04 ago 2020

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El grano de Cuba

La valentía de Obama consiste en reconocer al fin el fracaso de 54 años de intransigencia de EEUU con Cuba

Ramón Lobo

El embargo ha fracasado. Los 54 años de bloqueo, de política intransigente y de acoso a Cuba no han logrado sus objetivos. Pasaron los presidentes de EEUU, los senadores combativos, los viejos líderes del exilio en Miami, y permanecieron en el poder los Castro. Fidel y Raúl han sido un permanente y doloroso grano en el culo del imperio. La valentía de Barack Obama consiste en reconocer la inutilidad de unas medidas que ya tenían más ornamento que contenido.

El principal éxito del embargo ha sido dar cobertura al régimen cubano, regalarle la excusa perfecta que le ha permitido tapar errores, favorecer el enroque del núcleo duro y evitar cualquier apertura. El embargo tiene culpa de muchas cosas, sin duda, pero no toda. Es la coartada para justificar una desilusión. Los anhelos de transformación, las grandes utopías, se perdieron con los primeros héroes muertos: Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara. Después quedó la industria revolucionaria, la burocratización de la esperanza, el decorado de lo que pudo haber sido y no fue. Pese a todo sería injusto no situar la Revolución cubana, con sus luces y sombras, en un contexto. En ese cuadro ampliado su fracaso se relativiza.

La política de mano dura tiene más que ver con la política interna de EEUU que con las necesidades de Cuba. Todos los políticos, republicanos y demócratas, han comprado una idea falsa: para ser presidente de EEUU hay que ganar en Florida y allí manda el voto del exilio cubano. Muchos de los exiliados que llevan décadas en EEUU hablan de una Cuba emocional que solo existe en su recuerdo.

Cuentan que Felipe González y el anterior rey de España se reunieron con Fidel Castro en la cumbre iberoamericana de octubre de 1995, en Bariloche (Argentina), le hablaron de las bondades de la transición española y de la importancia de que Castro iniciara algún tipo de cambio controlado. Después de escuchar paciente durante un buen rato, el líder cubano les espetó: «Todo eso está muy bien, pero no olviden que la transición española empezó después de la muerte de Franco y yo estoy vivo».

REVOLUCIÓN DOPADA 

La Revolución cubana tomó el poder el 1 de enero de 1959. Derrocó a Fulgencio Batista, un dictador corrupto al servicio de EEUU y de la Mafia estadounidense que había convertido La Habana en el prostíbulo del Caribe. Tres de los grandes logros revolucionarios han sido la educación, la sanidad y poner fin a ese lupanar masivo. Pero hace años que las mambisas regresaron a las calles para ofrecer sus cuerpos a cambio de dólares o de comida y que profesionales de nivel conducen taxis para ganarse el sustento. La Revolución vivió dopada por los rublos de la URSS y desde hace años sobrevive gracias al oxígeno de Venezuela.

Pese a sus errores políticos y económicos y a la encarcelación de disidentes, que empezó bien pronto con Huber Matos y la caída en desgracia de Eloy Gutiérrez Menoyo, el régimen ha sido un excelente propagandista de sí mismo: jugó con las emociones colectivas, con el romanticismo y la leyenda. Quizá sean la figura del Che y la música de Carlos Puebla, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, las que obran el milagro. Hoy, Cuba envía a sus médicos a luchar contra el ébola en África. Aunque sea parte del mismo escaparate, es el único país del mundo que se ha tomado el asunto como una cuestión de Estado.

EEUU intentó darle a Cuba la misma medicina que empleó en Centroamérica, Caribe y Sudamérica: derrocar a los líderes molestos y situar en su lugar a amigos aunque fueran tan poco presentables como los Somoza. Del primero Roosevelt dijo: «Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta», frase repetida por Henry Kissinger para referirse al segundo Somoza. En la zona ocupada del Canal de Panamá nació la Escuela de las Américas, una academia que formó a más de 60.000 militares y policías de 23 países latinoamericanos, entre ellos a notorios asesinos. EEUU promovió dictaduras en Guatemala, Perú, Paraguay, Uruguay, Brasil, Argentina y Chile, entre otras, que provocaron miles de muertos y desaparecidos.

En los años 80, Ronald Reagan creó la Contra nicaragüense para derrocar a los sandinistas sin sospechar que sería el propio Daniel Ortega el encargado de acabar con ese sueño. También apoyó a militares criminales en El Salvador para evitar la caída del régimen ante el empuje del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Eran tiempos de la guerra fría. Tras la fracasada invasión de bahía Cochinos y la crisis de los misiles en 1962, Cuba quedó reducida a un acto de propaganda mutuo. Mientras que los presidentes de EEUU le destinaban algo de atención durante las campañas electorales y después se olvidaban, Fidel Castro dedicaba todo su talento, que es mucho, a aguijonear al imperio donde le fuera posible, incluida la guerra de Angola.

EL FIN DE LA SIMULACIÓN 

Muerto su rescatador Hugo Chávez y con el petróleo en sus mínimos, el régimen cubano se quedó sin ases en la manga. Barack Obama, tras no lograr el cambio que prometió en el 2008, necesitaba un golpe de efecto para entrar en la historia. Les une la necesidad, ambos quieren salir de la simulación. Los republicanos más recalcitrantes se oponen a la apertura, hablan de rendición. Lo hacen desde una impostura ideológica, no desde las expectativas de comercio. Tampoco cuentan con el apoyo de la mayoría: el 60% de los estadounidenses está a favor de reanudar relaciones. Aún queda un largo cambio antes de que se levante el embargo.

Este acuerdo para  iniciar el proceso cara a reanudar relaciones, y que Obama diga que no descarta visitar Cuba antes del final de su mandato, han tenido como protagonista al papa Francisco, que ha mediado con discreción y conocimiento de causa por su condición de latinoamericano. A cambio del paso dado por la Casa Blanca, La Habana liberará una cincuentena de presos políticos y también internet. Solo un 5% de la población cubana tiene acceso a la red, la mayoría a través de los organismos oficiales y de los hoteles para turistas. Internet será la brecha en el muro.

Hace años, un cantante callejero se me acercó en un café de Santiago de Cuba. Me obsequió con varios himnos revolucionarios que cantamos juntos. Después se sentó a tomar café. Su discurso era el oficial: ni una fisura. Al cabo de un rato, pregunté: «¿Qué pasaría si mañana los norteamericanos levantaran el embargo y Cuba se llenara de dólares?». El cantante meditó un rato la respuesta, miró a los lados para cerciorase de que nadie escuchaba, y dijo: «Tendríamos que hacer una campaña de concienciación para decir que los norteamericanos son buenos».