04 jul 2020

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Cartas diplomáticas

La crisis coreana y los equilibrios en Asia

Juan Manuel López Nadal

El ataque de la artillería norcoreana a la isla de Yongpyeong, el 23 de noviembre pasado, ha sido la última chispa en la peligrosa situación que atraviesa la península coreana desde el armisticio de 1953. La última agresión norcoreana acaeció pocos días después de que el científico nuclear norteamericano Siegfried Hecker revelara la construcción de una nueva planta de enriquecimiento de uranio en la zona de Yongbyon, que a su juicio es altamente sofisticada y que podría tener capacidad operativa dentro de uno o dos años.

Se han hecho conjeturas sobre los posibles motivos del régimen de Pyongyang. La hipótesis más verosímil apunta a que el ataque guarde relación con el momento sucesorio que vive la dinastía estaliniana de los Kim. El setentón Kim Jong-il acababa de ungir heredero a su hijo menor, Kim Jong-un. La joven e inexperta criatura quedaría bajo la tutela de su poderosa tía Kim Kyong-hui, hermanastra del déspota reinante y esposa del número 2 de la nomenclatura, el general Chang Song Taek.

Los chispazos de Yongpyeong serían una demostración de firmeza de la dinastía Kim hacia sus tutores militares. En todo caso la brutal agresión norcoreana ha sembrado terror e indignación en el sur e inquietud generalizada en la zona, poniendo en una situación incómoda a China, la única valedora internacional del régimen paria.

Tras el intento por parte de sus predecesores inmediatos de una política de apaciguamiento con el norte (Sunshine policy), el actual presidente surcoreano Lee Myung Back ganó las elecciones con un programa de firmeza y línea dura. Pero a nadie se le escapa que Seúl, a menos de 100 kilómetros de la zona desmilitarizada, sería objetivo asequible para un régimen que ha hecho del militarismo agresivo su principal seña de identidad, a costa de un pueblo que padece hambrunas y privaciones. La ONU estima que en la segunda mitad de los años 90 entre un millón y medio y dos millones de norcoreanos murieron de hambre.

Y no podemos olvidar que la satrapía norcoreana tiene capacidad para fabricar armas atómicas y misiles de largo alcance, experimentados en el 2006 y el 2009, en abierto desafío a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.

Compromiso claro

En estas circunstancias no debe sorprendernos comprobar que Asia y el mundo tiemblen ante cualquier ocurrencia de la dinastía comunista-feudal-militar asentada en Pyongyang. Mientras Corea del Sur ha recibido el apoyo firme y solidario de EEUU y Japón, China intenta apaciguar los ánimos sin castigar a su díscolo protegido norcoreano, y ha propuesto la reanudación de las llamadas «conversaciones a seis», que reúnen a las dos Coreas, China, EEUU, Japón y Rusia. Solo Moscú ha apoyado, con matices, la propuesta. Pero Seúl y sus dos aliados exigen un compromiso previo y claro de Pyongyang de renunciar tanto a sus actos de agresión como a su programa de armamento nuclear, y piden a Pekín que presione a los norcoreanos.

Corea del Norte puede convertirse en un serio quebradero de cabeza para Pekín, que ve deteriorada su imagen en Asia y en el mundo y que difícilmente puede mantener la defensa de un statu quo en la península coreana, que correspondería a sus intereses, pero que sus clientes de Pyongyang ponen en riesgo cotidianamente. Los escenarios de una implosión del régimen norcoreano, con oleadas de refugiados hacia China y una eventual reunificación posterior de una Corea pronorteamericana, quitan el sueño a los actuales mandatarios chinos.

En este contexto, las chispas que saltan periódicamente contribuyen a hacer más volátil e incierto el conjunto de equilibrios de poder en Asia Oriental, una zona cada vez más relevante en aspectos económicos y estratégicos y en la que la Unión Europea parece contar muy poco, aunque allí estén en juego algunos de nuestros principales intereses.