04 ago 2020

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CIUDADES AL LÍMITE

Mostar, la herida del puente no cicatriza

TEXTO: ANGELO ATTANASIO / FOTOS: MARCO ANSALONI

ANGELO ATTANASIO / MARCO ANSALONI

Uno de los episodios más simbólicos de la guerra en la ex-Yugoslavia fue la destrucción, en 1993, del Puente Viejo de Mostar, una obra maestra de la artesanía otomana del siglo XVI, a manos de la artillería croata. El incidente supuso el fin de los siglos de convivencia entre comunidades religiosas en la localidad.

Un golpe. Después otro. Luego, una enorme nube de agua que se perfilaba en el azul de la mañana del 9 de noviembre de 1993. Finalmente, se hizo el silencio en la colina Hum, que domina la ciudad de Mostar. Desde allí, donde ahora despunta una cruz de 33 metros, la artillería de las fuerzas armadas croatas (HVO), guiadas por el general Slobodan Praljak, acababa de derribar el Stari Most, el Puente Viejo, símbolo de la ciudad desde 1566. Aquella mañana, junto con las piedras entalladas por los artesanos otomanos, también cayeron en las aguas del río Neretva siglos de convivencia entre las distintas etnias de la antigua Yugoslavia, arrastrada por la corriente hacia un futuro de violencia e incomprensión mutuas.

Aquella misma mañana, Orhan Maslo estaba a un centenar de metros del lugar, en la base de su unidad de Fuerzas Especiales del Ejército bosnio-musulmán (ARBiH), donde todo el mundo le llamaba por su apodo, Oha-el nombre en la lengua local del árbol aliso- que su abuelo le había dado para alabar sus dos metros de altura. Hacía ya un año y medio que Oha se ocupaba de destruir con un lanzagranadas los objetivos militares croatas en la primera línea del frente de la ciudad. Muchos de sus superiores alababan su solvencia y él disfrutaba cumpliendo con sus misiones como si se tratase de un juego. Por eso, a nadie le importaba que, con solo 15 años de edad, estuviera en primera línea de fuego de la más cruenta de las guerras que ha habido en Europa después de la segunda guerra mundial.

«No lloré por ello. Las lágrimas eran algo que simplemente no servían», explica Oha ante una cerveza Sarajevska en el bar del centro cultural Abrasevich, al lado de la avenida avenida Šantica -desde donde los francotiradores croatas le apuntaban-, que sigue representando la división entre las dos comunidades. «Un par de meses antes, un amigo mío perdió a su hermano de 11 años. Cayó una granada y le cortó la pierna. Lo llevaron al hospital, pero no se pudo hacer nada. Entonces el doctor le entregó la pierna, y él no lloró. Pero cuando cayó el puente, sí que lloró». A Oha, 20 años después, no se le escapa que a partir de aquella mañana de noviembre, la mezcla de culturas que siempre había caracterizado a Mostar se truncó, algo que será muy difícil de recuperar.

La paz de Dayton

Los acuerdos de Dayton firmados en noviembre de 1995 y que pusieron fin al conflicto han creado una situación de impasse que dificulta las posibilidades de reconstruir los lazos rotos, en un país más pequeño que Catalunya. El acuerdo preveía la creación de dos entidades dentro del Estado de Bosnia y Herzegovina: la Federación de Bosnia y Herzegovina de mayoría musulmana y croata (51% del territorio nacional) y la República Srpska, de mayoría serbia. Las dos entidades tienen poderes autónomos, pero dentro de un marco estatal unitario. La presidencia del país es colegiada y la componen un serbio, un croata y un bosnio, que se alternan, por turnos, cada ocho meses, en el cargo de presidente. Además, las dos entidades mantienen un Parlamento propio. La Federación croato-musulmana está dividida en 10 cantones, que cuentan con legislación específica para cada grupo nacional que los integra.

Esta compleja división administrativa, fruto de las negociaciones que permitieron el acuerdo de paz, dificulta cada vez más la posibilidad de una real reunificación a causa de los vetos cruzados que ejercen los representantes políticos de cada comunidad. «En la memoria de los ciudadanos está fresco el recuerdo de la guerra, y por eso las comunidades votan los partidos nacionalistas que salvaguardan 'su casa'», explica Vernes Voloder, coordinador del centro internacional de estudios para el dialogo NDC Mostar. «Estos partidos infunden miedos y manipulan a los ciudadanos , según la estrategia del equilibrio del terror», remata.

«Los políticos nos han metido un gusano en la cabeza, de manera que cada uno de nosotros sabe a quién pertenece y cuáles son las diferencias con los del otro lado», explica Oha, liándose el enésimo cigarrillo de la noche. «Al final del día, cada uno vuelve a su zona de pertenencia de la ciudad, dividida según criterios étnicos». De hecho, en la parte este de la ciudad, reside la mayor parte de la población musulmana, mientras en la oeste está asentada la croata. En el medio, se extiende la medialuna de piedra del puente que supera las rápidas aguas del río Neretva, restaurado gracias a la ayuda internacional y abierto en julio del 2004.

Escaparate del odio

En ese espejo verde se descomponen la líneas de los muchos minaretes blancos recién reformados, que vigilan como guardianes las manadas de turistas, que, agolpados en las tiendas del casco viejo de la ciudad, tratan de llevarse a casa un pedazo de guerra como recuerdo: tres euros por un bolígrafo hecho con cartuchos, hasta 12 euros por un avioncito militar. Sin embargo, poco más allá de la zona antigua, los surcos de las balas y de la artillería pesada siguen adornando los edificios de muchos barrios de la ciudad, como una especie de advertencia contra la brutalidad del otro.

En el centro cultural está a punto de comenzar un concierto de rock, mientras Oha recuerda cómo su decisión más acertada fue salir del Ejército un mes después del bombardeo del puente. «Como soldado, no me cuidaba, no me protegía; tomaba todo tipo de drogas. Hubo un momento en que ya no me importaba contra quiénes luchábamos, a quiénes matábamos», afirma Oha, recogiendo su larga melena negra en una cola. «Estoy seguro de que, de seguir en las Fuerzas Armadas, en 1994 me habrían matado».

 

Oha encontró refugio en el sótano de un edificio, donde malvivió con una veintena de otros adolescentes hasta el final de la guerra. Allí, con unos botes de pintura y otras quincallas, aprendió a tocar la batería y, una vez que las fuerzas internacionales entraron en la ciudad, fue destinado a un orfanato donde varios artistas de renombre como Eugene Skeef y el compositor Nigel Osborne se percataron de su talento y le alentaron a continuar tocando.

En los años siguientes empezó a participar en giras internacionales y entró en la banda Dubioza Kolektive, que se convertiría en una de las referencias de la música alternativa balcánica. En el 2003 fundó el Mostar Blues Festival, el primer evento que reunía a las dos partes de la ciudad y en el 2012 empezó a dirigir la iniciativa de la Mostar Rock School, una escuela de música donde adolescentes de las distintas comunidades de Mostar se unen para tocar juntos, bajo la supervisión de distintos músicos profesionales.

«La música es la mejor manera para acercar a la gente. Una vez que estás atrapado, ya no te importa si el otro con quien estás tocando viene del este o del oeste», explica orgulloso Oha. En poco más de un año de actividad de la escuela, en los locales del Pavarotti Musik Center, ya se han formado más de una veintena de bandas que exhiben su música en todos los Balcanes.

«Nosotros no empezamos  la guerra, así que queremos volver a estar unidos como antes», explica en la sala de audición Amar Santjc, el guitarrista de 17 años del grupo Kuro Sawa. «Es una cosa grandiosa que nos mezclen a gente de distinto origen y religión», repite Manuela Zulj, la joven cantante de Pistol Ero, que acaba de exhibirse en Macedonia. «Creo que la clave para la reconciliación son proyectos como este», asevera Oha, a quien su pareja avisa de que el concierto está a punto de empezar. «Hay que dar a las nuevas generaciones la posibilidad de acercarse, de conocerse, para que se enteren de que la única diferencia entre ellos es su nombre».

 

Por eso, Oha ha decidido llamar Luna a su hija. «Estaba harto de que todos los nombres pertenecieran a religiones, etnias, naciones. Así, escogimos un nombre que no existiese en ese planeta», concluye el músico justo antes de que las primeras notas del concierto reclamen su atención.