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Viviendo al límite

Nicosia, la última capital dividida

ANGELO ATTANASIO

Nicosia, la última capital dividida. / ANGELO ATTANASIO / MARCO ANSALONI

Sevilay Berk sabe que los cigarrillos son más baratos en su lado de la ciudad. Por eso, como siempre, ha traído a su amiga Maria Georgiadou dos cajetillas de Marlboro Light. Tras saludarla, Sevilay apoya el tabaco en el bolso de Maria, que ha acudido a la cita con su nieta Emily. «Cuando nos conocimos no me sentía cómoda-cuenta Maria-. Luego Sevilay empezó a explicarme la historia de su familia y yo, la de la mía. Ahora es como una hermana. Sin embargo, mi familia no acepta que sea amiga de alguien cuya comunidad ha matado a los nuestros».Maria, grecochipriota, tenía 29 años cuando sus padres y dos hermanos desaparecieron durante la guerra de 1974. Sevilay, turcochipriota, tenía 19 cuando vio a sus padres vivos por última vez, el 11 de mayo del 1964. Maria y Sevilay explican cómo sus familiares están entre los casi 2.000 desaparecidos registrados en los enfrentamientos interétnicos entre grecochipriotas y turcochipriotas.

En 1963, el general británico Peter Young trazó una línea verde en el mapa de Nicosia. Su objetivo era frenar los enfrentamientos entre las dos comunidades. Desde agosto del 74 la zona de protección provisional se amplió a toda la isla, de unos 180 kilómetros de longitud. Aquel verano, Turquía respondió a un intento de golpe de estado financiado por Grecia con una invasión militar de la isla.

El conflicto acabó con más de 4.000 muertos en ambos bandos y centenares de miles de desplazados. Desde entonces, la mayor parte de la isla está administrada por la República de Chipre, donde reside el 80% de la población, de origen griego. Por el otro, la República Turca de Chipre Norte (RTCN), reconocida solo por Turquía, ocupa un tercio de su extensión. La delgada línea trazada por el general Young se transformó en la frontera que, desde hace 49 años, divide la capital entre la turcochipriota Lefkosa, al norte, y la grecochipriota Lefkosia, al sur.

«Es absurdo que tengas que mostrar el pasaporte para pasar de un lado al otro de tu ciudad». Maria prepara su documento y el de su nieta para enseñarlos al personal aduanero de la RTCN. Las dos mujeres quieren ir a comprar hilos de lana para tejer. La de mejor calidad está en las tiendas de la parte turcochipriota. Para llegar a Lefkosa hay que atravesar un laberinto de tiendas para turistas y jardines de palmeras. Solo los altos muros rodeados de alambre de púas recuerdan que esos pocos kilómetros son una de las fronteras más militarizadas del mundo.

Aún hoy, 12.000 soldados de la guardia nacional, en garitas destartaladas, controlan la parte sur de la frontera. Enfrente, más de 40.000 militares del contingente turco hacen lo propio con la frontera norte. En medio, vigilada por ambos ejércitos, se extiende una estrecha lengua de caminos y casas derruidas. Ahora es una tierra de nadie donde solo el color de los cascos azules rompe la monotonía de las paredes desteñidas y del rojo del óxido. De hecho, el acceso a esta zona muerta es responsabilidad de las fuerzas de paz de la ONU, que renueva cada seis meses la misión y tiene un coste anual de 46 millones de euros.

En la parte norte de la ciudad, Sevilay, sentada en un bar que huele a café molido, deja en el suelo su bolso con los ovillos colorados y, con la otra mano, se arregla la melena. Mientras, Maria pide un helado para su nieta y explica que conoció a su amiga en el 2004. «Era la primera vez que salía con una turcochipriota tras la apertura de la frontera», afirma Maria. «Me sentía un poco avergonzada. Ambas tenemos familiares desaparecidos». Las dos mujeres empezaron a estrechar su amistad y, al cabo de un tiempo, involucraron a sus familias. Se reunían una en casa de la otra para festejar la Pascua o el Bayram, la fiesta del final del Ramadán. Con orgullo, Maria admite que acompañó a Sevilay en el entierro de los huesos de sus padres, encontrados en una fosa en diciembre del 2010.

En aquellas fechas, un miembro del Comité de Personas Desaparecidas en Chipre (CMP) llamó a Sevilay para empezar el protocolo de reconocimiento que se activa en esos casos. El CMP está formado por representantes de ambas comunidades y por un miembro de la ONU. Establecido en 1981, no comenzó a funcionar hasta el 2007. Durante esos años, las autoridades grecochipriotas fomentaron la idea de que muchos desaparecidos estaban vivos en algunas cárceles de Anatolia, para hacer creer que la guerra con Turquía aún no había terminado.

Las turcochipriotas, en cambio, daban por muertos a los que no habían regresado y los consideraban mártires de la patria. De ello se desprendía que la única manera de no repetir el desastre era mantener la división de la isla. El CMP actualmente coordina todas las fases del proceso: exhumación, identificación y restitución de los cuerpos a los familiares. En ningún caso reconstruye las causas de la muerte ni su autoría. Hasta la fecha ha identificado los restos de 353 personas, 285 grecochipriotas y 68 turcochipriotas.

Analizar el ADN

En el laboratorio de antropología forense del CMP, sobre unas mesas, hay ordenados fémures, dientes, costillas. Aquí Sevilay reconoció, entre los montones óseos, las medias de su madre. «Es como montar un rompecabezas del cual no tenemos la imagen», dice Engin Istenc, la coordinadora turcochipriota del laboratorio. Una vez reconstruido el esqueleto, se analiza el ADN. «La parte más difícil es recibir la información con el nombre de la persona», dice la antropóloga grecochipriota Maristalla Kyrkintri. «En ese momento, los huesos se convierten en un individuo. Darles un nombre es difícil».

Para superar el duelo de las familias, un equipo de psicólogas del CMP se encarga de prepararlas para el reconocimiento. «Muchas esposas siguen cocinando todos los días el plato favorito de su marido, por si vuelve», explica Ziliha Uluboy, una de las expertas turcochipriotas. «Cuando no puedes enterrar a tus muertos, la herida sigue abierta», explica Liza Zambas, su colega grecochipriota. Y concluye: «Ambos han sufrido la misma tragedia y la manera de superarlo es compartirlo». Aunque Oleg Egorov, de la Comisión de la ONU para Chipre, opina: «Compartir el dolor es importante, pero no suficiente».

Negociaciones sin éxito

Las negociaciones entre ambas partes han sido constantes, y todas han fracasado. Siempre chocan en tres escollos. Primero, el estatus de los inmigrantes anatolios que, bajo el auspicio de Turquía, se han instalado en la parte norte de la isla en los últimos 40 años. Segundo, la restitución de las propiedades que la gente tenía al otro lado de la frontera. Y tercero, la presencia militar en la isla.

«En las negociaciones el aspecto humanitario nunca está en la agenda. No piensan en el dolor de la gente», asegura Sevgul Uludag, periodista empeñada en quebrar el tabú de los desaparecidos. Ha sido amenazada de muerte varias veces, sobre todo por su comunidad, la turcochipriota. Pero ha dado voz a las historias de los familiares y, en el 2006, recopiló sus investigaciones en el libro Ostras con perlas perdidas, publicado en turco, griego e inglés. «Ha sido un shock para ambas comunidades descubrir que tenían desaparecidos. Tendían a llorar solo por el dolor propio. Yo he intentado que las dos supieran que nosotros también hemos cometido crímenes». Y concluye: «Quiero mostrar que el dolor nos une para construir un futuro común».

Uludag fue la artífice del encuentro entre Maria y Sevilay, las dos mujeres que ahora, cogidas de la mano, afirman que creen en reconciliación. «Hemos vivido experiencias terribles y ahora esperamos dar la fuerza de creer en la paz», dice Maria mientras mira a Sevilay, que remata: «Ojalá Maria también pueda enterrar a sus familiares. Porque aquí no hay turcos o griegos, solo gente que vive en este lugar».