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la memoria (recuperada) de la revolución nicaragüense

La retina sandinista

IDOYA NOAIN

Un dibujo ilustraba el billete de 20 córdobas que empezó a circular en Nicaragua en 1985: un grupo de campesinos, machetes en mano y en alto, marchando tras una pancarta con la frase de un sindicalista: «No somos aves para vivir del aire, no somos peces para vivir del mar, somos hombres para vivir de la tierra».

La imagen fue icónica, no solo en Nicaragua, sino en todo un continente que llevaba décadas rebelándose contra dictadores y explotadores latifundios. No era una ilustración simbólica, sino que estaba prácticamente calcada de una fotografía. Pero a quien apretó el disparador aquel día de 1980 capturando esa toma de tierra cerca de Jinotepe nunca se le consultó. Nunca se le reconoció. Hasta ahora.

Triunfo personal y colectivo

Esa foto, como miles de otras tomadas durante la insurrección contra la dictadura de Anastasio Somoza y en los años de la Revolución Popular Sandinista, es obra de Margarita Montealegre, la primera mujer fotoperiodista del país. Y su largo viaje hasta poder reivindicar la autoría y presentarla junto a otras 28 imágenes en Nicaragua, insurrección y revolución -un libro editado en su país por el colectivo feminista Aula Propia- ofrece la historia de un pequeño gran triunfo personal y colectivo. Es también pasaporte para recordar la historia y reactivar una lucha que Montealegre, de 59 años, resume por videochat desde su casa en Managua: «Evitar la pérdida de la memoria visual de un país».

Grandes fotógrafos internacionales como Susan Meiselas o Pedro Valtierra retrataron Nicaragua a finales de los años 70 y en los 80, en muchos casos ayudados por Montealegre, que actuó como enlace entre la prensa internacional y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Pero ella misma hacía algo distinto tras la cámara. Lo suyo era también compromiso político.

Después de que su familia se mudara al puerto de Corinto tras el terremoto que asoló Managua en 1972, Montealegre se fue a Bélgica a los 18 años «sin saber palabra de francés», estudió y, con el dinero que ahorró limpiando casas, compró su primera cámara, una Nikormat, y una lente de 28 milímetros. Leía a historiadores y a clásicos que las dictaduras somocistas que se aferraban al poder desde los años 30 habían prohibido. Y en una de sus vacaciones en su país, viendo los devastadores efectos de la represión, el exilio forzoso de amigos y los movimientos clandestinos, determinó que ya no se sentía bien en Europa. En 1976 regresó, «comprometida a aportar lo que pudiera a la lucha contra la dictadura».

Acoso en la redacción

Se matriculó en Periodismo, dio un curso de fotografía donde se enamoró del laboratorio y en 1977 supo que había una plaza de becaria en La Prensa, el diario de oposición a Somoza que dirigía Pedro Joaquín Chamorro (el esposo e quien luego sería presidenta del país, Violeta Chamorro, que fue asesinado en 1978). Montealegre no pasó la prueba de redacción pero se quedó gracias a su cámara.

Sus primeros trabajos fueron en la morgue, retratando cadáveres que nadie reclamaba. Fue testigo de primera fila de la aplastante censura de la Guardia de Somoza y de su violencia. Y experimentó la dureza del machismo. A sus 21 años, única chica entre los fotógrafos del diario, encajó «burlas por ser mujer, comentarios como 'vamos a ver si aguantas', los besitos, los intentos de tocarte...». Se defendió «como una leona». Y llegó a entrar al despacho de Chamorro. «No me quedo un día más si no hay respeto», le dijo.

Se quedó hasta 1979, el año en que la Guardia somocista ejecutó al periodista estadounidense Bill Stewart y bombardeó La Prensa. Entre lo perdido: los negativos de Montealegre. Pero no había tiempo de llorar. Ella se había unido a las filas del Frente Interno. Venía la insurrección final. Era la hora de la guerra.

Apoyo internacional

«Ahí no existía el yo», recuerda. Además de ayudar a los periodistas extranjeros (que le daban uno o dos rollos cuando la veían, lo que explica que descubriera la diapositiva y retratara la guerra en color mientras que en los 80 volvió al blanco y negro), ella debía facilitar su material a los comités de solidaridad que buscaban el apoyo internacional.

En la insurrección y en la revolución posterior, en aquella guerra civil con la Contra, Montealegre combatió y fotografió. Y no solo se fijaba en escenas del lucha, dolor o violencia, sino que también capturó «momentos de alegría, irreverentes, sin control alguno, que no representan cómo está catalogada la revolución». Y muchos de esos han acabado en el libro, donde solo hay una imagen con sangre.

 «Quiero que los jóvenes conozcan algo que les han contado pero que sólo han visto a ráfagas, sin profundidad», explica la foógrafa, quien ahora compagina empleos como profesora universitaria y en «la BBC» -como llama jocosamente a bodas, bautizos y comuniones-. No ha perdido su espíritu combativo y está embarcada en un proyecto sobre «feminicidios para hacer visibles a las mujeres asesinadas».

Su odisea para preparar su libro, que ha logrado editar en parte gracias a gente que le ha devuelto originales de forma clandestina y a veces teniendo incluso que pagar a instituciones para escanear sus propios negativos, le sirve, además, para enarbolar la bandera de otra lucha. «Los derechos de autor se siguen violando hoy -denuncia Montealegre-.

 

Es muy duro, pero es la situación que sugren muchos fotógrafos».