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Chernóbil, la catástrofe que dinamitó la 'glasnost' de Gorbachov

La opacidad con la que la URSS gestionó el accidente nuclear no solo dañó su imagen sino que costó muchas vidas

Georgina Higueras

Postales de Pripyat, vídeo desde el aire de la ciudad fantasma que causó Chernobyl. / YOUTUBE

Postales de Pripyat, vídeo desde el aire de la ciudad fantasma que causó Chernobyl.
Se cumplen 30 años del accidente nuclear de Chernóbil.

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En Chernóbil se dinamitó la bandera de la 'glasnost' (transparencia), enarbolada por Mijaíl Gorbachov desde su ascenso a la secretaría general del PCUS, en marzo de 1985. En pleno proceso de la restructuración (perestroika) aprobada en el XVII Congreso del partido, los conservadores comunistas que dominaban el complejo industrial militar que controlaba la energía atómica trataron de impedir que se conociese la magnitud de la catástrofe. Según el historiador Robert English, Gorbachov fue “mal informado” de la gravedad de los hechos, lo que retrasó la respuesta oficial al accidente y con ello la confianza en la glasnost de la mayoría de los soviéticos y en particular de los millones de afectados.

Con cuatro reactores nucleares y otros dos en construcción, Chernóbil estaba llamada a convertirse, en la segunda mitad de la década de los ochenta, en una de las mayores centrales atómicas y en orgullo de la tecnología soviética para la producción de energía eléctrica. A escasos tres kilómetros de la central se había levantado una moderna ciudad, Prípiat, que albergaba a los trabajadores y sus familias, con un censo de 50.000 habitantes. La planta, que recibió el nombre de Vladímir Ilich Lenin y estaba situada unos 120 kilómetros al norte de Kiev, suministraba buena parte de la electricidad que consumían la capital ucraniana y su entorno. Según los parámetros de entonces, el modelo funcionaba sin dar explicaciones, y cuando el 9 de septiembre de 1982 se produjo una fusión parcial de la base del reactor número 1, se reparó, se volvió a poner en marcha y no se informó a la comunidad internacional hasta pasados tres años. El secretismo sería a la postre la maldición de Chernóbil.

En abril de 1986, la dirección nuclear en Moscú decidió elevar la seguridad de los reactores de Chernóbil, que eran de grafito y refrigerados por agua. Bajo su tutela, los técnicos de la central debían realizar una prueba que consistía en averiguar cuanto tiempo la turbina de vapor seguiría generando electricidad una vez que se cortase el vapor. El ensayo, iniciado hacia las once de la noche del día 25, concatenó una serie de errores humanos que impidieron la actuación de los sistemas automáticos de emergencia. A las 01:23 minutos del 26 de abril se produjo la primera explosión y, unos segundos después, otra aún mayor hizo saltar por los aires el techo y las paredes de hormigón de la sala del reactor número cuatro. Se desató un incendio, el combustible nuclear fue lanzado fuera y una nube de polvo radiactivo se elevó a la atmósfera.

BOMBEROS DESINFORMADOS

Los bomberos de la central y de la cercana ciudad de Chernóbil que acudieron a apagar el fuego no fueron informados del peligro de la alta radiactividad generada y realizaron su trabajo sin el equipamiento apropiado. El incendio en la sala del reactor fue sofocado en tres horas, pero el núcleo de grafito en contacto con el agua provocó nuevas explosiones y siguió ardiendo y liberando radiactividad hasta que 5.000 toneladas de boro, dolomita, arena, arcilla y plomo lanzadas desde helicópteros lograron extinguir el fuego el 9 de mayo. De las 31 personas fallecidas durante el accidente, 28 fueron bomberos y operarios.

La catástrofe siguió dominada por el secretismo. Pese al enorme riesgo, los otros tres reactores siguieron funcionando y los habitantes de Prípiat no fueron advertidos de la amenaza de contaminación hasta pasado un día. Su evacuación comenzó en la tarde del 27 de abril. Protegida por la oscuridad de la noche, una cola interminable de autobuses trasladó a 50.000 personas a las que solo se les permitió llevarse lo imprescindible con la promesa de que regresarían en tres días. Nunca volvieron. La ciudad fantasma de Prípiat permanece todavía hoy como testigo del mayor accidente nuclear de la historia, un honor que 25 años después le disputó Fukushima.

Solo días después del accidente y con un nivel de radiactividad miles de veces superior al máximo permitido se declaró una zona de exclusión de 30 kilómetros a la redonda y se evacuó a las 16.000 personas que vivían en las aldeas del área. Mientras, la nube radiactiva se extendía por Europa hasta el Pacífico y en Chernóbil se empeñaban los llamados liquidadores (bomberos, militares, mineros, trabajadores especializados y voluntarios de toda la URSS) en las tareas de control del desastre, limpieza, descontaminación y construcción del sarcófago que guarda el reactor número 4. En la central trabajaron unos 800.000 liquidadores a lo largo de seis años. El hermetismo soviético nunca dio las cifras exactas de todos los que absorbieron grandes dosis de radiactividad, pero miles de ellos han muerto y centenares de miles aún sufren las secuelas.

Svetlana Alexievich en su libro Voces de Chernóbil llora el horror desatado en Belarús, su tierra. La  Nobel de Literatura recuerda que se contaminó el 23% del territorio bielorruso, frente al 4,8% del de Ucrania y al 0,5% del ruso.

Treinta años después, la memoria trágica de Chérnobil sigue viva.

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