Análisis

La real maldición de los faraones

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Carlos Carnicero
Carlos Carnicero

Periodista

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Un ultimátum del Ejército en Egipto no es una broma. El poder militar ha sido una constante durante más de 60 años. Quizá sea recomendable volver a leer aNaguib Mahfuzpara introducirse en el laberinto de esta sociedad, donde los Hermanos Musulmanes han sido la única constante política al margen del Ejército. Ahora, las protestas cruzadas han puesto al presidente, Mohamed Mursi,en un sándwich imposible entre las bocanas de los fusiles, sus compromisos con los Hermanos Musulmanes y el descontento generalizado de la población. Tiene pocas opciones de salir airoso de esta crisis. La amenaza: disolver el Parlamento y el Gobierno.

El anhelo de modernización, lucha contra la corrupción, libertades y modernización de muchos de los manifestantes de El Cairo no debe ocultar la naturaleza rural, conservadora y religiosa de la mayoría.

Con 84 millones de habitantes es uno de los países más poblados del norte de África y de Oriente Medio. Después del israelí, su Ejército es el más poderoso de la zona. La revolución del 2011 ha convocado una nueva. Si no sirvió la primera, volvamos a intentarlo. Pero en medioMursi significa el primer Gobierno democrático elegido en las urnas. Es la realidad impuesta por la creciente influencia de los Hermanos Musulmanes que finalmente han accedido al poder instalándose en los centros más sensibles.

El caldo para una intervención militar está en los protocolos de todo golpe de Estado. Un país dividido sin aparente reconciliación posible. El desencanto de las promesas cumplidas. La pobreza y una situación económica insostenible. Y naturalmente, el desorden y la violencia en la calle.Franco yQueipo de Llanono lo tuvieron mejor.

Los rumores de las últimas 24 horas indican que no hay una fórmula para evitar la intervención militar. Ni siquiera la cacareada dimisión del Gobierno satisfaría a los manifestantes. Mientras que los defensores del orden constitucional empiezan a ofrecerse como mártires para evitar la toma del poder del Ejército.

¿Se imaginan una protesta revolucionaria que espere ansiosa la intervención del Ejército para enmendar a un presidente democráticamente elegido?

Las horas siguen corriendo y la exigencia de un Gobierno de unidad nacional no aparece en el horizonte. Poner de acuerdo a la amalgama de fuerzas opositoras y al conjunto de fuerzas islamistas que apoyan al presidente elegido no parece un puzle fácil de armar.

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Egipto tiene una tutela militar que no será fácil de desmontar incluso si se llega a pergeñar un acuerdo precario para evitar el golpe, sea suave o blando. No es fácil que quien ha conseguido un Gobierno islámico después de 60 años de espera se avenga a renunciar al modelo social que ha estado impulsando durante el ejercicio precario del poder democrático.

Empiezo a creer que la maldición de los faraones no era la muerte de quien abriera sus tumbas, sino una sociedad dividida e irreconciliable que solo ha conocido la paz encubierta de la dictadura militar.