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Así es por dentro el tren de los refugiados

EL PERIÓDICO se sube en Budapest al convoy que traslada a los refugiados que huyen de Hungría hacia Austria y Alemania

Carles Planas Bou

Refugiados y migrantes se suben a un tren tras cruzar la frontera de Macedonia.

Refugiados y migrantes se suben a un tren tras cruzar la frontera de Macedonia.
Los refugiados se amontonan a la espera de poder subir al tren con destino a Austria.
Un grupo de refugiados espera a tomar el tren con destino a Austria.
Una refugiado con su bebé a punto de subir al tren.
Tres niños refgugiados miran desde dentro de uno de los trenes.
Una joven madre con su niña en el interior del tren.
Unos refugiados se hacen un selfi antes de subir al tren con destino a Austria.
Dormidos en el tren.
Dos jóvenes en el interior del tren camino a Austria.
Un niño duerme en el tren con destino a Austria.

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Son las 15.10 horas del mediodía. El tren se pone en marcha y deja atrás Budapest. En la estación de Keleti aún hay centenares de refugiados que esperan su momento para marcharse y proseguir su odisea. Muchos afortunados han podido costearse el billete y subir al convoy. Dos vagones van cargados hasta los topes de personas, que duermen en las butacas o tirados en los pasillos. Su ruta también necesita momentos de descanso.

 

Muchos no hablan inglés pero sonríen y hacen gestos afirmativos cuando se les pregunta por Viena Múnich. Saben a donde quieren llegar. El tren se detiene un momento en la localidad de Tatabanya y cuatro policías suben. Llevan guantes y máscaras para taparse la nariz y la boca. Los refugiados miran desde lejos con desconfianza, temen que el tren no llegue a su destino y se les envíe en algún campo remoto. Un chico de 18 años cuenta entre gestos y algunas palabras en inglés que se siente feliz por acabar el trayecto. Como la gran mayoría, viene de Siria y en 10 días sin descanso ha cruzado un mar y seis fronteras distintas. «Quiero estudiar para poder tener un mejor futuro», cuenta bajo una mirada desconcertada. En Alepo no hay esperanza para prosperar.

Dentro del vagón se respira un silencio tranquilizador pero también se ve el nerviosismo y las huellas marcadas por su largo viaje. Se oyen niños llorar, probablemente enfermos, y la tos ronca que arrastran tras días de dormir al raso. En Serbia, Macedonia y Hungría ya no es verano, el viento hiela los huesos. Las mujeres cargan con los niños y a algunos les dan de mamar. Naqrisha tiene un rostro bello, joven y alegre. Su tez morena contrasta con la blancura de unos dientes que deja entrever en su sonrisa constante. En sus brazos, una pequeña figura observa a su alrededor.

Más atrás, un grupo de 10 chicos se reúne alrededor de una mesa. Muchos duermen pero se despiertan al ver que hay gente que quiere conocer su historia. Mahmoud Gedir es el único que sabe algo de inglés y lleva la voz cantante. Vienen de Raqqa y Daraa, ciudades sirias hundidas en el caos de una guerra incesante. El billete de Budapest hacia Hegyshalom, a cinco kilómetros de la frontera austríaca, cuesta 22,2 euros pero ellos muestran un recibo donde el precio asciende hasta los 53. «No money, no money», repiten indignados con cara de no entender lo sucedido. Nos cuentan que en la estación de Keleti un hombre con barba blanca les ha pedido 25 euros para subirse al tren. Una vez se lo han dado les ha dicho que ya podían subir y que no les hacía falta billete. En la primera parada el revisor les ha multado. Saben que les han estafado y que han tenido que pagar 78 euros para llegar a su destino. «Nos han dicho que si no pagábamos nos llevarían a la prisión», cuenta frustrado.

 

El tren se detiene un instante en Hegyeshalom, el nombre que marca su billete. Intentan bajar pero la policía les manda volver dentro de los compartimentos. Miembros de las Naciones Unidas, equipos de información y dos periodistas observan lo que ocurre. El tren sigue su rumbo y los pasajeros miran con alegría por la ventana. En pocos minutos ya habrán entrado en Austria, donde la policía no comprueba los billetes. Una mujer se queda sola en el andén con un bebé en los brazos. Dice que ha perdido a su marido en la anterior estación. Los agentes húngaros la atienden y la ayudan, la acompañarán hasta la parada previa. Se los ve cansados y desconcertados. «Esto es un caos, no podemos hacer nada si intentamos organizarnos y en Budapest cambian la información cada 15 minutos», critica un oficial.

LO PEOR YA HA PASADO 

Media hora después otro tren con hasta 350 refugiados más para en Hegyeshalom. Se bajan entre gestos de victoria y sonrisas y se suben a otro tren. Austria ha enviado ferrocarriles especiales a la frontera para ayudar a traer a todos los que huyen de Hungría. Apuran las últimas caladas de los cigarrillos antes de que se cierren las puertas. Cuentan que pagaron 1.500 euros para subirse en una patera con 50 personas y cruzar el mar Egeo y nos muestran vídeos que grabaron con su móvil. «Viena, ¿problema? ¿Policía?», preguntan nerviosos. Les decimos que no y sonríen. Se cierran las puertas y se despiden con la mano. Los más pequeños observan el paisaje a través de los cristales del tren. No entienden nada pero aún les queda una sonrisa en la cara.

Ya en Austria, en la estación de Nickelsdorf, una treintena de refugiados espera pacientemente en el andén. Hace frío y empieza a anochecer. Vienen de Siria, Irak y Afganistán. Como tantos otros, se quejan del trato recibido en Hungría. «Austria bien, policía en Hungría peligro», repiten.

Samir tiene 28 años y ha huido de Alepo. Exhausto después de haber recorrido los 2.715 kilómetros que separan la ciudad en ruinas de la estación austríaca se muestra satisfecho. Su familia vive en Malmoe, en el sur de Suecia, donde le están esperando. Aún le queda un largo camino por delante pero está contento. La peor parte ya ha pasado.

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