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Análisis

El futuro empieza hoy

Cristina Manzano

L as impactantes imágenes de la captura de Muamar Gadafi se convertirán en el icono absoluto del final de una época y del arranque, si bien también simbólico, del inicio de la transición en Libia, el punto en el que el reloj hacia la celebración de unas elecciones democráticas y la redacción de una nueva Constitución comience a correr. Simbólico porque la transición arrancó, realmente, en el momento en que una parte de la población libia decidió rebelarse contra un régimen que llevaba más de 40 años instalado en el poder; y se afianzó cuando las fuerzas del Consejo Nacional de Transición (CNT) se hicieron con Trípoli y comenzó a ser reconocido como único interlocutor válido para la mayor parte de la comunidad internacional.

Fundamental en este recorrido será el papel de la justicia. El nuevo país que surja de este cambio histórico necesita contar con unos tribunales independientes que juzguen los excesos y los crímenes. No será fácil. Ningún proceso de este tipo lo ha sido nunca, pero la experiencia demuestra que una sociedad que es capaz de enfrentarse a sus desgarros delante de un juez se levanta luego más sólida y cohesionada. El objetivo último de una justicia bien aplicada en situaciones de posconflicto es lograr una reconciliación sin la cual no será posible un futuro en paz. Por ello es también importante asegurar que nadie se tome la justicia por su mano y que los prisioneros sean tratados conforme corresponde al respeto por los derechos humanos y la legalidad internacional, algo que, según las últimas evidencias, no está ocurriendo. Pese a la poca información fiable, llegan noticias de persecución, violencia e incluso torturas contra los seguidores de Gadafi y contra numerosos extranjeros sospechosos de serlo.

La muerte del coronel, al tiempo que supone en realidad un alivio para muchos, va a impedir sin embargo que se produzcan espectáculos como al que asistimos en Egipto, donde el juicio a Hosni Mubarak se ha convertido en algo parecido a una farsa. Va a impedir asimismo abrir un nuevo capítulo en la lucha por la justicia universal. El pasado junio, el Tribunal Penal Internacional (TPI) de La Haya dictó orden de arresto contra el líder libio, su segundo hijo, Saif al Islam, y su cuñado Abdulá Senusi, jefe del espionaje del régimen, por crímenes de lesa humanidad cometidos a partir del 15 de febrero, es decir, cuando comenzó la represión de las revueltas. La entrega del codiciado prisionero habría sido una prueba de fuego para el CNT, así como para el propio TPI, limitado a menudo a emitir órdenes de difícil cumplimiento ante la negativa de los países a entregar a sus perseguidos de oro, como el presidente sudanés Omar el Bechir.

Europa ha vivido en su historia reciente episodios no tan lejanos. La guerra de los Balcanes fue una galería de horrores, y errores, que parecían inconcebibles en el siglo XX. Por ello la Unión Europea podría brindar ayuda y referencia a la transición de la justicia en Libia, contribuyendo, entre otras cosas, a la formación de una cultura democrática, sin que ello tenga por qué implicar ningún afán de neocolonialismo ni de injerencia.

*DIRECTORA DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA DE 'FOREIGN POLICY¿

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