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Análisis

¿Unidos por la seguridad?

Eduard Soler Lecha

Entre vecinos siempre se acumulan agravios y conflictos pero, tarde o temprano, se ven obligados a dejar a un lado sus diferencias para fijar unas reglas mínimas de convivencia y abordar problemas que únicamente se pueden resolver de común acuerdo. Entre el norte y el sur, el diálogo no ha sido siempre fácil. Por ejemplo, lo que desde Europa se entiende como una política de apoyo a las reformas, a la democracia y a los derechos humanos se percibe por parte de muchos Gobiernos del sur como una injerencia inaceptable en asuntos internos.

Pero las relaciones más complicadas son las que mantienen los países del sur entre sí. A los viejos conflictos, como el árabe-israelí o las tensas relaciones entre Rabat y Argel, hay que sumar nuevos escenarios de violencia como son ahora Libia y Siria. Lo que sucede en estos dos países no solo afecta a sus vecinos sino que estos intervienen de forma directa tomando partido por una de las partes en conflicto en confrontaciones que adquieren, por lo tanto, una dimensión regional.

Durante más de siete años ha sido imposible celebrar una reunión de ministros como la que tuvo lugar ayer en Barcelona. Y cuando se decidió convocarla el éxito no estaba, para nada, asegurado. Que no esté constituido todavía el Gobierno israelí ha ayudado pero no es una condición suficiente para explicar la altísima representación en la reunión de ayer. Por un lado, los europeos necesitaban visualizar que no les preocupa solo lo que sucede en el este de Europa y, por otro lado, los países del sur son cada vez más conscientes de que son incapaces de resolver en solitario sus problemas de seguridad. El terrorismo y los conflictos regionales son el ejemplo más claro de esta realidad.

Democracia y economía

Es una buena noticia que los países mediterráneos y los de la Unión Europea se hayan tomado en serio los temas de seguridad. Pero no estaría de más recordar cuáles fueron los objetivos del atentado de Túnez del pasado 18 de marzo: el Parlamento y el turismo. En otras palabras, la democracia y la economía. Luchar contra el terrorismo no es solo desarticular y evitar atentados, es también preservar aquello que el terrorismo pretende destruir y hacer a las sociedades más resistentes frente a su amenaza. Por eso, igual de imprudente es negarse a cooperar en materia de seguridad, como hacerlo solo en temas de seguridad. Está por ver si todos los que se sentaron alrededor de la mesa en Barcelona lo tienen claro.

Una foto de familia, una rueda de prensa conjunta y un conjunto de buenas intenciones pueden saber a poco ante la magnitud de las crisis que afectan a nuestros vecinos del sur. Pero por algún lugar había que empezar, y entre vecinos hay que empezar hablando. En esta ocasión, la amenaza del terrorismo ha sido el revulsivo que les ha hecho aparcar sus diferencias. Pero este diálogo no puede detenerse ni en la reunión de ayer en la capital catalana ni en un único tema. El éxito se medirá por la posibilidad de incorporar nuevas cuestiones a la mesa de discusión y por los efectos concretos de esta colaboración.

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