Conflicto civil en un país árabe

Calle por calle, casa por casa

Los tiroteos y las explosiones convierten en un infierno la vida diaria en Alepo

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M. M.
ALEPO

Abdeslsatar perdió la mano derecha hace ya algún tiempo, cuando intentaba alejar una bomba lanzada desde posiciones gubernamentales. Y aunque ya no pueda empuñar un rifle de asalto, acude a diario, armado con una pistola y embutida su estrecha figura en unos ajustados pantalones de camuflaje, al barrio de Al Jadida, en la Ciudad Vieja de Alepo. Aquí se lucha calle por calle y casa por casa, en un combate que tiene como objetivo abrirse paso hasta el corazón de la ciudad, aproximadamente un kilómetro de distancia, siguiendo punto por punto los postulados de una imaginaria legión magistral de guerrilla urbana.

El miércoles, este enviado especial acompaña a Abdeslatar y a su katiba (división). Los disparos de mortero impactan a una decena de metros de nosotros, sin que ninguno de los combatientes rebeldes parezca ya inmutarse por el estruendo de las cercanas explosiones, capaces de aterrar a cualquier novato en esta clase de lucha. Espejos, toallas y mantas tendidas con cuerdas intentan dificultar la labor a los francotiradores enemigos, cuyos disparos certeros impactan en las fachadas situadas justo enfrente y obligan a todo ser humano que por aquí merodee a cruzar a la carrera las bocacalles.

Compañero caído

Cuando cae la noche y menguan los tiroteos, Abdelsatar abandona su puesto de combate para relajarse con compañeros de la katiba Dera Ashaar, sin pensar demasiado en las mutilaciones que la guerra le ha ocasionado y que le acompañarán durante el resto de su vida. Pero este miércoles, en cambio, ha tenido que modificar su rutina diaria para velar, junto a una veintena de combatientes, el cuerpo de Abú Sharif, uno de los dos compañeros caídos en los combates del día.

La jornada había sido complicada. Desde primera línea del frente, y en medio de constantes intercambios de fuego, iban siendo evacuados los heridos, algunos por bala y otros con rasguños originados por la metralla, dejando tras de sí espectaculares regueros de sangre. Abu Musab intentaba dirigir el ataque desde una posición a la que solo pudimos acceder atravesando un laberinto de túneles y tabiques abiertos. Y lo hacía prácticamente a ciegas, ya que el hombre que conocía el emplazamiento exacto del enemigo tuvo que ser evacuado del frente con el rostro desencajado por el dolor y asiendo con el puño un pañuelo teñido de rojo junto a la ceja derecha.

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Horas más tarde, ya entrada la noche, y tras cerciorarse de que todos los hombres que dejaba de guardia tenían sus cargadores repletos -la falta de munición se está convirtiendo en un problema que crece entre las tropas rebeldes a medida que la guerra se prolonga- nos personamos en el domicilio de Abú Sharif a bordo de una camioneta para entregar a su familia, envuelto en una sábana manchada de sangre, el cuerpo del nuevo shahid (martir) de la guerra, dedicándole un sentido elogio fúnebre frente a un padre y hermanos deshechos en lágrimas.

En Al Jadida, no caben las armas pesadas ni los vehículos blindados, pero los combatientes rebeldes logran introducir en sus estrechas callejuelas torretas de blindados desensambladas asidas a remolques de camionetas. Y cuando la única posibilidad es no avanzar y esperar parapetado tras un muro debido a que arrecia el fuego enemigo, algunos abren con tranquilidad sus ejemplares de bolsillo del Corán y aguardan a que amainen los disparos recitando en voz baja unos pocos versículos.