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CRISIS MIGRATORIA EN EUROPA

Solidaridad en Croacia

El flujo de refugiados atrae a la república balcánica a jóvenes voluntarios de otros países

IRENE SAVIO / TOVARNIK

Nedad, ventiañera sirio-croata, ayuda a traducir del árabe al inglés. Cabizbajo, pero atento, el refugiado escucha y asiente. A su lado, Katerina, alemana, controla la tensión arterial de un hombre que grita como un poseso. Un agente antidisturbios le ha arrojado en los ojos un bote de gas lacrimógeno. También están Davor, que carga con una montaña de botellas de agua, y Sanjia, que se queja porque todavía no han llegado los médicos para un chico que sufre de leucemia y una joven embarazada.

La mayor ola de refugiados en Europa desde el fin de la segunda guerra mundial ha despertado manifestaciones encontradas. Pero también una ola de solidaridad inesperada. Ajenos a la inacción y a las trifulcas de sus gobernantes, voluntarios venidos de todas partes -alemanes, austríacos, serbios, muchos otros balcánicos e incluso húngaros- se han volcado en asistir a los migrantes. Algunos han viajado kilómetros, otros son vecinos de localidades cercanas y recuerdan qué significa huir de la guerra. Muchos son jóvenes, con estudios universitarios y experiencias en el extranjero.

Y es que, en menos de una semana, Srijem ha pasado de ser una región apacible en el este de Croacia a estar en primera línea del frente de la acogida de los refugiados que provienen de Serbia y quieren seguir hasta el norte del viejo continente. Pasan por aquí aquellos que las autoridades croatas destinan al campo militar de Opatovac, donde, antes de ser enviados en buses hasta la frontera húngara, son identificados. El martes, Croacia recibió la cifra récord de 9.000.

CAOS Y ESTRÉS

En el lugar impera el caos y el estrés. Los agentes antidisturbios, algunos visiblemente cansados, no dejan de gritar. «Go! Go! Go!», les sueltan a los desorientados inmigrantes cuando llega el momento en el que tienen que subir a los autobuses dirigidos hacia la frontera. Los voluntarios giran entonces las cabezas y rebufan. «Desde ayer están así. Se nota que la policía no está acostumbrada a manejar situaciones de alta tensión como esta», dice Davor.

Plegados por el sufrimiento moral y material y de una inseguridad permanente, los refugiados buscan el sostén de los voluntarios. Les cuentan que han viajado miles de kilómetros a pie, pagando a traficantes, subiéndose a balsas y atravesando tierras que desconocían. Muchos, muchísimos, con niños muy pequeños. «¿Por qué vamos a Alemania? Solo queremos ir allí donde nos acepten», le dice Dia, sirio de Alepo, a Nate, un esloveno que por primera vez experimenta ser voluntario. El día llega a su fin en Opatovac y nadie sabe cuántos llegarán mañana. «Depende de los serbios», dicen algunos.

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