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La contienda

El final: ¿puñalada por la espalda?

Xavier Casals

El 11 de noviembre de 1918 se firmó el armisticio que selló la derrota de Alemania. Esta no impidió que sus altos mandos acuñasen un mito de importantes consecuencias: su Ejército no había sido vencido, sino traicionado. El rápido derrumbe germano sorprendió a los aliados. En marzo de aquel año Alemania había firmado el tratado de Brest-Litovsk con Rusia y pudo concentrar a sus tropas en el frente occidental, acariciando la victoria. Pero la intervención de Estados Unidos dio superioridad bélica a la Entente, que lanzó una ofensiva decisiva el 8 de agosto.

Fue el día negro para los germanos, que en poco tiempo perdieron 16 divisiones. Entonces el mariscal Paul von Hindenburg y el general Erich Ludendorff, que lideraban la guerra y eran virtuales dictadores del país, consideraron urgente alcanzar un armisticio. Con tal fin, Guillermo II escogió como canciller al príncipe liberal Max von Baden. Pero los aliados manifestaron que solo negociarían con un Estado constitucional y, como subraya el historiador Michel Howard, en tres semanas Alemania aprobó «las reformas constitucionales a las que el káiser y el Ejército se habían resistido durante medio siglo», que se tradujeron en un Reichstag elegido por sufragio universal y un monarca constitucional.

Sin embargo, el 29 de octubre, los marineros germanos se amotinaron cuando se les ordenó efectuar una acción bélica para salvar el honor de la flota. Su revuelta incendió Alemania y, para mantener el orden, el Ejército hizo abdicar al káiser (que se exilió a Holanda) y apoyó que negociara la paz un Gobierno liderado por los socialistas, al considerarlo capaz de dominar la situación. Así, el nuevo Ejecutivo tuvo que aceptar las duras condiciones aliadas y los militares quedaron al margen del proceso, preservando su imagen.

En ese marco, los aliados no ocuparon Alemania por varias razones, según la también historiadora Margaret MacMillan: el temor a que su invasión favoreciera el caos revolucionario; el coste humano que supondría afrontar una dura resistencia; y la urgencia de resolver la situación antes de que Estados Unidos repatriara a sus efectivos y Alemania se sintiera fuerte de nuevo: en junio de 1919 solo quedaban 39 divisiones aliadas de las 198 de noviembre de 1918.

PILAR DEL NAZISMO / Las tropas germanas retornaron a su país aclamadas por la gente y el nuevo presidente, Friedrich Ebert, afirmó: «¡Ningún enemigo os ha vencido!». El mariscal Hindenburg fue más allá y afirmó en noviembre de 1919 que las fuerzas armadas no fueron derrotadas, sino «apuñaladas por la espalda», según un plan secreto de socialistas, pacifistas y revolucionarios. Tomó cuerpo así la Dolchstosslegende o «leyenda de la puñalada por la espalda».

Como expone la germanista Rosa Sala Rose en su Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, Hitler hizo bandera de la patraña y amalgamó a los citados enemigos interiores con los judíos. Además, subraya que la sensación de culpa colectiva que creó el mito, influyó en el ascenso nazi porque la sociedad quiso compensar la supuesta traición anterior «por medio de una lealtad tanto mayor y despojada de cualquier análisis crítico». La falacia erigida sobre la derrota de 1918, pues, contribuyó a poner los cimientos de la revancha de 1939.

Historiador

Y MAÑANA:
19. Vuelta a casa sin heroísmo

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