24 feb 2020

Ir a contenido

EL PERIÓDICO entra en Guantánamo

El enviado especial de este diario visita durante 30 horas el penal estadounidense donde quedan todavía 91 presos en sus tres módulos abiertos

El Pentágono trata de lavar la imagen de la prision que Amnistía definió como el "gulag de nuestro tiempo"

Ricardo Mir de Francia

Un preso camina por el interior de una zona común en Guantánamo. / RICARDO MIR DE FRANCIA

Un preso camina por el interior de una zona común en Guantánamo.
Varios presos de Guantánamo en una zona común del campo 6.
Interior de una zona común del penal de Guantánamo.

/

En su ‘Diario de Guantánamo’, el mauritano Mohamedou Ould Slahi cuenta como lo trasladaron hasta la prisión cubana desde Afganistán encadenado al asiento del avión, con una máscara que apenas le dejaba respirar y una gafas que le nublaban la vista. Nada que ver con los viajes que organiza el Pentágono para la prensa. Los vuelos salen desde la terminal del aeropuerto de Miami reservada para los aviones privados. Hay café y palomitas en la sala de espera. Las azafatas latinas salsean sobre pasajeros ilustres como Jennifer López y Marc Anthony. Y nadie revisa el equipaje de los periodistas o les pide el pasaporte. Acompañados por varios militares encantadores, se van al Caribe en una avioneta con asientos mullidos de cuero.

“Bienvenidos a Guantánamo”. Tras dos horas y media de vuelo y una breve travesía en barco, un grupo de oficiales recibe a la comitiva. Les esperan 30 horas de 'tour' minuciosamente preparado por el Pentágono para demostrar el trato “seguro, humano, legal y transparente” que se dispensa a los 91 detenidos que quedan en el centro de detención 14 años después de su apertura. Desde el principio queda claro que el Ejército no está contento con la reputación del penal, definido en su día como “el gulag de nuestro tiempo” por Amnistía Internacional. “Me gustaría cambiar la retórica que utilizan habitualmente los medios y los intereses especiales para impugnar y denigrar el profesionalismo de los guardas y el resto de fuerzas”, dice el almirante Peter Clarke, al mando desde hace cuatro meses. 

Para el visitante, Guantánamo es un lugar desconcertante. La prisión ocupa un espacio ínfimo de los 120 kilómetros cuadrados de la base militar, donde viven unas 4.000 personas entre militares y contratistas, muchos de ellos jamaicanos y filipinos, que se encargan de las labores más ingratas. Lejos de las alambradas de la prisión, la vida es soleada y apacible, un calco urbanístico de cualquier suburbio americano. Hay un cine al aire libre con películas de estreno. Un campo de golf con vistas al mar, un McDonalds, una bolera y un pub irlandés donde se puede ver el béisbol o la liga española. Un cartel a la entrada, anuncia “la virtud del día: la integridad”.

LOS EXCESOS DE LA GUERRA CONTRA EL TERROR

Es fácil olvidar durante la visita la historia de este vestigio de la “guerra contra el terrorismo” de Bush y sus halcones, cuyos errores en cadena y sus excesos nunca juzgados se están pagando ahora. En su momento de máxima ocupación llegó a tener 683 detenidos y fue un polvorín de desesperación, con huelgas de hambre masivassuicidios de presos (al menos tres se ahorcaron en sus celdas) y el terror kafkiano --todavía vivo-- de saberse encerrado indefinidamente sin cargos ni juicio a la vista. Solo siete detenidos han sido condenados por los tribunales militares y otros seis están siendo juzgados, incluido el autoproclamado cerebro de los atentados del 11-SJalid Sheij Mohammed.

“La mayoría de los militares al frente de Guantánamo no tiene experiencia en gestionar una prisión. Se limitan a dar órdenes, por eso es un lugar donde la confrontación es permanente”, asegura el abogado Clive Stanford Smith, que ha sacado a más de 80 presos del penal. Los oficiales insisten, sin embargo, en que esta es una de las épocas más tranquilas porque quedan pocos presos y hay cierto “optimismo” debido a las prisas de Obama para vaciar la prisión y cerrarla antes de que concluya su mandato.

Pero también influyen los cambios que hizo el alguacil al tomar el mando hace casi dos años. “Cuando yo llegué había muy poca tolerancia hacia aquellos que tenían un mal día. Cualquier incumplimiento de las reglas resultaba en un castigo disciplinario y un traslado potencial desde un bloque comunal a una celda individual”, asegura el coronel David Heath. Los detenidos no son necesariamente ovejas mansas. Los guardas han sufrido “más de 300 asaltos” en dos años, un concepto que incluye escupitajos, mordiscos, golpes o amenazas.

En Guantánamo quedan tres módulos abiertos, pero la prensa solo tiene acceso al Campo 6, donde vive la mayoría de presos, los que cumplen con las reglas. Todos son hombres, todos musulmanes. Duermen en celdas de hormigón con un váter y un lavabo, una pequeña mesa, utensilios de aseo, una alfombra para rezar, papel para escribir o unos auriculares para ver la televisión.Una vez al mes pueden hablar con sus familias por Skype.

En los espacios comunales, donde muchos pasan la mayor parte del día, un preso mira la televisión y otro lee en una mesa atiborrada de bolsas de comida bajo una luz amarillenta. En otro bloque, un hombre de barba oscura, vestido con un pijama caqui, habla solo y levanta los brazos como si declamara ante un auditorio. Recorre el bloque a zancadas rápidas de un lado al otra. Da una vuelta. Otra. Parece uno de esos animales del zoo que peinan el perímetro de la jaula como autómatas. Al fondo aparece otro hombre con barba. Se mueve a cámara lenta. Los dos se ignoran.

CURSOS, LIBROS, PRENSA

Para quienes se portan bien, hay incentivos: cursos de informática, idiomas, gestión empresarial o de pintura. La biblioteca tiene 34.000 libros, películas, cómics y videojuegos. Lo más popular son las novelas de Harry Potter y las revistas de National Geographic. También se puede leer en español ‘El Quijote’ o ‘La piel del tambor’ (Pérez Reverte). Y para informarse hay dos periódicos, 'Asharq al Awsar', propiedad de un miembro de la familia real saudí, y 'Al Quds' al Arabi, panarabista y propiedad de expatriados palestinos. Todo el material se revisa antes para asegurarse de que no contiene propaganda yihadista, violencia gráfica o desnudos.

Al llegar a la clínica, las iguanas campan a sus anchas en la puerta. “Son residentes de la prisión, pero ellas pueden entrar y salir cuando quieran”, dice un soldado con humor negro. El doctor Richard Qualtrone no quiere especificar cuántos detenidos reciben medicación para la depresión, la ansiedad o las tendencias suicidas. “Ahora son menos del 10%”. Alegando “motivos de privacidad”, tampoco quiere hablar del caso de Tareq Ba Odah, un yemení de 36 años que lleva ocho años en huelga de hambre para protestar por su detención indefinida. Alimentado a la fuerza con un tubo por la nariz, Ba Odah pesa solo 33 kilos, según su abogado, tiene desde hace años permiso de las agencias de seguridad estadounidenses para ser transferido. Una situación que comparten otros 36 detenidos.

La prensa no puede entrar en el Campo 5 ni en el 7. En el primero están los presos que cumplen castigos disciplinarios (“uno”) o que han decidido vivir en aislamiento por motu propio (“24”). En el segundo viven teóricamente los 15 detenidos de “alto valor” que quedan en Guantánamo, incluidos los cinco responsables que quedan del 11-S.

Como todas las prisiones, Guantánamo es un lugar opresivo y deprimente. La diferencia es que a más del 90% de los que han pasado por aquí no se les ha juzgado. La gran mayoría fueron capturados por actores de dudosa reputación como el Ejército paquistaní o la Alianza del Norte y entregados a EEUU a cambio de recompensas que oscilaron entre los 3.000 y 20.000 dólares. Pese a todo, los militares insisten en que todos los que siguen en el penal “han hecho algo para estar allí”. ¿Por qué entonces no se les ha podido acusar? ¿Se cometieron errores con algunos presos? “Es una buena pregunta, pero no soy yo quien tiene que responderla”, dice el coronel Heath. “Las decisiones de quién fue enviado aquí y porqué fueron políticas”.