CONTROVERSIA EN EL GIGANTE SUDAMERICANO

Brasil tiene su Le Pen

El ultra Jair Bolsonaro se ha convertido con un discurso homófobo y racista en el diputado más votado de Río

El Congreso ha pedido su cese por unas ofensas sexuales a una colega

El polémico Jair Bolsonaro saluda sonriente durante un pleno del Senado brasileño, el pasado febrero, en Brasilia.

El polémico Jair Bolsonaro saluda sonriente durante un pleno del Senado brasileño, el pasado febrero, en Brasilia.

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EDUARDO SOTOS / RÍO DE JANEIRO

Racista, homófobo, partidario de una dictadura militar y desde hace una semana, violador. Son los adjetivos que tanto la prensa de Brasil como la internacional han utilizado para referirse al diputado federal brasileño Jair Bolsonaro. «Me están queriendo mostrar como el mayor violador de Brasil», comenta entre risas Bolsonaro durante su charla con El Periódico en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro.

Capitán de artillería en la reserva, su fuerte temperamento le llevó a declarar durante una acalorada discusión el pasado martes con la diputada del Partido de los Trabajadores (PT) Maria do Rosario que «no la violaría porque no se lo merece». Desde entonces, el Comité de Ética del Congreso brasileño y cuatro partidos políticos han pedido su cese como diputado e incluso la Fiscalía General de Brasil solicitó que se le imputase el crimen de «inducción a la violación».

INMUNIDAD CIVIL Y PENAL

«Soy víctima de una persecución por la prensa brasileña y jamás pediré disculpas. Lo que nadie quiere decir es que ella me llamó violador en tres ocasiones», asegura este miembro del  Partido Progresista (PP) que en el 2003 tuvo un episodio idéntico con la misma diputada que acabó siendo archivado. «Por nuestra Constitución soy inviolable civil y penalmente de cualquier opinión que defienda en la Cámara», se justifica el que está considerado como el máximo exponente de la extrema derecha en el país.

Una consideración que al igual que el resto de las etiquetas no le han perjudicado, sino que le brindaron 467.000 votos en el estado de Río de Janeiro. Bolsonaro es, le pese a quien le pese, el diputado más votado en uno de los estados más ricos e influyentes del país. El discurso de esta versión tropical de Jean-Marie Le Pen hace honor a las acusaciones de sus adversarios. Ya en el 2011 acusó a Rousseff de distribuir el «kit gay» en las escuelas de Brasil e incluso llegó a insinuar que la propia presidenta era lesbiana.

DISCURSO HOMÓFOBO

«El Gobierno está trabajando a favor de los movimientos LGBT y el marxismo, es lo único que les importa», opina Bolsonaro, quien cree que en Brasil «están despertando la orientación de los niños desde una edad muy temprana y abriendo las puertas a la pedofilia». Visiblemente indignado, el diputado se enfurece al comentar las ilustraciones de los libros de educación sexual en las escuelas: «Hay ilustraciones de niños indios desnudos abrazándose entre ellos y haciendo el trenecito, eso estimula ciertas conductas».

Pero si se le cuestiona directamente sobre su homofobia, Bolsonaro asegura que su único problema «es el material didáctico». Otro asunto espinoso es su percepción de la desigualdad en Brasil. «En este país se habla mucho de distribuir las rentas, pero no hay filetes para todo el mundo». Según él, el Gobierno de Dilma Rousseff «presenta a las clases más pobres un banquete en las elecciones y cuando ganan les corta la cabeza el Estado Islámico», en una de sus sutiles referencias a las palabras de Dilma Rousseff en la cumbre de septiembre de la ONU a favor del diálogo con el Estado Islámico.

PATERNALISMO OFICIAL

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Además, Bolsonaro opina que Brasil maquilla los datos de desempleo al no considerar a las familias subsidiadas con el programa social Bolsa Familia como paradas. «Los 56 millones de brasileños que viven del Bolsa Familia no producen nada, ni bienes, ni servicios. Solo consumen», cree este diputado, que opina que el paternalismo de Brasil solo sirve para que «las mujeres tengan más hijos y con ello ganar 70 reales más al mes».

Pero por increíble que parezca, el odio que genera su discurso es comparable a la admiración de unos brasileños hastiados por los escándalos de la corrupción y el inicio de las dificultades económicas. Es en este caldo de cultivo de los radicalismos donde este hábil oportunista reúne apoyos para candidatarse a la presidencia de Brasil en las elecciones del 2018. Confiado, Bolsonaro incluso se atreve a despedirse alardeando de sus aptitudes para la presidencia: «Si nos presentásemos Lula, Rousseff y yo a un examen de selectividad y no sacase una nota mayor que la de ellos, no me presentaba. Son dos semianalfabetos».