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cuba en cuatro barras

Huella catalana en La Habana

ÓSCAR HERNÁNDEZ

La Habana catalana. En un año trascendental para que los catalanes se pronuncien sobre su independencia, en Cuba sobrevive una de sus raíces históricas. Hay muchos datos. En este país se escribió la primera constitución catalana, que nunca entró en vigor. También se diseñó la bandera independentista, la cuatribarrada con el triángulo azul y la estrella blanca de cinco puntas, prima hermana de la bandera oficial de Cuba. Además, allí han emigrado miles de catalanes desde finales del XVIII para buscar fortuna. Y muchos se erigieron en poderes fácticos en La Habana y promovieron su desarrollo y crecimiento. Bacardí, Partagàs, Sarrà y Gelata son solo algunos de los muchos apellidos catalanes que pusieron en marcha la ciudad mientras se enriquecían con el ron, la caña de azúcar, el café y la venta de esclavos.

Más de 200 años después la situación de los catalanes en La Habana es muy diferente. Lejos del lujo y la distinción que ostentaron las familias más pudientes –que abrieron infinidad de negocios y palacetes de estilo colonial y diseñaron el entramado de nuevas calles más allá de las murallas, a modo del Eixample barcelonés con modernismo incluido–, los descendientes (hijos, nietos y bisnietos de aquellos primeros catalanes) han vivido o viven vinculados a la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Cataluña, más conocida como el Casal Català, la entidad de ayuda social más antigua del mundo (tiene 175 años). «La primera sociedad de beneficencia para catalanes emigrantes se creó para ayudar a aquellos que no prosperaron», explica el historiador Josep Maria Solé Sabaté, quien en uno de sus viajes a La Habana en los años 80 se entrevistó con los socios de esta oenegé, quienes le pidieron que transmitiera al presidente de la Generalitat, entonces Jordi Pujol, sus problemas económicos. Aquella intercesión del entonces joven historiador sirvió para que Catalunya comenzara a enviar ayuda al Casal Català de La Habana.

«En 1996 aprobamos de forma oficial ayudar a las comunidades catalanas en el extranjero para fomentar actividades culturales como la sardana o las corales, pero en el caso de Cuba se decidió dar también una ayuda asistencial, que es la mayoritaria, para que sus socios puedan comprar medicamentos y comida, pero también para el mantenimiento de la sede social y de la ermita de Montserrat», explica Daniel Gimeno, responsable del Área de de Diplomàcia Pública de Comunitats de Catalans a l’Exterior de la Generalitat. La crisis, sin embargo, ha hecho caer en picado estas ayudas. En el 2012 se enviaron 106.000 euros, pero en el 2013 y el 2014 la subvención anual bajó a 20.000. Su oficina calcula que al menos unos 1.600 catalanes residen en La Habana.

Sede en muy mal estado
Dolors Rosich (La Habana, 1935) preside la Sociedad de Beneficencia de La Habana y es la que reparte estos importes entre su entidad y otros cuatro casals que hay en Cuba. Su padre llegó en 1921 y ella creció «con el catalán en casa». El edificio de la entidad que dirige está ahora en un estado casi ruinoso y necesita una rehabilitación urgente. Aunque eso no impide que parte de sus 1.164 socios (muchos son ancianos) asistan a las actividades que se organizan en esta gran casa: havaneres, celebración de Sant Jordi, esbart dansaire, puntaires, lectura de poesía, algún concierto y proyecciones de películas y reportajes sobre Catalunya.
«Pero nuestra actividad más importante ahora es entregar algo de dinero a los socios que más lo necesitan. Son un centenar de personas jubiladas, que reciben una pensión muy baja y que necesitan ayuda», cuenta Rosich. La pensión de jubilación media en Cuba no supera los 30 euros mensuales. «Y tienen que pagarse medicinas y la electricidad de sus viviendas, además de comprar comida», añade la presidenta. En el barrio de Vedado, uno de los más elegantes de La Habana, donde están muchos de los hoteles para turistas, la espera Nicolás González Font, de 71 años, cuyo bisabuelo Francisco Font emigró a Cuba. Ingeniero químico jubilado, no puede contener las lágrimas cuando explica que padece párkinson desde hace años y que no puede escribir. «La enfermedad no tiene cura y empeora», dice. Su mujer, Elena, enfermera cubana, le cuida y mima. «Lo es todo para mí», dice él. «Agradecemos mucho el dinero que nos da el Casal Català y también los lotes de productos como el vino y el turrón», detalla ella, emocionada.

Fondos para 100 socios
Rosich se dirige luego con el único coche que tiene la entidad hasta la casa de María Rafaela Pujadó García, de 74 años, cuyo padre nació en Barcelona. Su marido, Rolando de la Caridad Gallardo, de 75, está echado en una cama de la entrada de la casa, semidesnudo. «Es que aquí no tenemos culeros (pañales) para personas mayores», se excusa. Junto a él, un montón de trapos servirán de pañales. Él solo mira. «Está crítico, con párkinson, diabetes e hipertensión», cuenta Pujadó. «Yo cobro 270 pesos al mes de pensión y ayer pagué 120 en medicinas», se lamenta la mujer, quien también se felicita de ser socia de la Sociedad de Beneficencia y de poder recibir las ayudas. Ahora, un centenar de socios se reparten en La Habana parte de la partida de la Generalitat.
Otro de los objetivos de esta oenegé catalana es el mantenimiento de la ermita de Montserrate (los cubanos lo escriben con e final), que es de su propiedad. La pequeña iglesia, que se diseñó para ser instalada en la famosísima plaza de la Revolución los últimos años del Gobierno de Batista, se construyó a finales de los 50 en una bonita finca ajardinada cerca del aeropuerto de La Habana. Es una réplica de la iglesia de S’Agaró y alberga una copia de la virgen de Montserrat, venerada por los catalanocubanos. Jesús Jiménez García (Cienfuegos, 1965) es el encargado de su conservación. Bisnieto de un comerciante catalán, economista y teólogo, lamenta que no haya dinero para reparar un vitral roto y otros desperfectos. «La Iglesia cubana no se quiere hacer cargo, al no ser de su propiedad. Ya han entrado varias veces a robar. Igual se podría hermanar esta ermita con la iglesia de S’Agaró, ya que el arquitecto fue el mismo», sugiere. Y recuerda que esta pequeña iglesia «es uno de los siete tesoros de la Catalunya exterior».
Otra de las actividades promovidas por el Casal Català es la danza. Se encarga Carlos Velázquez (La Habana, 1962), museólogo y bailarín. «Me gustaba la danza española y en los 80 me acerqué al Casal Català. Aprendí a puntear sardana con el padre Armengol. En el Esbart Dansaire hemos hecho trajes de baile con sacos de arroz y cortinas de las socias», relata quien además coordina el Centro Cultural Barcelona-La Habana, que realiza actividades conjuntas con la Escola Massana de Barcelona, al margen del casal. «Con el baile a veces me siento embajador de la danza catalana», explica Velázquez, quien se emociona al explicar su relación cada vez mayor con Catalunya y recordar que su padre está enterrado en el panteón catalán de La Habana.
El cementerio de Cristóbal Colón es el más grande de Cuba. Ocupa 57 hectáreas, lo que serían unas 57 manzanas del Eixample barcelonés. La huella catalana aquí es impresionante. A las decenas de mausoleos maravillosos de las más importantes fortunas de los emprendedores catalanes que ya no volvieron, se suma un panteón para enterrar a todos los que no pudieron costearse una tumba propia. Allí trabaja, por encargo de la Sociedad de Beneficiencia, propietaria del edificio fúnebre, Antonio Caldería, de 80 años. «A veces vienen familias catalanas que están de vacaciones en Cuba y se acercan para preguntar por un abuelo o un bisabuelo», explica Caldería, quien lleva 10 años cuidando el edificio funerario.
A dos kilómetros justos de la puerta principal del camposanto se encuentra la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, donde Marta Escartín (Barcelona, 1981) enseña catalán a medio centenar de alumnos. Ella acudió a la isla hace tres años gracias al programa de enseñanza de esta lengua en el extranjero del Institut Ramon Llull. Sobre el éxito de sus clases afirma: «Los cubanos tiene muchas inquietudes culturales. La falta de opciones, como tener solo tres canales de televisión y dificultades para acceder a internet, les hace buscar alternativas como estudiar catalán». Aunque admite otros motivos: «Hay alumnos descendientes de catalanes y otros que quieren estudiar en Barcelona. Y el Barça es otra razón». Para todos la lengua catalana es una útil optativa para su carrera de letras.

Hermanamiento escolar
Ingrid Cruz Pérez (La Habana, 1959) asiente al lado de Escartín en el despacho del departamento de catalán. Profesora de Biología, ha luchado por mantener la estrecha relación entre un gigantesco complejo escolar de Marianao con la oenegé catalana Ensenyament Solidari y una escuela de Sant Boi. Por esta unión han logrado un viejo camión para repartir comida a los 10.000 alumnos del complejo educativo y también mantener vivas tradiciones catalanas en sus aulas. «Los niños cantan y bailan el Joan petit quan balla con ritmo cubano», explica.
Otra de las entidades que ayudan a mantener vivo el germen catalán en La Habana es la Penya Barcelonista, con sede en el Casal Català. «Tenemos ya 200 socios y todos tienen su carnet», dice, orgullosa, Alina Ferrara, nada más saborear la Champions de Berlín frente a un pequeño televisor del bar del Casal Català. «Tenemos una placa en la puerta 76 del Camp Nou», exclama Domingo Vila, de 86 años y natural de Sabadell (emigró en 1947). A él y a sus compañeros les iría bien una televisión mayor para ver mejor los partidos.
«Aquí hacen falta muchas cosas. Hay mucha gente en Catalunya que se hizo rica en Cuba y ahora podrían ayudar a la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Cataluña, la más antigua del mundo», reflexiona Jorge Oller (Barcelona, 1929), expresidente del Casal Català que llegó a Cuba de niño y se convirtió en el fotógrafo de prensa más galardonado del país. Su vecina y amiga, Imma Sallés (Sabadell, 1961), a la que quiso conocer cuando vio una estelada colgada en la fachada de su casa, llegó a Cuba hace dos años y ya se ha casado con un simpático negro cubano, Ismael Andreu («posiblemente su apellido venga de algún catalán dueño de esclavos de Haití», aclara). Sallés colabora también con la Sociedad de Beneficencia, de la que no tardó en hacerse socia. «Me encantaría que fuera como antes, cuando había dinero y se hacían muchísimas actividades. Ahora, con la subvención tan baja, por la crisis, cuesta hacer cosas y la gente está desmotivada», se lamenta. Como muchos, confía en que la Catalunya habanera vuelva a enraizar con fuerza. Mientras, se vuelca en su nuevo trabajo: «Asesorar a empresas catalanas que quieran instalarse en Cuba». La que ya fue conquistada por aquellos cuyos descendientes ahora parecen haber caído en el olvido.

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