Terror en Noruega

«Corríamos y corríamos, y él disparaba y disparaba»

El terrorista dejó tras de sí al menos 85 muertos en la isla y a decenas de heridos traumatizados

Los 560 jóvenes acampados en Utoya sufrieron durante una hora y media una atroz persecución

Algunos del los cadáveres cubiertos con sábanas en la isla de Utoya.

Algunos del los cadáveres cubiertos con sábanas en la isla de Utoya. / REUTERS / FABRIZIO BENSCH

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MARC MARGINEDAS
Oslo / Enviado especial

Utoya es una idílica isla en el fiordo de Noruega, un paraíso para las juventudes laboristas que Anders Behring Breivik, un fundamentalista cristiano de 32 años próximo a la ultraderecha, transformó en una

inacabable película de terror para los 560 chicos y chicas de entre 14 y 19 años que participaban en un campamento de verano. Durante una hora y media, Behring, vestido de policía y armado con un fusil semiautomático y un arma corta, recorrió la pequeña isla a a sus anchas, convertido en una máquina de matar que dejó tras de sí al menos 85 muertos. «Debéis morir, debéis morir todos», gritaba a la par que ejecutaba su atroz matanza.

Eran las 17.30 del viernes cuando los organizadores del campamento habían reunido en el edificio principal de la isla a los jóvenes para informarles del atentado que dos horas antes había sacudido el centro de Oslo. Behring, al que todos identificaron como un agente de policía, pidió dirigirse a la reunión. «Acercaos, tengo información importante», les dijo, contó Elise, de 15 años.

Y comenzó a disparar. Y se desató el caos, el horror, una masacre cuidadosamente ejecutada hasta que llegó la policía y lo redujo, sin hallar apenas resistencia. Había transcurrido sin embargo una hora y media, en la que el asesino desató una salvaje cacería humana.

Decenas de jóvenes presas del pánico se dirigieron hacia el mar e intentaron tomar un bote o huir a nado de la isla, situada a medio kilómetro de la costa. Behring les persiguió hasta la orilla y siguió abriendo fuego. La policía recuperó varios cadáveres del fiordo. Otros intentaban esconderse entre los arbustos o subirse a los árboles, pero no hubo ningún lugar para ponerse a salvo de la locura asesina. «Corríamos y corríamos, él disparaba y disparaba», contó la joven Elise.

«Nos decía a gritos que todos moriríamos», relató Adrian Pracon, otro de los supervivientes que se recupera en el hospital, a la prensa noruega. Según su testimonio, «se le veía muy seguro, tranquilo y bajo control». «Sabía lo que estaba haciendo», añadió. Y lo estaba. Antes de llegar a la isla, Behringehring había activado la bomba que arrasó el corazón de Oslo. Pracon salió con vida, pero su relato es escalofriante: «Nos quedamos tumbados boca abajo y sobrevivimos porque nos pusimos cuerpos encima y fingimos que estábamos muertos». «Pude sentir su respiración, oír sus botas», añadió.

SIN FIN / La pesadilla de los jóvenes que veían como sus compañeros caían víctimas de los disparos parecía no tener fin. «Lo peor fue ver que iba vestido de policía. ¿En quien íbamos a confiar?», narraba en su blog una joven de 23 años, Kamzy Gunatman. «Si llamábamos a la policía, ¿era este tipo el que iba a venir?». Esa desconfianza hizo que cuando llegaron los agentes de verdad, muchos jóvenes seguían huyendo. Gunatman escapó a nado del infierno. Bajo un fuerte impacto emocional, ayer todavía no había llegado a derramar una lágrima.

«Oía gritos, oía a gente implorar por su vida y oía disparos. Estaba seguro de que iba a morir», relató a la agencia Reuters Erik Kursetgjerde, de 18 años. «La gente corría por todas partes, tropezaba, trataba de subirse a los árboles», añadió. Junto a él, Thorbojen Vereive, de 22 años, explicaba: «Cuando me metí en el agua, vi como disparaba a mis amigos. Les disparó mientras trataban de huir. Me escondí en una cueva y permanecí allí. Había más gente escondida. Trataba de que saliéramos y nos decía: 'Venid, esto es seguro'».

Otra joven, Dana Barzingi, contaba a la televisión sueca su horror: «No había ningún sitio donde ir. Solo el agua». Y a Edvard Foener, de 16 años, el terrorista le decía: «Sal a jugar conmigo. No seas tímido». Dos chicos se refugiaron en una acequia y le suplicaban por su vida. «Los mató como perros», contó Foener.

Los supervivientes y sus familiares fueron reunidos tras la masacre en un hotel de Sundvollen. Podían distinguirse a lo lejos por sus caras de circunstancias, y sus ganas de que les dejaran en paz. Un cordón policial separaba a los enviados especiales de los principales medios de comunicación mundiales de los supervivientes y familiares de las víctimas.

CONSUELO A LOS FAMILIARES/ Una religiosa luterana, que no quiso decir su nombre y dijo llevar todo el día confortando a los supervivientes y familiares, intentaba zafarse del acoso de la prensa con una forzada sonrisa en la boca, y emplazaba a los periodistas a acudir hoy, a una iglesia cercana, a un servicio religioso en memoria de las nueve decenas de fallecidos. «No quiero decir nada», insistía ante los micrófonos.

Entre el ir y venir de médicos y psicólogos, que tampoco querían dar demasiadas explicaciones, podía verse algún responsable gubernamental noruego, vestido rigurosamente de luto. Era perfectamente identificable porque en cuanto se dejaba ver por las proximidades del cordón policial, los representantes de los medios noruegos se acercaban y le asaltaban a preguntas.

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Como en cualquier acontecimiento de resonancia mundial, las unidades móviles de las cadenas de television se habían adueñado ya, a media tarde, de las cunetas de la población de Sundvollen. Enfrente, la isla escenario de la masacre surgía de las aguas y se vislumbraba con perfecta claridad.

La dimensión de la tragedia solo era posible percibirse en cuanto la carretera comenzaba a adentrarse en Sundvollen. En algunos tramos, la circulación había sido restringida a un solo carril, mientras agentes policiales se encargaban de dirigir el tráfico. A primera hora de la noche, numerosas ambulancias aún aguardaban junto a la entrada de la población a la espera de realizar algún traslado sanitario.