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Análisis

Una protesta urbana

Francisco Veiga

Sabemos que las protestas son genuinamente turcas: el 90% de los tuits emitidos estos días en apoyo a las protestas procedían de Turquía, frente a solo un 30% de los que circularon durante la primavera árabe en Egipto, por ejemplo. Pero eso no quiere decir que Turquía se levanta contra Erdogan, sino que una parte de la población urbana de Turquía se está manifestando contra un Gobierno que no la representa, o que no ha hecho nada por ella. Ese sería el titular correcto, menos sensacionalista, pero más ajustado a la realidad y más adecuado para entender qué está pasando y qué puede llegar a suceder.

También es evidente que Erdogan está recibiendo un serio toque de atención en las grandes ciudades del occidente turco, no así en las de la Anatolia central, de donde procede su apoyo electoral. Está claro que la protesta va mucho más allá de la defensa del parque Gezi, pero tampoco estamos ante un alzamiento nacional. Erdogan y el AKP reciben su apoyo de una Turquía provincial, articulada en torno a una pequeña y mediana burguesía de ideología islamista y tirando a neoliberal. Pero no parece que en las calles esté peleando la antigua clase media neokemalista, secular y de mentalidad más estatalizante.

A pesar de lo que clame Erdogan, no es probable que el viejo Partido Republicano del Pueblo (CHP) esté detrás de unas protestas en las que se ven muchos símbolos del activismo cívico, juvenil y alternativo, aunque casi seguro que la gran mayoría proceden de la Turquía laica y urbana. En realidad, el primer ministro se cura en salud para evitar a toda costa que el CHP pueda llegar a tomar el control de la protesta callejera, cosa que parece difícil que suceda. Lo cual es un drama, dado que en Turquía no ha sobrevivido ni siquiera un bipartidismo capaz de atenuar estas situaciones.

Actuando de esa forma, Erdogan no contribuye al desenquistamiento de los problemas que han llevado a esta situación, sino que los perpetúa. Es toda una metáfora de la Turquía socio-política actual, a mitad de camino de la integración en Europa, embarrancada en la guerra de Siria, con el proceso de modernización política e institucional del país en estado de parálisis. En cambio, la economía sí crece de forma espectacular, y ahí posiblemente se encuentra una clave para los disturbios vividos estos días.

Turquía se ha convertido en país refugio para la inversión internacional -y preferentemente árabe-, una buena parte de la cual va hacia fondos de inversión muy rentables. Ese dinero se reinvierte en construcción o incrementa fortunas o especulación; pero no está generando exportación de alto valor añadido, y en ese sentido Turquía podría estar a punto de quedar detenida a medio camino, también en el terreno económico. Parece evidente que una parte de la población urbana no siente que la riqueza se esté redistribuyendo adecuadamente; lo malo, para el Gobierno, es que si las protestas van a más y el país da impresión de desestabilizarse, el dinero escapará. Y la gran obra del AKP en esta década -una Turquía próspera y estable- podría quedar vacía de contenido.

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