Análisis

El huevo de la serpiente vuelve a dar frutos

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Antoni Segura
Antoni Segura

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona

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La barbarie sacudió el viernes Oslo, la capital de Noruega, un pequeño y confiado país de cinco millones de habitantes que goza de un elevado nivel de vida y es el primer contribuyente per cápita en ayuda humanitaria. Miembro de la OTAN, con tropas en Afganistán y Libia, y firmante del tratado Schengen, aunque no de la UE, practica una generosa política de asilo e inmigración, a pesar de que esta no representa más del 9,5% de la población (una cuarta parte musulmanes, incluidas las segundas generaciones). Tras el atentado en el centro político de la ciudad y la masacre de la isla de Utoya, las primeras sospechas se dirigieron hacia Al Qaeda o su entorno. Fue la respuesta instintiva, espontánea, alimentada por la paranoia creada tras los atentados del 2001, 2004 y 2005.

La opinión pública occidental vive obsesionada con el terrorismo islamista, olvidando que la reacción islamófoba que se produjo después del 2001 está incubando otro extremismo populista, también a veces de base confesional, que es caldo de cultivo para el crecimiento de la extrema derecha. De poco han servido las advertencias del Observatorio Europeo de Racismo y Xenofobia-EUMC, que en el 2006 señalaba que tomaba fuerza «la idea de que la presencia del islam en Europa, que se materializa a través de los ciudadanos e inmigrantes musulmanes, es un desafío para Europa y los valores europeos». Dicha idea «se ha instalado en el discurso político europeo y ha contribuido a crear un clima de miedo».

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Ya en 2004,John Richarsonadvertía del avance electoral de los partidos xenófobos, populistas y de extrema derecha: en Holanda, la lista electoral creada porPim Fortuyn (asesinado en el 2002); el British National Party; el Frente Nacional en Francia; el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), deJörg Haider(muerto en el 2008); el Partido del Pueblo Danés (DDP); la Alianza Nacional en Italia; el partido xenófobo Demócratas suecos; el Partido del Progreso en Noruega, que tras las elecciones del 2005 se convirtió en la segunda fuerza política, obteniendo el 22,9% de los votos y 41 escaños en el 2009.

En suma, hoy que Al Qaeda está más debilitada que nunca y cuando su discurso totalitario y excluyente ha perdido fuerza ante las revueltas árabes, la perversa disyuntiva entre libertades y seguridad impuesta tras el 11-S está incubando de nuevo el huevo de la serpiente en Europa con consecuencias trágicas como los atentados de Noruega, perpetrados por un fundamentalista cristiano. Como advierteCatriona McKinnon,los movimientos neopopulistas y de extrema derecha «están unidos por lo que ellos mismos describen como hablar para 'el hombre común', y como un aspecto más de este discurso se oponen a la inmigración y proponen restringir el multiculturalismo, y no se arrepienten de abominar de lo que consideran exageradas y descaminadas 'políticas correctas', guiadas por una preocupación por los derechos humanos, el cambio climático y el multiculturalismo. Su irrupción en la escena política debería ser un aviso para los defensores de la tolerancia».