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La vigilia del conflicto

La guerra, ¿una riña familiar?

XAVIER CASALS
Historiador

Cuando se rememora la Gran Guerra se suele obviar que la Europa de la época era un universo de monarquías unidas por estrechos vínculos de parentesco. Este hecho, advierte el historiador Christopher Clark en Sonámbulos, hace que la contienda pueda verse como la «culminación de un conflicto de familia». Su observación es muy acertada. El zar Nicolás II, el káiser Guillermo II y Jorge V de Inglaterra eran primos. Asimismo, el káiser y el zar eran tataranietos del zar Pablo I. A la vez, el káiser, el rey de Inglaterra y la esposa del zar, Alejandra de Hesse-Darmstadt, eran nietos de la reina Victoria. En España, Alfonso XIII estaba casado también con una nieta de esta, y su madre estaba emparentada con el emperador de Austria.

«TU PRIMO WILLY» / Esta tupida red de lazos consanguíneos creó gran proximidad personal: «Tu sinceramente amigo y primo: Willy» era la despedida de Guillermo II en sus cartas al zar Nicolás II. Este, a su vez, le correspondía con un afectuoso «tu querido Nicky». Pero tales ligámenes se manifestaron también trágicamente en la hemofilia de los primogénitos de Alfonso XIII y del zar Nicolás II. La endogamia estuvo igualmente presente en la aristocracia que ocupaba altos cargos: cuando en 1912 una conferencia en Londres reunió a los embajadores de las grandes potencias tras la primera guerra balcánica, los representantes de Viena (conde Albert Mensdorff), Berlín (príncipe Karl Lichnowsky) y Moscú (conde Alexander Benckendorff) eran primos.

Al estallar la Gran Guerra estas relaciones quedaron tocadas: «¿Pude haber soñado que Nicolás y Georgie me engañarían? ¡Si mi abuela viviera, jamás habría permitido esto!», exclamó Guillermo II en alusión al zar y al rey de Inglaterra. El protocolo, además, había hecho del káiser mariscal de campo del Ejército británico y almirante honorario de su flota, cargos a los que renunció.

El parentesco regio en la contienda no fue relevante, pero sí lo fue la acción de los monarcas. Si Jorge V de Inglaterra fue un soberano constitucional, el káiser y el zar intervinieron activamente en política. Clark considera que Nicolás II ejerció sus atribuciones para salvaguardar su poder y alimentó luchas de facciones que fueron en detrimento de la coherencia de las decisiones del gobierno. El caso de Guillermo II es aún objeto de discusión al ser difícil de valorar, pues quiso diseñar la política exterior de su país. En una ocasión fue así de explícito: «¿Un Ministerio de Asuntos Exteriores? ¿Para qué? ¡Yo soy el Ministerio de Asuntos Exteriores!» Estos reyes-gobernantes no fueron una excepción en su tiempo. En este sentido, el historiador Arno J. Mayer ha apuntado que la Gran Guerra expresó la lucha por prolongar la vida de un antiguo orden en declive. El fin del conflicto en 1918 arrumbó con el gran poder de la realeza (desaparecieron el imperio austro-húngaro y la Rusia zarista, y Alemania devino una república) y marcó una inflexión en el predominio de la nobleza en la cúpula del Estado. Ello obedeció a que Europa conoció un gran cambio: la irrupción de la sociedad de masas, con la democratización política y de usos y costumbres que comportó.