09 abr 2020

Ir a contenido

Fukushima hoy: la vida no es igual

Cinco años después del desastre nuclear, bolsas con toneladas de tierra contaminada se amontonan al aire libre a la espera de un destino

La mitad de las 150.000 personas evacuadas sigue lejos de sus casas y los niños de la zona son sometidos a chequeos cada tres meses

MARIBEL IZCUE / MINAMISOMA

Un trabajador mete en una bolsa residuos radiactivos en una casa de Minamisoma.

Un trabajador mete en una bolsa residuos radiactivos en una casa de Minamisoma. / AP/ SHIZUO KAMBAYASHI

Cinco años después del desastre nuclear de Fukushima, que se cumplen este viernes, muchos pueblos alrededor de la central de Daiichi parecen aún lugares fantasma. Hileras de bolsas con toneladas de tierra contaminada se amontonan al aire libre, a la espera de que las autoridades tomen una decisión sobre el futuro de estos desechos. En el municipio de Minamisoma, a unos 30 kilómetros de la planta nuclear, casi 5.000 de trabajadores enfundados en uniformes, con guantes y mascarillas, llevan a cabo una extensa tarea de descontaminación. Retiran materiales y capas de tierra contaminada, limpian superficies, cortan vegetación.

La mayor parte de los medidores de radiactividad que se levantan en distintos puntos muestran hoy cifras mucho menores que hace cinco años. Pero 70.000 de las 150.000 personas que dejaron precipitadamente sus hogares cuando en 2011 estalló la crisis siguen aún lejos de sus casas. Algunas han rehecho sus vidas en lugares más alejados de la amenaza nuclear, y otras aguardan en viviendas temporales a que las autoridades levanten las restricciones. Con las labores de descontaminación bastante avanzadas, el Gobierno espera que para primavera de 2017 unos 50.000 evacuados de Fukushima puedan volver a casa.

Críticas a la falta de transparencia

En Minamisoma son unos 14.000 los vecinos que siguen fuera de sus hogares, situados en distritos más próximos a la central atómica. El alcalde de la ciudad, Katsunobu Sakurai, afirma que el objetivo es terminar la descontaminación en un par de años, pero reconoce que no tiene esperanzas de que la vida vuelva a ser como antes en las zonas más golpeadas por el desastre. A su juicio, la mitad de los evacuados no volverán. "Por mucho que los expertos digan que las zonas son seguras, la gente desconfía", dice Sakurai, un político que en el pasado no ha dudado en criticar con dureza la falta de transparencia del Gobierno central y de la eléctrica TEPCO, propietaria de la planta nuclear. "Gobierno y TEPCO pertenecen a un mismo clan, y cada uno delega la responsabilidad en el otro", afirma. Colgado del cuello, el alcalde lleva un pequeño aparato para medir la radiactividad acumulada.  "Todos los niños de Minamisoma tienen uno de estos aparatos, y los adultos también pueden solicitarlo",  explica.

Los controles sanitarios son especialmente estrictos entre los menores, que deben someterse a un chequeo médico cada tres meses para controlar las dosis de radiación acumulada y vigilar el riesgo de aparición de cáncer de tiroides. De momento no hay datos que permitan establecer un vínculo entre los casos de cáncer en la zona y la exposición a la radiactividad, pero lo cierto es que el temor y la desconfianza ha hecho que muchas familias con niños hayan emprendido una nueva vida en zonas más alejadas.

La carretera nacional 6 se adentra en la que en su día fue declarada zona de exclusión nuclear -y donde ya se han levantado buena parte de las restricciones de acceso- y pasa a apenas 3 kilómetros de la central. En las inmediaciones de Fukushima Daiichi apenas circulan unos pocos camiones y un par de coches. Por el camino se ven placas solares, reflejo de la nueva apuesta energética de la zona, y banderas rosas que señalan los lugares que se están descontaminando. Pero lo que más llama la atención son las enormes bolsas negras de plástico con toneladas de residuos contaminados que están en casi todas partes. La gran mayoría se amontonan en gigantescas explanadas donde varias grúas las colocan en filas, unas sobre otras.

Las bolsas contienen el resultado de las tareas de descontaminación: nueve millones de metros cúbicos de tierra y materiales radiactivos. Y el volumen crece conforme avanza la limpieza. Ningún municipio quiere albergar estos desechos radiactivos, por  lo que el plan de construir unas instalaciones temporales para almacenarlos está de momento bloqueado, sin que se vislumbre una solución a corto plazo para este problema. A ello se suma el reto que supone la limpieza de las extensas zonas forestales de este área de Fukushima, donde se concentran elevados niveles de radiactividad. Se trata de una tarea extremadamente compleja y las autoridades aún estudian el modo de emprenderla.

En el frente económico, la agricultura y ganadería de la provincia han quedado seriamente heridas. Lugares como Minamisoma se sustantan hoy principalmente del sector servicios y de las actividades relacionadas con la reconstrucción. La eléctrica TEPCO ha concedido elevadas indemnizaciones, de hasta 800.000 euros por familia, a quienes han tenido que abandonar sus hogares en un radio de 20 kilómetros de la central. Otros situados algo más lejos han recibido indemnizaciones mucho menores. Y aquellos que estaban más allá de los 30 kilómetros no tienen derecho a  compensación; por mucho que haya sido el temar a la radiactividad lo que les ha llevado a marcharse, estos habitantes dependen de sus recursos para construir una nueva vida. 

Al colegio sin mascarilla

En el colegio de Oomika, a unos 25 kilómetros de la planta,  estudian 115 pequeños de entre 6 y 12 años. Antes del accidente nuclear eran algo más de 200, pero el pánico que se extendió inmediatamente después hizo que el número llegara a caer hasta 40. Paulatinamente muchas familias fueron retornando, y con los meses los alumnos superaron de nuevo el centenar. "Pero no creo que en los próximos años el número vaya a aumentar de forma significativa", opina el director de la escuela, Kunio Hoshi.

El nivel de radiación en este colegio es de los más bajos de la zona, tras de una intensa limpieza que hicieron hace más de cuatro años los propios padres, profesores y vecinos. En el patio, entre una portería de fútbol y un parque de juegos infantiles, un contador de radiactividad marca ahora 0,08 microsieverts por hora, por debajo incluso de los 0,23 microsieverts marcados por las autoridades como objetivo de descontaminación. A diferencia de hace unos años, los niños salen a jugar al aire libre sin necesidad de manga larga ni mascarilla. "Y también van a la piscina. Es algo que en otros lugares no tiene nada de especial, pero para nosotros era antes imposible. Estamos recuperando la normalidad, y eso es algo muy bueno", recalca Hoshi.