lugar, pidió un traslado a otro escuadrón, pero la respuesta que le llegó por carta la culpaba de su situación: “No toleraremos que se perturbe el buen orden y la disciplina”, decía secamente al final. A Amy la violaron dos veces más en el portaviones. Con total impunidad. Con infinidad de complicidades.

TÁCTICAS DE GUERRA NO CONVENCIONAL

Noticias relacionadas

“Mi propio Ejército utilizó conmigo las mismas tácticas de guerra no convencional que se usan para romper a los prisioneros. Me humillaron, me aislaron, me quitaron los privilegios. No hay otra forma de describirlo que la tortura”. En enero del 2005 logró salir de aquel zulo institucional. Pero no fue como ella habría deseado. Le llegó una carta del Departamento de la Marina. “AEAN Cruz no está psicológicamente cualificada para cumplir plenamente con sus funciones”, dice la misiva, que utiliza el apellido de su primer matrimonio y su rango. La expulsaron por un “desorden de personalidad”, un diagnóstico utilizado a menudo por el Pentágono para deshacerse de los soldados que denuncian abusos sexuales y negarles los beneficios a los que tienen derecho como veteranos.

Tras muchos años de oscuridad, Quinn ha rehecho su vida trabajando como psicóloga para las víctimas de abusos y estrés postraumático. Y, por más difícil de comprender que resulte, dedica sus horas libres a trabajar como voluntaria para el Ejército, una labor por la que recibió un diploma honorífico del presidente Barack Obama. Lo que tiene claro es que si su hija quiere un día alistarse, solo le dirá una cosa: No.