03 abr 2020

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Una Alemania endeudada

En 1953 se reunieron en Londres enviados de la RFA y de los países acreedores para negociar una quita de la impagable deuda de entreguerras y de la generada tras la segunda guerra mundial

ALBERT GARRIDO

Grecia es hoy el enfermo de Europa y Alemania lo fue al final de la segunda guerra mundial, lastrada por una deuda impagable que hubo de renegociar. Se está en lo cierto cuando hoy se recuerda que el Gobierno griego de la época estuvo entre los 25 acreedores y no puso obstáculos a una quita del 62%, pero no se da ningún parecido entre la situación de Europa entonces y ahora, ni tiene ninguna semejanza el origen de las deudas alemana y griega.

Entre el 27 de febrero y el 8 de agosto de 1953 se reunieron en Londres representantes de la República Federal de Alemania (RFA) y de los países acreedores para discutir el pago de la deudas pendientes correspondientes al periodo de entreguerras (22.600 millones de marcos de la época) y de las posteriores al final de la segunda guerra mundial (16.200 millones de marcos). Hermann Josef Abs, un alto ejecutivo del Deutsche Bank de personalidad sibilina, firmó los acuerdos, que dejaron la deuda final a reembolsar por la RFA en 14.500 millones de marcos (7.500 millones correspondientes a lo adeudado hasta 1939 y 7.000 millones acumulados a partir de 1945), más los intereses que devengaran.

Según se estipuló en 1953, el tesoro alemán acabó de pagar el principal de la deuda en 1982 y los intereses, el 3 de octubre de 2010. Hubo, desde luego, países inicialmente reticentes al acuerdo -Francia, tercer acreedor detrás de Estados Unidos y el Reino Unido, de forma especial-, pero una vez suscrito tuvo un efecto inmediato en la recuperación de la economía alemana y permitió el ingreso de la RFA en las grandes organizaciones financieras internacionales: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y GATT, antecesor de la Organización Mundial de Comercio.

Del acuerdo de Londres al milagro alemán medió un paso, favorecido por el objetivo de Estados Unidos de acelerar la recuperación de Alemania Occidental dentro de la lógica de la guerra fría. A ello contribuyeron de forma decisiva el democristiano Konrad Adenauer, canciller de la RFA entre 1949 y 1963, y su ministro de Economía, Ludwig Erhard, que le sucedió al frente de la cancillería. Ambos estaban libres de toda sospecha de colaboración con el régimen nazi, pero no hicieron ascos a la presencia en el nuevo Bundesbank de antiguos gestores del Reichsbank. El resultado, consecuencia de la catastrófica experiencia de los años 20, fue la doctrina imperante hasta hoy: control de la inflación, contención monetaria, presupuesto equilibrado y superávit exterior.

Resistir el castigo

En la renegociación de la deuda pesó también el Tratado de Versalles como una referencia a no imitar. Según lo firmado en 1919, Alemania y sus aliados fueron considerados los únicos responsables de la tragedia que asoló Europa entre 1914 y 1918, y se impusieron a Alemania unas reparaciones de guerra equivalentes a 132.000 millones de marcos-oro, equivalentes a más de 400.000 millones de dólares del año 2010. «Todos somos conscientes de que es imposible que la economía alemana resista tal castigo», escribió uno de los negociadores británicos en su libreta de notas y, efectivamente, la hiperinflación, el paro y las crisis monetarias se adueñaron del país, y en última instancia fueron determinantes en la irrupción de Hitler.

Una de las primeras medidas que adoptaron los nazis en 1933 fue suspender el pago de las deudas de guerra. Y uno de los primeros problemas que hubo de afrontar la nueva Alemania fue dar con un mecanismo de liquidación que no lastrara el crecimiento durante una generación. «Nadie mejor que los alemanes puede entender esto» (el propósito griego de escalonar la deuda), ha escrito un analista de The New York Times a la luz del precedente de 1953. Cabe añadir que, con posterioridad, son bastantes los ejemplos de renegociación que han permitido a varios países salir del agujero, entre ellos algunos de América Latina.

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