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Análisis

Ganar tiempo para Siria, ¿y para los sirios?

Cristina Manzano

El inesperado giro que ha cobrado la crisis siria en las dos últimas semanas tiene todas las papeletas para salir bien. Si se cumple el difícil objetivo de desmantelar el arsenal químico (ahora reconocido) del régimen de Bashar el Asad, supondrá un peligro menos para una población indefensa y ya suficientemente castigada, y dejará la puerta abierta a otro tipo de negociaciones de paz. Si no se alcanza, las expectativas de partida eran tan bajas que nadie podrá acusar a los principales actores implicados de no haberlo intentado.

De momento se ha paralizado una inminente intervención americana sin fecha de retorno, por muy «limitada» que fuera; de momento también, Asad ha cumplido, parece, con la primera tarea del calendario: facilitar el inventario del material del que dispone, aunque él mismo ha alertado de que los rebeldes podrían obstaculizar su futura entrega. El siguiente paso será lograr una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que regule el proceso -el comité que debe preparar las correspondientes recomendaciones tiene previsto reunirse la próxima semana-, aunque existen profundas diferencias sobre si utilizar un posible ataque en caso de incumplimiento como elemento de presión. Y, sobre todo, el objetivo es tratar de avanzar hacia una nueva conferencia sobre Siria en octubre, Ginebra II, que siente a una mesa a las diversas partes en conflicto. Aunque la retórica y la realidad sobre el terreno todavía presentan esta opción como ilusoria, el tono general ha empezado a cambiar.

Como parte de ese juego de informaciones y contrainformaciones, el viceprimer ministro sirio, Qadri Jamil, declaró al periódico británico The Guardian la semana pasada que la guerra había alcanzado un punto muerto y que el Gobierno podría pedir un alto el fuego a los insurgentes en Ginebra. Fuentes oficiales se apresuraron a desmentir tal declaración, pero la idea ya flota en el aire. Tampoco los rebeldes parecen dispuestos a sentarse a hablar mientras el resultado cierto no sea una Siria sin Asad, algo que, claro, no está en la hoja de ruta del régimen.

En esta época de diplomacia en directo, en la que cada gesto, cada palabra son interpretados hasta la saciedad, los involucrados prefieren curarse en salud. Todos anticipan las dificultades y la magnitud de la tarea de reconducir un conflicto que ya dura más de dos años, más de 100.000 muertos y más de seis millones de desplazados. Pero los diplomáticos, los rusos a la cabeza, parecen dispuestos a seguir intentándolo. Iniciado ya el proceso sobre el arsenal químico, todos los esfuerzos deben centrarse en lograr ese alto el fuego.

Por ahora se ha logrado ganar tiempo; para el régimen, que ve alejarse aunque sea temporalmente el fantasma de un ataque internacional; para el presidente Obama, que no estaba nada convencido de tener que volver a ejercer su papel de policía del mundo; y para Rusia, que se ve reforzada en el nuevo orden mundial. Los que no tienen más tiempo son los propios sirios, que son los que sufren día a día el sinsentido de la guerra.

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