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EL SANGRIENTO INICIO DEL SIGLO XX / CRÓNICA DE UNA MASACRE

España, un nido de espías

POR OLGA MERINO

El cabaret La Gran Peña, uno de los más conocidos en el barrio Chino.

El cabaret La Gran Peña, uno de los más conocidos en el barrio Chino.

El Gobierno español, presidido por el conservador Eduardo Dato, se declaró neutral en la Gran Guerra en el mismo verano de 1914. Esquilmada de caudales, como de costumbre, España no podía enzarzarse en el conflicto y, con el grueso de las tropas desplazado al norte de África, su principal objetivo pasaba por conservar el protectorado de Marruecos. De este modo, el país no entró en guerra pero la guerra sí entró en él, hasta el punto de que condicionaría su historia contemporánea. En palabras de Fernando García Sanz, investigador científico del CSIC en Roma, «la neutralidad, caso de que hubiera existido, no era un escudo que permitiera vivir al margen de un acontecimiento de tal magnitud». España era demasiado grande, demasiado importante por su producción, sus materias primas, su geografía estratégica y la comida que consumían los millones de soldados movilizados.

En realidad, la supuesta neutralidad española fue un mito, una fabricación consciente, un magnífico trabajo de propaganda que benefició sobre todo al régimen y a Alfonso XIII, que pretendía venderse a sí mismo como un improbable mediador para la paz. Según García Sanz, autor del exhaustivo trabajo de investigación España en la Gran Guerra. Espías, diplomáticos y traficantes (Galaxia Gutenberg), el país acabó dominado por las potencias beligerantes «mediante la creación de unas redes de espionaje y contraespionaje» que convirtieron la península y las islas «en un nuevo y distinto frente de combate». Llegaron a interceptarse incluso los telegramas del rey.

Espías de ambos lados reclutaban informantes en cualquier estamento social: pescadores, metres de hoteles, ladrones de baja estofa, cocottes, empleados de correos, guardias de fronteras y costas, taxistas, oficiales de la Armada, bon vivants, alcaldes y senadores. Todo el mundo tenía un precio y escasos escrúpulos para cambiar de bando en cuanto fuese necesario. García Sanz revela en su ensayo el caso de Pilar Millán Astray, hermana del fundador de la Legión, «una mujer de gran cultura y criada en la alta sociedad» que, al quedarse viuda y con tres hijos, decidió dar un paso adelante y ponerse al servicio de la red de espionaje alemán radicada en Barcelona.

Tampoco los periodistas y los dueños de periódicos le hacían ascos a un soborno para orientar la información en un sentido u otro, inmerso como estaba el país en una enconada pugna entre aliadófilos y germanófilos. Sobre todo, los agentes de Berlín sufragaron una campaña de prensa destinada a persuadir a las élites españolas de que una victoria aliada implicaría inevitablemente una revuelta obrera.

A grandes rasgos, el núcleo germanófilo lo engrosaban en España el Ejército, el alto clero, la aristocracia, los terratenientes y la oligarquía cerealista y olivarera. Por el contrario, defendían la causa aliada los obreros, la pequeña burguesía, las clases medias intelectuales, la burguesía industrial de Catalunya y Bilbao y los sectores catalanistas, buena parte de los cuales creían que el fin de la guerra daría proyección internacional a sus aspiraciones soberanistas. Es más, alrededor de un millar de catalanes lucharon en la primera guerra mundial -la mayoría de los combatientes vivían en Francia, adonde habían huido para evitar represalias tras la Setmana Tràgica de 1909-, para cuya financiación se constituyó el Comitè de Germanor amb els Voluntaris Catalans en febrero de 1916.

En lo pecuniario, la contienda benefició sobre todo a las élites económicas por la demanda de los beligerantes y terceros países. Creció la fortuna de los antiguos propietarios y se fundaron nuevas fábricas, como el complejo siderúrgico de Sagunto. En solo tres años, Catalunya multiplicó por seis sus exportaciones, sobre todo de manufacturas metalúrgicas y textiles, sector en el que algunas empresas llegaron a firmar contratos para el suministro del ejército francés. La lana (capotes y mantas) vivió un periodo excepcional durante la conflagración europea.

Fluía el dinero a espuertas, y la burguesía sucumbió a los encantos de la vida cómoda. En Barcelona, como puerto neutral, proliferaron los cabarets, las barras de tipo americano, los espectáculos que imitaban a los de París, el juego, el capitalismo espeso y la prostitución de altura. Entraron nuevas bebidas, como el whisky y la ginebra, mientras la ciudad iba adquiriendo «unos aires de depravación enjoyada, a expensas de las tragedias que pasaban en el mundo», escribió Josep Maria de Sagarra en sus magníficas memorias.

Sin embargo, los salarios no aumentaron, circunstancia que unida a la carestía y al aumento del precio de los productos básicos, alimentó el clima de revuelta social. Tampoco los capitalistas supieron canalizar sus ganancias bélicas hacia la modernización que exigía la economía española, de manera que el fin de la contienda supuso el retorno a la dura realidad de la crispación, el analfabetismo, la miseria y la falta de libertades.