14 ago 2020

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Una mujer en la sombra "muy tradicional"

Eslovena de origen y modelo de carrera, Melania Trump aspira a ser como las primeras damas de hace medio siglo

Ricardo Mir de Francia

Donald Trump, con su esposa, Melania.

Donald Trump, con su esposa, Melania. / AFP / MANDEL NGAN

En apenas medio año podría convertirse en la primera dama de Estados Unidos, pero Melania Trump sigue siendo una gran incógnita para los estadounidenses. En la campaña ha sido casi invisible. No concedió su primera entrevista hasta septiembre, tres meses después del inicio de la andadura del magnate, y tuvieron que pasar otros dos para escucharla en un mitin.

“¿Acaso no es el mejor?”, dijo en Wisconsin con un marcado acento eslavo aludiendo a su marido. “Será el mejor presidente de la historia. Os queremos”. Eso fue todo. Reservada y de pocas palabras, Melania es  una mujer en la sombra. En las entrevistas tiende a aparecer dos pasitos detrás de su marido, tan peripuesta y hierática como un androide de Blade Runner.

Poco interés por la política

Nacida en Eslovenia hace 46 años, ha dejado que sea su hijastra Invanka Trump la que asuma la misión de humanizar a su marido en la campaña. La política nunca le interesó demasiado y parece priorizar el papel de madre. “Tengo las manos llenas con mis dos niños: mi niño grande y mi niño pequeño”, suele decir para explicar su escasa participación en la campaña.

Melania presume de no tener niñera para su hijo, Barron William Trump, el más pequeño de los cinco vástagos del neoyorkino, 24 años mayor que ella. Pero sí tiene una secretaria personal y un cocinero. “Eso es todo”, le contó con orgullo a la revista británica CQ. “Lo hago todo yo. Esas horas con tu hijo son verdaderamente importantes”.

Para estar casada con un populista que ha hecho carrera gracias a su retórica furibunda contra los inmigrantes, Melania podría convertirse en la primera inmigrante en llegar a la Casa Blanca desde Louisa Adams, la esposa británica de John Quincy Adams (1825-1829). También sería la primera originaria de un país comunista (la ex-Yugoslavia) y la primera en posar desnuda en una revista. (El ultraconsevador Ted Cruz trató de explotarlo políticamente hasta que Trump contratacó atacando a su mujer).

Melania, sin embargo, no parece tener ninguna intención de romper moldes ni fustigar la moral puritana de EEUU. Su carrera de modelo está aparcada y no aspira a ser una primera dama poderosa como Nancy Reagan ni políticamente activa y ambiciosa como Hillary Clinton.

“Yo seré muy tradicional. Como Betty Ford o Jakie Kennedy. Yo le apoyaré”, contó el año pasado. Aquellos roles que existían en tiempos de Camelot, los ha reproducido en su casa. “Los dos conocemos nuestras obligaciones”, dijo en otra entrevista al hablar sobre su hijo. “Yo no quería que él cambiara pañales ni que lo metiera en la cama”. Todo hace indicar que la lucha por la igualdad no tendrá en Melania a su próxima heroína.

Se conocieron en una fiesta

Antes de conocer a Trump en Nueva York durante una fiesta organizada por el dueño de una agencia de modelos, Melania fue una mujer independiente y de mundo. Nació en Sevnica, un pueblo yugoslavo de 17.000 habitantes. Su padre fue chófer del alcalde y más tarde dueño de un  concesionario de coches. Su madre, modista o diseñadora de ropa, según las versiones.

Con 16 años, apareció por primera vez en un anuncio y a los 18 se fue a Milán para comenzar su carrera en las pasarelas tras ser descubierta por un fotógrafo. Nunca fue una top, pero trabajó en París y Milán antes de mudarse a Nueva York en 1998. Ha sido portada en Harper’s Bazaar, posó en bikini para Vogue y desnuda para CQ.

Cuando Trump la conoció en 1998, no quiso darle el teléfono porque el magnate iba ese día con otro ligue y sabía de su fama de donjuán. Pero la finta inicial duró solo una semana. Tras siete años de relación, se casaron en Palm Beach en 2005. Ella vestida con un Dior de 100.000 dólares y 1.500 cristales colocados a mano. “El sexo es increíble, lo hacemos al menos una vez al día”, le contó al locutor Howard Stern hace ya más de 15 años. 

Quienes la conocen, dicen que Melania no es tonta. Entre otras cosas, habla cuatro idiomas y se licenció en Diseño y Arquitectura, pero tampoco es una intelectual. Sus hobbies son el pilates y las revistas. Apoya a su marido en inmigración ("yo cumplí con la ley, nunca pensé en quedarme aquí sin papeles"), pero dice no siempre estar de acuerdo con él. "Soy yo misma y le digo lo que pienso", le contó a CNN.

Donde sí coinciden es en los gustos ostentosos de nuevo rico, a medio camino entre Versalles y el interiorista de Gadafi colocado de ácido. "Ell es también seductoramente opaca", escribió recientemente la periodista Julia Ioffe en CQ. "Te busca la mirada y enfáticamente repite afirmaciones y banalidades populares”. Tras publicar el perfil, a Loffe le llovieron un sinfín de ataques de partidarios de Trump, muchos de ellos antisemitas, según ha denunciado.

Melania reaccionó como hubiera reaccionado su marido: el artículo “es otro ejemplo de la deshonestidad de los medios y su manera taimada de informar”, escribió en Twitter.