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Análisis

Adiós, 'grandeur', adiós

Cristina Manzano

Ha habido mucha nostalgia en la campaña de las elecciones presidenciales francesas. De Gaulle y Mitterrand han sido frecuentemente evocados en las últimas semanas, como si la gloria del pasado tuviera más fuerza para atraer votos que las propuestas ante un incierto futuro.

Mucho se ha discutido también sobre si las visiones que plantean ambos candidatos, Nicolas Sarkozy y François Hollande, son realmente dos modos diferentes de entender la política y el gobierno o si, por el contrario, son dos caras de una misma moneda en la que las políticas tienen muy poco margen de maniobra frente a los mercados y frente a una Europa (o una Angela Merkel, más bien) cuasi omnipotente. Pero aunque el debate general haya sido dinámico, intenso e incluso tenso -como se vio en el último encuentro televisivo-, en el fondo permanece la sensación de que Francia ha perdido su lugar en el mundo. El proyecto europeo, al que tanto ha contribuido, se le está yendo de las manos, por mucho que Sarkozy se empeñe en mantenerse como pareja de baile de la cancillera alemana, y la globalización amenaza algunos de los pilares de la identidad francesa.

¿Dónde quedan si no la liberté, egalité et fraternité para ese casi tercio de franceses, entre la extrema derecha y la extrema izquierda, que votaron en la primera vuelta por el proteccionismo, las medidas antiinmigración y la vuelta del Estado nación? De ahí que en esta segunda fase se haya insistido sobre quién come cerdo o halal, o sobre si la jubilación debe volver a establecerse a los 60 años en lugar de los 62. El mayor toque de emoción lo ha puesto Hollande con su intento de rebelión ante la monolítica doctrina de la austeridad, rápidamente jaleado por todos los que creen -y son ya muchos- que para salir de la crisis hace falta más que recortes. Pero está por ver si en caso de (probable) victoria es capaz de presentar propuestas novedosas que supongan un paso más en la construcción de un Estado del bienestar sostenible y no solamente una vuelta a la inversión y el endeudamiento públicos como paradigmas de la política social; en la campaña, desde luego, no lo ha hecho. O si los mercados le permiten semejante rasgo de indolencia.

«La France ne peut être la France sans la grandeur», dijo De Gaulle. Y sin embargo, esa grandeza se ha ido diluyendo con el ascenso de un mundo en el que las reglas del juego no se dictan ya en Europa. Aun así, gane quien gane mañana Europa sigue necesitando una Francia política, económica e intelectualmente fuerte, comprometida con sus vecinos y capaz de liderar, o al menos contribuir en buena medida, a la batalla de las ideas.

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