05 abr 2020

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TESTIGO DIRECTO

Aprendiendo de Tulin y Sulimán

Pau Gasol

Hace una semana estaba en el campo de refugiados de Domiz, cerca de Dohuk, en el norte del Kurdistán iraquí. Pasé la mañana en una escuela con niños sirios que, hasta hace unos meses, vivían en su casa e iban a su escuela. Pero la guerra ha cambiado el rumbo de sus vidas, tuvieron que huir, asustados y dejando todo atrás. Hace una semana me lo contaban Tulin, de 9 años, y su hermana Narin, de 19: «Un día una bomba explotó cerca del colegio y nuestra madre dijo que nos teníamos que ir». Como ellas, hay más de 1,7 millones de refugiados sirios que dependen de la ayuda humanitaria. Casi la mitad son niños.

En campos como el de Domiz tienen agua, comida, escuela, vacunas, medicinas y algún espacio para jugar y hacer deporte… Pero los campamentos están superando su capacidad y los servicios se desbordan con rapidez. Domiz es un ejemplo. Fue diseñado en la primavera del año pasado para acoger a 15.000 personas y, según me cuentan, su población ya se ha triplicado.

Por fortuna, los niños son niños en todas partes, tienen una gran capacidad de adaptación. Con salud, el cariño de su familia, escuela y juego, ya están sonriendo y pasándolo bien. Es algo que aprendo de ellos en mis viajes como embajador de

UNICEF, y pude comprobarlo hace una semana, que estábamos jugando a todo lo que había alrededor: balonmano, ping-pong, fútbol, baloncesto… Qué alegría ver unas canastas en la escuela de un campo de refugiados. El deporte es una gran herramienta para el desarrollo de los niños en general y, en particular, para la recuperación de niños que han vivido situaciones tan dramáticas como, ahora, los niños sirios.

Han sido testigos de una violencia que no entienden y han huido de sus hogares hacia otros países. Muchos de ellos no quieren ir a la escuela del campo de refugiados, porque quieren la suya, a la que iban en Siria… La echan de menos, les duele.

En el campamento tienen garantizados los servicios básicos, aunque el ritmo de crecimiento de la población de refugiados y la falta de recursos hacen muy difícil llegar a todos, pero más difícil es que la ayuda llegue a las miles de familias que viven fuera de los campos en Dohuk. No es fácil saber dónde están ni qué necesitan. Fui a casa de una de estas familias, los Abdallah, que me contaron que decidieron irse cuando destruyeron su tienda. Sulimán, uno de los cinco niños de la familia, me dijo que quiere que la guerra termine y que él y sus hermanos puedan volver a su colegio.

UNICEF trabaja sin descanso desde el inicio de la guerra dentro y fuera de Siria, consiguiendo cosas como que millones de familias tengan agua dentro del país, o que los niños en los campos de refugiados tengan vacunas, medicinas y puedan ir a la escuela. Y, siempre, de estos viajes vuelvo con la alegría de que se salvan vidas, se protege a los niños y se les devuelve a la escuela.

Vuelvo con la alegría de que el esfuerzo de todos juntos siempre alcanza objetivos increíbles, pero hay muchos de estos niños que se quedan en el camino. Las necesidades son tan grandes que las agencias humanitarias de las Naciones Unidas han hecho el mayor llamamiento de su historia. Hay más de cuatro millones de niños afectados, dentro y fuera de Siria. Hace una semana conocí a algunos de ellos. Me pregunto cuál será su futuro si se convierten en adultos en un campo de refugiados, qué oportunidades de desarrollo tendrán aquellos a los que la ayuda no está llegando.

No podemos olvidarnos de ellos, son niños que sufren las terribles consecuencias de una guerra.