EL RETO YIHADISTA

Un psicópata sin piedad

'John, el yihadista' y sus secuaces nos visitaban con regularidad para golpearnos

Presidían largas y tediosas sesiones de predicación con el objetivo de convertirnos

Fotograma de ’John el yihadista’ capturado de un vídeo donde amenazaba con más ejecuciones.

Fotograma de ’John el yihadista’ capturado de un vídeo donde amenazaba con más ejecuciones. / AFP

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Marc Marginedas
Marc Marginedas

Corresponsal para la exURSS

Escribe desde Moscú

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Nadie en su sano juicio puede imaginar la maldad en estado puro, sin sedantes o fórmulas analgésicas. Y solo cuando uno se cruza en el camino con individuos como el que la prensa anglosajona ha bautizado como John el yihadista, el asesino que el pasado año degolló a seis de mis compañeros de secuestro en Siria ante los ojos de todo el mundo, es capaz de comprender los negros abismos a los que, en ocasiones, llega a descender la naturaleza humana.

El hombre que aparece en los vídeos de las ejecuciones de mis compañeros de celda James Foley, Steven Sotloff, David Heines, Alan Henning y Peter Kassig, carecía del más elemental sentimiento de empatía, obtenía placer provocando el ridículo ajeno; percibía, raudo, el estado de ánimo de su interlocutor y, como un reloj de precisión, ajustaba el tono de su discurso para manipular el comportamiento de quien tenía enfrente, especialmente si lo que buscaba era obtener algo de él. Como buen maltratador, era cobarde, y ante individuos a los que percibía como más poderosos, modulaba el timbre de voz, hasta tornarse en servil y rastrero.

Un buen día de enero del 2014, jihadi John (John el yihadista) se presentó en nuestra habitación junto con sus dos adláteres, los otros integrantes británicos de la célula que nos mantenía cautivos y a la que habíamos bautizado como Los Beatles, por su tendencia a golpearnos, -en inglés, their tendency to beat us up- cada vez que entraban en nuestra celda. Y mientras manteníamos las manos sobre la pared, con las rodillas hincadas en el suelo y el rostro encarado hacia el muro -extenuante postura a la que estábamos obligados a colocarnos cuando recibíamos su visita- ordenó a uno de los rehenes: «¡(.....), imita a la gallina loca!» (el nombre del cautivo lo mantengo en secreto por respeto a su persona).

Y durante alrededor de 10 minutos jihadi John se divertía, con sus compañeros como escuderos, viendo cómo un individuo escuálido, indefenso y hambriento, vestido con un mono naranja y un número en árabe escrito en la espalda, emitía ridículos sonidos guturales parecidos a los de una gallinácea desquiciada.

EGO DAÑADO

El ego del personaje apodado John el yihadista estaba tan dañado que, con relativa frecuencia, necesitaba alimentarse de las humillaciones que nos inflingía a nosotros, sus cautivos. Era su fórmula para sentirse poderoso y en plenitud, probablemente para exorcisar sus profundos sentimientos internos de inadecuación. «Somos sus perros», llegó a comentarme un rehén de nacionalidad francesa. «Controlar con semejantes métodos a un grupo humano tan numeroso debe ser very empowering (muy reforzante) », me comentó, en inglés, en otra ocasión, uno de los presos británicos.

«.(.....), imita la retransmisión de lo que sucederá cuando Al Qaeda haya conquistado EEUU», exigió el líder de los Beatles durante otra de sus periódicas visitas, al mismo cautivo.

Y la escena de la gallina se repetía, en esta ocasión con el rehén protagonista de la cruel mofa y befa interpretando el papel de un intrépido reportero. Durante también 10 minutos, el cautivo, periodista de profesión como yo, se veía obligado a plagiar la voz de un hiperventilado locutor de televisión, retransmitiendo para un supuesto público yihadista la invasión de Washington y Nueva York por las huestes de Al Qaeda. Y como si de un partido de fútbol se tratara, debía tensar la voz en esos imaginarios momentos en que los extremistas marcaban un gol, es decir, cuando se hacían con el control de algún emblemático lugar, ya fuera el Empire State Building neoyorquino o la Casa Blanca en la capital estadounidense.

John el yihadista y su cohorte de combatientes londineses empleaban un intenso perfume, que algunos de mis compañeros de secuestro eran capaces de identificar en cuanto se acercaban, antes incluso de que abrieran el portón, cuando todavía se encontraban a algunos metros de distancia. Nos trataban con repugnancia, como alimañas portadoras de enfermedades contagiosas, y cuando nos acompañaban a algún interrogatorio, nos agarraban por la ropa, evitando siempre entrar en contacto con nuestra piel.

«No quiero que me contagies tus piojos», me dijo uno de ellos, después de una sesión de absurdas y delirantes preguntas, aderezada con 20 minutos de golpes e insultos, mientras me acompañaba de vuelta a la celda. Y es que sin posibilidad alguna de ducharnos y con acceso limitado al agua corriente, nuestros famélicos cuerpos se habían convertido en un espacio libre donde campaban a sus anchas todo tipo de parásitos de la piel, que matábamos a mano, con las mismas uñas, en los momentos en que la luz natural entraba a raudales en la estancia, o había vuelto el suministro eléctrico.

El principal objetivo de John el yihadista y sus secuaces era llegar a controlar por completo nuestras mentes, y su momento de triunfo, si forzaban la conversión de alguno de nosotros a su versión rigorista y bélicista del islam, una religión a la que habían desprovisto de toda noción de clemencia, concepto primordial para todo creyente musulmán y recogido en el primer versículo de la primera sura (capítulo) del Corán.

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TEDIOSAS SESIONES

Para conseguirlo, presidían largas y tediosas sesiones de Dawa (en árabe, invitación a la conversión) en las que incluso se nos aseguraba que teorías como la del origen del universo y el Big Bang ya habían sido plasmadas en el libro sagrado musulmán. «Decidme vosotros, ¿Quién podría saber algo así en la Arabia de hace 1.300 años?», llegó a delirar, en una ocasión, uno de Los Beatles, presentándolo como prueba incontestable de lo verdadero de su fe. Muchos de nosotros, mientras tanto, agotados por la incómoda posición en la que estábamos desde hacía horas, nos preguntándonos, con la mirada fijada en la pared, cuánto tiempo más se prolongaría aquel pestiño.