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Análisis

Harán falta sacrificios de todas las partes

Anwar Zibaoui

Los acontecimientos de estos días representan una escalada en el conflicto del Sáhara Occidental, que dura desde hace más de 35 años, y un capítulo más de la lucha soterrada que Marruecos y el Frente Polisario han mantenido en los últimos meses. Sin embargo, el asalto al campamento de Gdeim Izik no era el mejor punto de partida para la tercera ronda de negociaciones directas, que comenzó el lunes en EEUU, con la presencia de Mauritania, Argelia y  la ONU.  El enviado especial de Naciones Unidas, Christopher Ross, apuntaba que esta ronda no podía ser una repetición de las anteriores e insinuaba la urgencia de alcanzar una solución definitiva pero no impuesta. Está por ver si en este clima será posible avanzar, pese a las esperanzas depositadas en esta vía de negociación iniciada hace tres años.

Hace unas semanas se levantó el campamento, con el objetivo de protestar por el deterioro de las condiciones de vida y exigir viviendas dignas y el derecho a un trabajo. Pero la protesta ha derivado en una operación contundente que ha costado la vida a civiles y policías, y ha devuelto el tema saharaui a la primera plana. Este era uno de los objetivos del Polisario, mientras que Rabat lo intentaba evitar, en la semana en que Marruecos celebra el aniversario de la Marcha Verde de 1975. No hay que olvidar que la mayor parte de la sociedad y los partidos políticos marroquís consideran el Sáhara Occidental parte de su unidad territorial. En este tema no hay fricciones internas, y el rey de Marruecos, Mohamed VI, tuvo que hacer un discurso muy duro para atender al clamor nacional.

Sin duda hay que evitar el sufrimiento de miles de personas cuyo único delito es vivir en los campamentos, tanto en el Sáhara como en Tinduf  (Argelia), en condiciones inaceptables. Hay que primar su derecho a una vida digna y libre, sin explotación ni presiones. Este podría ser un primer paso en la dirección correcta.

Este conflicto ha impactado en el proceso de la construcción de la Unión del Magreb Árabe. Paradójicamente, es un momento crítico que exige aunar voluntades, reparar las grietas y buscar salidas para ganar las apuestas de futuro y así responder a las aspiraciones de los pueblos del Magreb. En este proceso Argelia y Marruecos son los actores principales. Deben superar las diferencias políticas y buscar salidas para el conflicto del Sáhara, fomentar la estabilidad en la región y neutralizar el peligro que representa Al Qaeda del Magreb Islámico.

Es conocida la herencia histórica, la sensibilidad y el apoyo que la causa de los saharauis tiene en muchos ámbitos políticos y de la sociedad civil en España, pero no podemos olvidar la necesidad de unas relaciones estratégicas prioritarias con Marruecos. España tiene que seguir su política de proponer espacios que ayuden a aproximar las posiciones.

Se trata de una crisis de enorme complejidad. Cada parte parece fuerte y débil a la vez, y la lógica de la solución está en asumir entre todos los grandes sacrificios. Ninguna de las partes quiere ser responsable del fracaso de las negociaciones, pero la fórmula para buscar una solución global donde encuentren respuestas la aspiración de los saharauis y la integración del Magreb debe implicar la participación de todas las partes bajo el paraguas de la ONU y, sobre todo, pensando en el futuro de toda la región.