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JFK, 50 años idealizado

Medio siglo después de su asesinato, Kennedy es el presidente de la era moderna más valorado por los estadounidenses

Este juicio parece estar contaminado por su trágica muerte y la mitificación de su figura, porque su currículum es bastante más discutible

RICARDO MIR DE FRANCIA

Llegó a la Casa Blanca con uno de los triunfos más estrechos de la historia, apenas 116.000 votos más que el vicepresidente Richard Nixon. Pero desde el primer día de su presidencia, inaugurada en enero de 1961 sobre un manto de nieve en Washington, aquel joven católico, sin experiencia ejecutiva y criado entre sábanas de seda supo capturar la imaginación de los estadounidenses y convertirse en el símbolo del cambio inaplazable que exigían los tiempos. La química fue tan poderosa que, por momentos, ni siquiera él mismo acertó a comprenderla. «Me pasa igual que a Eisenhower», dijo tras el fiasco de Bahía de Cochinos. «Cuanto peor lo hago, más popular soy». 

Aquella fascinación se ha mantenido. Medio siglo después de su asesinato en Dallas cuando tenía 46 años, John Fitzgerald Kennedy es el presidente más popular de la era moderna por encima de Reagan, Roosevelt o Clinton. Su índice de aprobación entre los estadounidenses supera de media el 83%, según las encuestas. Una cifra incluso superior a cuando estaba en el poder. La explicación reside probablemente más en la idealización de su memoria que en los logros de una presidencia con más retórica que resultados.

«La intensidad del remordimiento y el dolor sentidos a la vez por casi todo el mundo, así como la incontenible melancolía por los sueños incompletos, borraron los errores de John Kennedy», escribe Larry Sabato en The Kennedy Half Century, uno de los muchos libros publicados para este aniversario. «Todo ello hizo que del presidente asesinado surgiera la imagen de un santo laico que ha demostrado ser inmune a toda clase de escandalosas revelaciones en el último medio siglo».

Los historiadores han sido bastante más severos que el público. Empezando por el biógrafo presidencial Richard Neustadt, que en su día reverenció al político demócrata de Massachusetts. Con los años, sin embargo, fue atemperando su estima. «Acabará siendo solo un parpadeo, oscurecido por los logros de sus sucesores. No creo que la historia vaya a dejar demasiado espacio para John Kennedy», escribió en 1970.

Muy pocos logros

Lo cierto es que en los menos de tres años que estuvo al frente del país, concretamente 1.036 días, Kennedy no logró que el Congreso aprobara una sola de sus grandes iniciativas legislativas en materia de política interna. Ni la rebaja de los impuestos, ni la cobertura sanitaria para los pensionistas, ni las ayudas a la educación o los derechos civiles para acabar con el apartheid sobre la población negra. Su lucha contra la segregación fue dubitativa. Inicialmente se comportó como esos moderados que pedían paciencia y que tanto exasperaron a Martin Luther King. Pero al final convirtió el asunto en un imperativo moral pese a los riesgos políticos que comportaba.

Su partido controlaba entonces las dos cámaras del Congreso, donde Kennedy pasó 14 años antes de llegar a la presidencia, pero era una una jaula de grillos. «No pudo aprobar nada significativo porque lidió con un partido dividido entre el norte y el sur, y con diferencias notables sobre los grandes asuntos nacionales», explica el historiador David Nasaw, autor de la biografía The Patriarch. Los demócratas sureños eran conservadores y segregacionistas, mientras en el norte soplaban aires más progresistas. «Tampoco se le daba bien tratar con el Congreso, a diferencia de Lyndon Johnson, que era un maestro. En parte porque nunca fue un jugador de equipo», añade Nasaw.

Algunas de aquellas iniciativas acabarían de hacerse realidad durante la presidencia de Johnson. El tejano tuvo que jurar el cargo aquel mismo 22 de noviembre de 1963 en el Air Force One, unas horas después del asesinato de quien le había nombrado vicepresidente pese a la rivalidad que existía ante ambos y ante una devastada Jacqueline Kennedy, que no quiso quitarse el vestido con la sangre de su marido.

El país que heredó Kennedy era un país alicaído, lleno de odio y gobernado por unos vejestorios legados por Eisenhower. Tanto que bastó el idealismo de su oratoria, su modernidad y el glamur de Camelot para ensanchar el horizonte y devolverle la convicción en sí mismo. Pero la suya fue, con la salvedad de la brutal violencia racial en el sur, una presidencia marcada por la política exterior. Y así se lo dejó claro a Nixon en una conversación en el despacho Oval. «¿Acaso hay alguien al que le importe un carajo si el salario mínimo es de 1,15 dólares o de 1,25 en comparación con cosas como estas?», dijo refiriéndose a los asuntos internacionales. Eran los años más tensos de la guerra fría. Las dos superpotencias pugnaban en Berlín por el control de Europa, y en el espacio por su propia autoestima. Y el ideario de la revolución cubana pugnaba con propagarse por América Latina.

En su discurso de inauguración, Kennedy enunció lo que sería un pilar de su doctrina. «Nunca debemos negociar por miedo, pero nunca debemos tener miedo a negociar». Aquella idea chocaba con la beligerancia de un Ejército gobernado hasta entonces por la doctrina de la «represalia masiva» de Eisenhower, la disposición a usar armas atómicas en respuesta a cualquier ataque de la órbita soviética. «Kennedy creía que había que tener el Ejército más fuerte para que sirviera de disuasión, pero también pensaba que la respuesta militar no era la solución a ningún problema», explica Nasaw.

Su presidencia comenzó como un sainete. Tras ordenar el mayor rearme de la historia del país en tiempos de paz, autorizó la invasión de Cuba en Bahía de Cochinos a cargo de 1.400 exiliados anticastristas entrenados por la CIA. El Ejército y la inteligencia le habían asegurado que, una vez llegaran a la isla, los cubanos se levantarían contra Castro, pero fue una mera fantasía y la operación acabó en un fracaso estrepitoso después de que el presidente se negara a enviar refuerzos aéreos.

Su desconfianza hacia los militares se exacerbó y se conjuró para atarlos en corto. «Esos hijos de puta se quedaron ahí sentados con sus macedonias asintiendo, diciendo que funcionaría», dijo tras el fiasco refiriéndose a los jefes del Estado Mayor. Castro se convertiría en la gran obsesión de su presidencia. Intentó matarlo, invadir la isla, sabotear la economía, todo un compendio de tácticas de terrorismo de Estado para acabar con su revolución.

No lo consiguió, pero sí logró frenar su avance en América Latina con la llamada Alianza para el el Progreso, una especie de Plan Marshall concebido para promover el desarrollo y frenar la propagación del comunismo. Sonaba bien. Reforma agraria. Construcción de escuelas y carreteras. Respaldo a los reformistas moderados. «Pero no funcionó porque la prioridad no era el desarrollo sino la lucha contra el comunismo», explica el historiador Lars Schoultz, uno de los mayores expertos en derechos humanos en Latinoamérica.

El fracaso de Vietnam

En gran medida, lo que se hizo fue apuntalar las dictaduras de la región con ayuda y asesores militares. «El dinero no se gastó donde más se necesitaba sino en los países con más riesgo de contagio», dice Schoultz. Al final fueron las grandes corporaciones estadounidenses las que más tajada sacaron. Según datos oficiales, solo un 2% del crecimiento económico generado por la Alianza repercutió en los campesinos pobres.

En su determinación para «defender la libertad», Kennedy también intervino en el Sudeste Asiático, aunque, por regla general, lo hizo con operaciones encubiertas de fuerzas especiales o asesores militares. Así se hizo en Laos y más tarde en Vietnam, donde envió a 15.000 asesores para respaldar al corrupto régimen de Saigón, poniendo así las bases para la desastrosa intervención estadounidense en el país asiático. Los historiadores todavía discuten hoy si Kennedy hubiera seguido el rumbo de Johnson y Nixon, pero solo se puede especular al respecto.

Porque incluso para sus allegados más íntimos, Kennedy fue un personaje difícil de descifrar. Era un maestro de las apariencias. «Te tienes que meter en la cabeza que lo importante no es quien eres. Lo importante es lo que otros piensan que eres», le dijo una vez su padre, el financiero y diplomático Joseph Kennedy, tan ambicioso como falto de escrúpulos.

Y Jack pareció seguir su consejo al pie de la letra. Ejerció de padre modélico cuando en realidad fue un mujeriego de dimensiones épicas. Y se esforzó en transmitir una imagen de juventud vigorosa cuando fue un enfermo crónico. Su moreno perpetuo no fue otra cosa que el efecto colateral de los medicamentos que ingería, a pesar de que casi nada de aquello trascendió entonces, gracias a la complicidad del servicio secreto o los reporteros de la Casa Blanca. 
Medio siglo después de que el marxista Lee Harvey Oswald le arrebatara la vida con tres disparos, o así reza la disputada versión oficial, es difícil saber quién cambio más a EEUU. Si Kennedy o Bob Dylan. Si la irresistible seducción de Camelot o Martin Luther King. Y aunque JFK no fuera el gran presidente que considera la mayoría de sus conciudadanos, el mundo le debe al menos dos cosas. La primera es aquel tratado firmado en 1963 con Nikita Jruschov que prohibió los ensayos nucleares, salvo los subterráneos, el primer paso contra la carrera nuclear.

Y la segunda, y más importante, la templanza y el buen juicio que demostró durante la crisis de los misiles en Cuba un año anterior. Nunca se ha estado tan cerca de una guerra nuclear. Kennedy desoyó las recomendaciones de sus asesores militares para bombardear la isla. Si no lo hubiera hecho, probablemente la Historia sería hoy un lugar todavía más desagradable.

Temas: Kennedy

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