Análisis

La engorrosa similitud entre el caso sirio y el iraquí

Un Harrier sobrevuela una base británica en Chipre, en el 2010.

Un Harrier sobrevuela una base británica en Chipre, en el 2010. / AFP / LUIS HOLDEN

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Inocencio Arias
Inocencio Arias

Exembajador de España en la ONU

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Hay claras diferencias -logísticas, de contexto...-entre el probable ataque a Siria y el que se realizó contra Irak, pero existe una incómoda similitud, la de que en ambos casos la base jurídica es dudosa; para muchos puristas, inexistente.

Las diferencias son patentes: en aquella ocasión, en bastantes países, centenares de miles de personas, por razones no siempre pacifistas, se echaron a la calle para protestar; ahora el tema nos resbala.

Entonces, destacados gobiernos occidentales, como Francia y Alemania, estaban furibundamente en contra de atacar aSadam Husein. Ahora están encantados.

En el 2003, el objetivo de la coalición era claro: acabar conSadam, cambiar de régimen en Irak; hoy la finalidad perseguida parece más limitada: ¿castigar aAsadpor utilizar armas químicas?

Hace 10 años el presidenteBush, aunque también acudió a la ONU en un primer momento, quería sin vacilación ir adelante, atacar. AhoraObamava arrastrado. No le entusiasma la intervención; la realizará prisionero de sus palabras («siAsadcruza la línea roja de las armas químicas…»), rehén, en suma, de su advertencia. Si no actúa, la credibilidad de su país estará en juego.Obamacasi reza porque los inspectores declaren que no ha habido utilización de armas químicas o que no está probado que fueAsad el criminal. Los inspectores no le darán esa satisfacción, apuntarán directa o veladamente al dirigente sirio o se escabullirán en sus conclusiones.

Otra discrepancia: en Irak, la retaguardia de los dos países punteros en la intervención, EEUU y Gran Bretaña, estaba por la labor. Hoy, la ven con clara desconfianza. EnYanquilandia, aunque se demuestre queAsadha gaseado concienzudamente a su gente, solo el 27% aprueba que se le de una dura lección. El 47% querría que su Gobierno se lavara las manos. En Gran Bretaña, según una encuesta enThe Guardian, el sentimiento sería parecido.

En aquella ocasión, por último, se creía (erróneamente) que la caída deSadamtraería tranquilidad a Irak. En el momento actual, se desconoce lo que acaecerá en Siria si se depone a su déspota.

Ahora viene la pejiguera pero crucial similitud. Ante el muy previsible veto de Rusia en el Consejo de Seguridad, el ataque se haría sin la bendición de la ONU. Esto hace que su legalidad sea cuestionable. La Carta de la ONU solo reconoce dos razones para atacar un país: que se haga en legítima defensa o que el Consejo de Seguridad lo autorice en aras de salvaguardar la paz internacional.

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Como hoy en Siria no se da ninguno de los dos supuestos, los gobiernos activistas -el británico, por ejemplo-, echan mano de la doctrina de la injerencia humanitaria; es decir, de la responsabilidad moral de intervenir cuando un Gobierno está haciendo barbaridades y, por las peleas dentro del Consejo, la comunidad internacional se ve impotente para actuar. El argumento es ético y hermoso pero eso no lo convierte en plenamente legal con arreglo a la normativa internacional. La doctrina de la injerencia humanitaria no es reconocida por muchos países y la Carta de la ONU dice lo que dice; no la contempla.

La realidad es terca. El que esté tentado, por un comprensible imperativo moral, de hacer caso omiso de la ONU debe aceptar irremisiblemente que esto era lo que argumentabaBush.Si sostenemos que la guerra de Irak fue escandalosamente ilegal debemos también inevitablemente concluir que la inminente de Siria también lo es. Un escrupuloso tratadista diría que esta lo es un poquito más.