CRÓNICA DESDE MOSCÚ

«Vergüenza para mi padre alimentante»

Paseo con carrito por Moscú.

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Dmitri Polikárpov
Dmitri Polikárpov

Periodista

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Los vecinos de un barrio normal y corriente de la ciudad de Odintsovo (uno de las numerosos satélites de Moscú) se quedaron boquiabiertos una mañana reciente. «¡Vergüenza para mi padre alimentante! Se llama Román y vive en el apartamento número 309! Oculta sus ingresos para no pagar». Ese anuncio pintado sobre el asfalto, que se leía perfectamente desde muchas ventanas, iba firmado por un tal «Artiom, de 11 años».

Román, el personaje del anuncio, ha pasado de la noche a la mañana a ser un empresario de reputación inmaculada a un malhechor a quien las bábushkas (mujeres pensionistas) le apuntan con el dedo cuando sale de su todoterreno para entrar en el portal de su casa. Ser moroso alimenticio de menores de edad era una vergüenza en los tiempos de la Unión Soviética. Los padres que se escondían para no pagar a sus hijos eran, a ojos de la sociedad, unos seres dignos de marginación.

A los infractores les costaba escapar a causa del control social que ejercía la máquina estatal comunista. Cuando desapareció la URSS, miles de los padres se dieron a la fuga aprovechando el caos de los primeros años postsoviéticos. Desde entonces, no pagar alimentos a los hijos menores de edad se ha transformado de un repugnante pecado a casi un mérito. Muchos padres incluso presumen con el hecho de que han conseguido escapar de la policía que está encargada de buscar a los responsables paternales a la fuga.

La razón del desenfreno radica en la ley rusa, que no establece pena adecuada por evasión de la pensión alimenticia para los menores. En el peor de los casos el juez puede condenar a un moroso a trabajos correccionales o bien a tres meses de arresto máximo. Pero primero el demandante tiene que comprobar que el alimentante posee recursos adecuados. En Rusia, donde una gran parte de ingresos aún se abona en efectivo y al margen de Hacienda, no es fácil demostrarlo.

Como resultado de esa negligencia, actualmente se abren muy pocos casos criminales contra los padres deudores. En Moscú en el 2009 solo ha habido unos 1.000 juicios y en ninguno los infractores fueron condenados a arresto o trabajos correccionales. Mientras, la deuda de los padres a la fuga ante sus hijos asciende a cientos de millones de euros a nivel nacional.

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Para hacer pagar a un deudor, las autoridades y sus antiguos familiares recurren a métodos cada vez más exóticos que apelan a los sentimientos de los que se niegan a pagar. Por ejemplo, en varias ciudades rusas, en las paradas del transporte público, aparecieron recientemente unos anuncios con fotos de los niños que informaban a los vecinos de que sus padres se negaban a pagarles alimentos. Esa campaña ha tenido éxito. Miles de padres a la fuga enseguida se pusieron de acuerdo con sus antiguos cónyuges.

Ahora el Ayuntamiento moscovita prepara parecidas pancartas. Sin embargo, esa cruzada contra los padres de mala fe ha dividido a la sociedad. Mientras unos condenan a los evasores, otros advierten que los métodos que se ofrecen para hacerles pagar pueden causar trauma psíquico a sus hijos.