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Análisis

Los gestos cuentan

Marta López

«Tengo 50 años, hace un año y medio que busco trabajo. Nunca he tenido respuesta. He tenido que volver a vivir a casa de mis padres. ¿Que piensa hacer usted por nosotros?» Con estas palabras, se dirigió ayer una mujer a François Hollande delante de una oficina de desempleo en La Roche sur Yvon. Tras escuchársela con atención, el presidente francés solo pudo decir, con el semblante circunspecto: «Por el momento, no hay nada concreto». O lo que es lo mismo: No tengo respuesta.

Posiblemente Hollande le podría haber contestado de otra manera, poniendo paños calientes a sus preocupaciones, alimentando con retórica y promesas huecas su esperanza. Quizá, la mujer que lo interpelaba no esperaba ese alarde de sinceridad, infrecuente en los políticos. Pero probablemente percibió su cercanía. El presidente de la República la escuchaba a pie de calle cara a cara y lamentaba no poder darle una repuesta. Un gesto.

En un país en crisis y con un paro del 11% -que otros comprarían a ciegas -, Hollande ha recortado las vacaciones a sus ministros y les ha pedido discreción porque hay muchas familias sufriendo. Él mismo se tomará solo una semana de descanso en un país que ha hecho bandera de sus 36 días de vacaciones pagadas al año. Con esta decisión, el dirigente socialista ni reducirá las cifras del

desempleo ni dará con la respuesta que no supo dar ayer a la parada que lo interpelaba. Pero es también un gesto. Quizá lo único que puede ofrecer cuando le fallan otras soluciones. Por eso cuenta. Y mucho. Aquí andamos faltos de ellos.

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