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el personaje de la semana

Edward Snowden, el espía premio Pulitzer

'The Guardian' y 'The Washington Post' han recibido el reputado premio por las informaciones que publicaron a partir de las filtraciones del exagente de la Agencia de Seguridad Nacional, que sigue escondido en Rusia.

LEV GANIN

Desde que una operación militar acabó con Osama Bin Laden en mayo del 2011, ningún hombre había sido tan buscado por Estados Unidos como Edward Snowden. Los diarios The Guardian y The Washington Post acaban de ser distinguidos con el Premio Pulitzer por haber publicado las informaciones sobre los miles de documentos de la Agencia de Seguridad Nacional que filtró su antiguo agente. Las mismas filtraciones que lo convirtieron en el enemigo número uno de Washington.

Su apellido ya forma parte de la lista de los gargantas profundas de Estados Unidos, junto a nombres como William Mark Felt, el agente del FBI que destapó el Watergate, o el soldado Bradley Manning, la fuente clave de WikiLeaks. Snowden, de 30 años, es acusado por su país natal de espionaje por denunciar a través de los medios de comunicación varios programas de vigilancia masiva llevados a cabo por los servicios secretos estadounidenses.

No hace falta recordar el terremoto político que provocaron sus revelaciones en Europa cuando sus líderes se enteraron de que habían sido objeto de escuchas por parte del servicio de espionaje de EEUU. Ningún país europeo se atrevió a ofrecerle asilo, frente a las exigencias de Washington para extraditarle.

La historia de su misteriosa fuga, cuando los espías norteamericanos andaban en su busca y captura, merece una novela de espionaje al estilo John Le Carré. Llegó a Moscú el pasado 23 de junio procedente de Hong Kong en un vuelo comercial cuando nadie lo esperaba. Tenía la intención de dirigirse a un país de América Latina que le había prometido asilo.

Sin embargo, después de que EEUU anulase su pasaporte fue obligado a quedarse en la zona de tránsito del aeropuerto moscovita. Fracasados sus intentos de conseguir asilo en una veintena de países, acabó pidiéndoselo a Rusia. Tras más de un mes de reclusión forzosa en la zona de tránsito, recibió asilo por un año pese a las protestas de Washington. Se le acaba el próximo 31 de julio.

Sarah Harrison, la asesora jurídica de WikiLeaks, le ha acompañado desde su llegada a Moscú. Precisamente, en la cuenta de Twitter de la organización se publicó la primera imagen del exagente fuera de la terminal. Pero desde que abandonó el aeropuerto moscovita, sus pistas se perdieron y muy pocos en Rusia saben dónde está y a qué se dedica el extécnico más conocido de la CIA.

«Está en un lugar seguro, pero no lo puedo revelar por razones de su seguridad», asegura el abogado Anatoli Kucherena, que había entregado a Snowden los papeles necesarios para cruzar la frontera rusa.

Según afirma, Rusia será el destino final de su cliente, a pesar de que el propio fugitivo había revelado que proponía dirigirse a un país de América Latina que le concediera asilo político permanente. Una de las razones que le hacen sentirse seguro en el territorio ruso es el hecho de que se ha convertido en una pieza clave para el presidente ruso, Vladímir Putin, en su virtual partida de ajedrez con el presidente Barack Obama. El Kremlin considera esencial proteger a una de las voces más críticas con Washington que no deja de interpelar a la comunidad mundial para que prohíba los programas de espionaje masivo. Eso es lo que acaba de pedir en un foro de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa PACE dedicado a escuchas en una videoconferencia desde Moscú.

El secuestro de Snowden bajo las narices del espionaje norteamericano ha sido un indudable éxito de Putin y una sensible derrota de su homologo estadounidense. Más aun, porque la mayor parte de los rusos no le consideran espía, sino un héroe nacional que se atrevió a desafiar al servicio secreto más temido en el mundo.

Amenaza creciente

Oleg Nechiporneko, excoronel del KGB jubilado del servicio de inteligencia desde 1991, tampoco considera a Snowden un espía, aunque reconoce que a los servicios secretos de muchos países les habría gustado entrevistarle. «Lo que hizo no es espionaje en su concepto clásico. No trabajó para un país contra otro. Su objetivo era hacer que determinada información secreta fuera abierta para todos», afirma.

Según Nechiporenko, tanto WikiLeaks como el caso de Snowden son ejemplos inconfundibles de los efectos colaterales de la sociedad de la información que alienta internet, porque desafían al tradicional sistema de poder basado en el monopolio del Estado sobre la producción y difusión de todo tipo de información secreta.

Los hombres de la red consideran que, por encima de todo, priman los derechos a saber y a estar informados, por lo que representan una verdadera amenaza al sistema existente porque viven en un mundo que no admite ningún tipo de secretos. Pronto habrá más casos similares y es por eso porque países como EEUU, Rusia y China recrudecen sus leyes que protegen el monopolio del Estado sobre la información secreta.