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UNA NUEVA SUPERPOTENCIA ENERGÉTICA

La geopolítica del 'fracking'

La revolución del esquisto ha alterado la política exterior de Estados Unidos

Washington no podrá desentenderse de Oriente Próximo, pero sí ejercer una diplomacia más agresiva

RICARDO MIR DE FRANCIA
WASHINGTON

«América es adicta al petróleo». Cuando  el entonces presidente de EEUU, George Bush, pronunció estas palabras en el 2006 a modo de autocrítica, casi nadie podía imaginar lo que estaba por venir. La dependencia estadounidense del petróleo foráneo había alcanzado máximos históricos un año antes y la producción nacional seguía en caída libre. Frente a un horizonte de creciente escasez, la conclusión era clara: había que transitar hacia las energías renovables o exponerse a un futuro de guerras perpetuas por el control de los hidrocarburos. Y, entonces, apareció el 'fracking'.

George Mitchell, uno de los barones tejanos del gas, llevaba desde 1981 inyectando agua, piedras y químicos en el subsuelo de pizarra para extraer las burbujas de hidrocarburos y demostrar que la fracturación hidráulica ('fracking') podía ser rentable. A la postre, no se equivocó. Coincidiendo con la llegada de Barack Obama al poder, la producción de gas y petróleo se ha disparado. La extracción de crudo ha crecido un 70% desde el 2008 hasta rebasar los nueve millones de barriles diarios, algo que no se veía desde el pico histórico de los años 70. En solo unos meses se espera que EEUU supere a Arabia Saudí como el mayor productor mundial. De gas ya lo es desde el 2012.

Y aunque sigue importando algo más de un tercio del petróleo que consume, la autosuficiencia energética ha dejado de ser una utopía. Podría alcanzarla en el 2037, según la Agencia Internacional de la Energía. Esta revolución se refleja en los mercados, donde el petróleo de esquisto bituminoso yanqui ha contribuido decisivamente al desplome de los precios del barril en el último medio año. Pero también está cambiando la política exterior de EEUU, aunque no necesariamente como se tiende a pensar.

GIRO ESTRATÉGICO

Espoleado por el 'boom' energético, Obama ha tratado de reorientar el foco de la política estadounidense hacia Asia, un giro estratégico destinado a contener a China tras décadas de obsesión por Oriente Próximo y su petróleo. Pero ese cambio de prioridades no implica que EEUU vaya a desentenderse de la región porque los precios del crudo se fijan en los mercados internacionales y una crisis en el canal de Suez o en el estrecho de Ormuz, las puertas de entrada y salida para el crudo del golfo Pérsico, reverberaría sobre la economía mundial.

«EEUU no va a permitir que nadie torpedee el libre flujo del petróleo porque, aunque no importara nada de la región, pondría en riesgo su economía», explica Michael Klare, autor de libros como 'Blood and Oil' ('Sangre y petróleo'), que desentraña los vínculos entre la política exterior estadounidense y el petróleo. «Se centrará más en controlar las rutas marítimas que en preservar el acceso a los mercados de Oriente Próximo», añade por teléfono. Como se ha visto además con el Estado Islámico (EI), crece la amenaza del yihadismo, lo que obligará a Washington a seguir empantanado en la región durante años.

LOS MÁS CASTIGADOS

En cualquier caso, su nuevo estatus como superpotencia energética le ha permitido reducir la dependencia de algunos de los países incómodos del cartel de la OPEC. Argelia, Libia y Nigeria han sido los más castigados por el las consecuencias del fracking, mientras quedaba prácticamente inalterada la relación con Arabia Saudí y Venezuela. Al mismo tiempo este nuevo estatus le ha aportado nuevas armas para ser más agresivo en el terreno diplomático, como se ha visto con las sanciones a Irán y a Rusia. «Sabían que Irán ya no puede afectar al mercado global de petróleo como antes y eso ayudó a que la Administración Obama negociara con dureza», opina Klare.

Según declaró ante el Congreso el historiador del petróleo Daniel Yergin, la producción estadounidense ha compensado casi con exactitud el petróleo libio, iraquí e iraní que ha dejado de llegar a los mercados por las crisis que atraviesan. Con Rusia, Washington también tiene más margen de maniobra aunque pasará algún tiempo para que pueda suplir al gas ruso en Europa. Es una posibilidad que, por otro lado, va contra la lógica del mercado ya que se paga mucho más en los mercados asiáticos.

DESAFÍO MAYÚSCULO

Este nuevo cariz de la política exterior estadounidense, menos dependiente de alianzas bastardas y más agresiva en el ámbito diplomático, tiene por delante un desafío mayúsculo: el precio del petróleo. Si se mantienen los niveles actuales durante un período prolongado, es posible que parte de la industria estadounidense vaya a la quiebra. Y países como Arabia Saudí están maniobrando para que así suceda. «Los saudís están jugando con los precios para frenar el auge del 'fracking'. Porque no solo EEUU está apostando por el esquisto, también países de Europa o América Latina», dice David Ottaway, experto en el reino de los Saud.

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