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Refugiados sirios, forzados a mendigar en Barcelona por la escasez de ayudas

Varias familias que llegaron a la ciudad hace más de dos años, no tienen más remedio que acudir a mezquitas a pedir dinero

El sindicato CCOO denuncia la "incompetencia" para apoyar a los demandantes de asilo que ya están en la ciudad

Montse Martínez

Familia Mustafa, refugiados sirios en el Raval de Barcelona. / FERRAN NADEU

Familia Mustafa, refugiados sirios en el Raval de Barcelona.
El refugiado sirio Walid, en primer término, juega con su nieta Hajar, nacida en Catalunya.
Una anciana siria juega con una niña en la casa de una familia refugiada en Barcelona.
Dos mujeres refugiadas sirias, en la cocina de su casa del Raval de Barcelona.
Familia refugiada Siria en su casa del Raval de Barcelona.

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En cualquier casa siria que se precie, el café y el té no se conciben sin cardamomo. Por eso la especia aromática, debidamente molida, nunca falta en la de Walid, en el corazón del Raval de Barcelona. Su mujer sirve un té que humea, es fuerte e invita a hablar.

No entra ni un rayo de luz en el comedor de una casa muy pequeña cercana al mercado de Sant Antoni por la que, sin embargo, les cobran más de 500 euros cada mes. La nevera llegó hace muy poco y no hay lavadora, primero, porque gasta mucha agua -dice Walid- y, segundo, porque sería muy difícil subirla por la escalera y del todo imposible entrarla por la puerta. Tampoco hay gas, pero no es óbice para que las mujeres preparen una deliciosa cena a base de platos sirios entre la cocina y el contiguo lavadero, donde la sartén se calienta en un camping gas.

La vida se hace en ese comedor sin gota de luz natural, forrado de varias alfombras, colocadas sin atender a colores o formas, que lo mismo hacen las veces de cama que de mantel. Donde se duerme, se come. Y donde se ha comido, se vuelve a dormir. Y no una ni dos personas. Hasta cinco y seis adultos debidamente alineados. Esa casa puede llegar a dar techo a más de una docena de personas cada noche.

Pagan 500 euros por un pequeño piso en el Raval, donde hasta una decena de personas duerme en el suelo 

Es una escena de la vida cotidiana de los Mustafa, una familia siria -varias, de hecho, compuesta por padres e hijos, a su vez, con sus respectivas familias- que han recalado en Barcelona. Refugiados en trámites de obtener el asilo. Esa figura jurídica tan traída y llevada últimamente que, en su caso, se resume en salir corriendo con lo puesto de la ciudad de Homs con el objetivo primigenio de salvar la vida. Con una de las mujeres, Manar, que ahora tiene 33 años, quemada en el 90% de su cuerpo por una bomba, a punto de quedarse por el camino. 

PERIPLO POR EL NORTE DE ÁFRICA

La familia Mustafa no forma parte de la cuota de refugiados que se esperan de forma inminente en la ciudad -como consecuencia de ese reparto cocinado de Bruselas donde los 28 no se ponían de acuerdo pese a los irrisorio de las cifras- ni tampoco alcanzaron Europa jugándose la vida en el Mediterráneo. Se la jugaron también, pero por tierra, atravesando todo el norte de África para entrar a España por Marruecos, con las puertas que abre un soborno de 500 euros por menor y casi 2.000 por adulto en la valla de Melilla. Hace casi dos años y medio.

"Queremos que hablen con nosotros, que vean lo que necesitamos", dice uno de los hijos de Walid

Conscientes de que salieron del infierno, dan cuenta de que la llegada a Europa, en este caso a Barcelona, y la adaptación no son sinónimo, precisamente, de pase directo a la panacea.

LA PEQUEÑA DE LA FAMILIA "ES CATALANA"

A su manera, sin demasiado detalle, coinciden en que el periplo por oficinas de administraciones y servicios sociales, es complicadafarragosa y larga. Y, desde su punto de vista, muchas veces infructuosa. Llegan ayudas. Sí. Pequeñas cantidades de aquí y de allá pero del todo insuficientes, según explican, para pagar el alquiler, los recibos y los alimentos básicos. No hay opciones claras de trabajo. "Queremos que hablen con nosotros, que vean lo que necesitamos, con un trato humano", resume uno de los hijos de Walid, casado y padre, a su vez, de tres hijos. La última, Hajar, de un año, a la que enseña con orgullo, como si de un pequeño trofeo se tratara. "Es catalana", sonríe. Los otros dos vástagos acaban de llegar del cercano colegio del barrio, donde, asegura el niño de ocho años, les va muy bien. Contesta en castellano y catalán y habla con su padre en árabe.

Fuentes municipales sostienen que varios miembros de la familia no respetan algunos requisitos de quien opta a una ayuda social

La familia, que cada vez se hace más grande ante el goteo imparable de parientes sirios, son ya viejos conocidos de los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona. Fuentes municipales han explicado, sin embargo, aspectos que la familia niega, como, por ejemplo, el incumplimiento de que los niños estén escolarizados y de que ellos asistan a cursos de formación lingüística y práctica laboral. Condiciones 'sine qua non' para optar a als ayudas.  "No respetan varias obligaciones de todo aquel que opta a una ayuda social", informan fuentes de los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona.

Un responsable de CCOO advierte de que la actual gestión "hace que los refugiados caigan en la exclusión social"

Las mismas fuentes constataron que, la semana pasada, la familia se dirigió a los servicios sociales de Ciutat Vella para pedir ayudas que se están tramitando. "Se les derivará al programa municipal de pobreza energética para que no se les corte los suministros", confirman desde el Ayuntamiento.

NECESIDAD DE UNA AYUDA INTEGRAL

Desde el sindicato CCOO, el responsable de cohesión social y mundo árabe, Ghassan Saliba, abunda en la queja. "Algunas familias llevan aquí más de un año sin recibir una atención integral, padeciendo la confusión, el desconocimiento, la falta de recursos y la falta de criterios transparentes, la burocracia y la descordinación", asegura para añadir: "Esta situación provoca que las familias refugiadas caigan en la exclusión social y la pobreza para sobrevivir de la caridad en la puerta de mezquitas e iglesias". 

Es viernes, día de rezo musulmán. Y sí, las mujeres de la familia de Walid, hasta siete, salen a mendigar a las mezquitas. "Se portan muy bien con los sirios, nos ayudan mucho", explican a la vuelta, mostrando las monedas recogidas. Como las puertas de las mezquitas del Raval están muy solicitadas y no hay caridad para tantos, han optado por alejarse. Una ha ido a la del Clot, otra a la del Prat... "Pero no es suficiente", insisten.

"SIRIA YA NO EXISTE"

Al hablar de Siria, les muda el semblante. "Siria ya no existe", dice Jamila, que a sus 48 años, es la referencia femenina en la familia. A su lado, uno de sus hijos hace un apunte interesante: "Nos hemos enterado de la existencia de los yihadistas del Daesh estando aquí porque jamás antes, estando en Siria, habíamos oído hablar de ellos". Cuando sus casas quedaron destruidas, el régimen de Asad luchaba contra los rebeldes, con un enfrentamiento confesional de fondo.

Tienen, todavía, familia en la malograda Homs pero no hablan con frecuencia. "Es difícil, está cortada la comunicación", dicen para, añadir, que pueden contactar con más frecuencia con parientes y amigos que han logrado salir y están refugiados en Líbano. Hace un mes hablaron con Homs. "Están cercados, hay carestía y el pan está tan duro que se lo comen tras ablandarlo con agua". Reproducen las palabras de un tío, que exponía con bastante crudeza la situación sobre el terreno.

La indignación sustituye a la tristeza al plantear la actuación de la Unión Europea (UE) en la crisis de los refugiados, que ha alcanzado su máxima expresión en el último año. "El problema de los refugiados, para mí, es mucho más grave que la propia guerra en Siria", considera Mohamed que, a renglón seguido, tacha a la UE de "inhumana".

PRUEBAS DE ADN

El Estado exige a un refugiado una prueba de ADN para acreditar que es padre del niño para el que pide asilo 

Un primo, que le escucha con atención y no quiere dar su nombre, acaba de llegar -de hecho ha sido de los últimos- a Barcelona. Padre también de dos hijos. A la problemática común que exponen sus compatriotas, léase falta de trabajo y techo, se suma una circunstancia, cuanto menos, sorprendente. "Cuando fui a hacer los trámites de asilo para mi hijo de ocho años, me dijeron que no se creían que fuera mi hijo y que debíamos hacer pruebas de ADN", traduce otro familiar. "Esas pruebas valen 300 euros que yo no tengo", asegura, para insistir en que no tiene inconveniente en pasar las citadas pruebas siempre que no le hagan pagarlas.

"Esta familia siria ha huído de la guerra pero no ha llegado a España por el sistema de cuotas", dice Ghassan Salibareponsable de cohesión social y mundo árabe de CCOO. Saliba considera que la situación en la que se encuentran después de más de dos años en la ciudad "evidencia la incompetencia para resolver el problema y a dar un apoyo adecuado de las familias refugiadas que ya están en Catalunya. "No tiene sentido tener completamente olvidados a los que ya están aquí mientras se promete asistir a los que aún no han llegado", sentencia.