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EL SECRETO QUE UN MILITAR JAPONÉS SE LLEVÓ A LA TUMBA

El oro de Yamashita

JAVIER TRIANA

Yo ya no tengo un detector de metales. Me deshice de él hace tiempo. Porque si lo tienes, con ese rumor de que hay un tesoro escondido... la gente termina por volverse loca». Arnold Apilis sabe de lo que habla. Lleva 25 años guiando a turistas por la región montañosa de Ifugao, en el norte de Filipinas, y ha visto cómo muchos vecinos pierden su tiempo, su dinero y su cordura buscando un botín: el oro de Yamashita. El general Tomoyuki Yamashita, apodado El Tigre de Malasia y a cargo del avance japonés en el sudeste asiático en la segunda guerra mundial, habría escondido en las montañas del norte filipino el tesoro saqueado durante la toma de Singapur y Malasia. Cuando la guerra se torcía para el bando japonés, huyó hacia el norte de Filipinas rumbo a Japón, pero fue capturado hace ahora 70 años. No obstante, el mito del oro de Yamashita sigue vivo en Filipinas. «A veces vienen por aquí turistas japoneses, y hay filipinos que les siguen, porque creen que van a buscar el tesoro», relata Apilis.

El reportero italiano Tiziano Terzani, corresponsal en Asia durante tres décadas, se interesó por el botín en los años 80 y, más por diversión que otra cosa, fue a buscarlo. «En Malasia, Tailandia y Singapur había comunidades de chinos ricos con ahorros en oro. Hacia el final de la guerra, los comandantes japoneses, que habían saqueado esas comunidades, juntaron el botín para salvar a su imperio», narra Terzani en su autobiografía, El fin es mi principio. «El general encargado de esa operación era el jefe de las fuerzas japonesas en Asia, Yamashita -prosigue el periodista-,quien, cuando los ingleses recuperaron Singapur, se refugió en Filipinas con sus tropas y el famoso tesoro. Desde allí, pensaba volver a Japón».

 

Sin embargo, en ese momento, la superioridad marítima en el Pacífico ya no correspondía al Ejército japonés, sino a la marina estadounidense. Cuando EEUU regresó a Filipinas desde Australia para tratar de recuperar su colonia, los japoneses quedaron cercados. «Yamashita es capturado e interrogado en un Guantánamo de la época para que revele, entre otras cosas, dónde carajo ha escondido el tesoro», detalla Terzani. Pero no larga una palabra y es condenado a muerte por los crímenes que sus tropas habían cometido en el archipiélago asiático: la muerte de 60.000 filipinos desarmados. El 23 de febrero de 1946, la vida de Yamashita acaba en una horca colgada de un árbol de mango, pero en ese instante nace un mito: el del tesoro.

Entre los primeros en buscarlo habrían estado soldados estadounidenses, pero también el dictador filipino Ferdinand Marcos. «En Malacañán, la residencia presidencial, aparecieron misteriosamente algunos objetos inesperados, como antiguos budas dorados y cosas así, que no eran filipinos -asegura Terzani-. Eso dio pie a la sospecha de que Marcos había encontrado el tesoro».

 

De estar vivo, podría haberlo corroborado el cerrajero filipino Rogelio Roxas. Su andadura comenzó en 1970 cuando un amigo suyo, Albert Fuchigami, hijo de una filipina y un japonés que había combatido en la guerra, le reveló que años ha su padre le había mostrado un mapa que él había memorizado y que les podría llevar al tesoro. Su expedición halló lingotes de oro y un buda sedente del mismo material que ocultaba diamantes en bruto en su interior. El hermano de Rogelio le hizo algunas fotos con los trofeos que debieron de llegar a manos de Ferdinand Marcos, pues no pasó mucho tiempo antes de que soldados del presidente irrumpieran en la morada de los Roxas, en la localidad filipina de Baguio, y la saquearan. Rogelio se quedó sin nada. O esa fue la versión que a finales de los 80 y principios de los 90 dio antes del proceso judicial iniciado en Hawai contra Marcos, entonces exiliado en la isla tras haber sido expulsado del poder.

Historiadores escépticos

Aunque Rogelio no vivió para verlo, ganó el caso: su familia recibió 20 millones de dólares de compensaciones por daños y violaciones de los derechos humanos. Para entonces, la esposa del exmandatario, la frivolísima Imelda Marcos, ya había asegurado que parte de las riquezas de Ferdinand provenían del tesoro de Yamashita, pero que las había mantenido ocultas porque era tal la cantidad que «resultaba embarazosa».

 

No obstante, algunos historiadores son escépticos con el rumor del tesoro enterrado en la excolonia española, como el profesor Ricardo Jose, de la Universidad de Filipinas. «En 1943 los japoneses ya no controlaban el mar. No tiene sentido traer algo tan valioso aquí cuando sabes que te lo van a arrebatar los estadounidenses. Lo más lógico habría sido enviarlo a Taiwán o a China», argumenta. Pero, ¿y si fuera cierto? Una sencilla búsqueda en internet aporta relatos, foros y vídeos de seguimiento de expediciones de filipinos que han tratado de encontrarlo por todo el país. De momento, sin éxito.

Mientras, el guía turístico Arnold Apilis se sigue volcando en el oro de papel que le procuran los visitantes de las terrazas de arroz de Banaue. «Mira», dice al tiempo que detiene su vehículo. «Desde este punto se ve el mismo panorama que está dibujado sobre el billete de 20 pesos». Y el anciano Apilis prefiere esos 20 pesos en su bolsillo antes que soñar millones.