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HISTORIA DE UNA AGENTE DE LA DICTADURA CHILENA

La escritora de la Dina

Mariana Callejas organizaba tertulias literarias en su casa, que era también un centro de torturas de Pinochet

Participó junto a su marido en el asesinato de opositores

ABEL GILBERT
BUENOS AIRES

«Es para arrepentirse el resto de la vida», dice Mariana Callejas, aunque sabe que volver atrás es imposible. «No se puede repetir la historia». A los 78 años, el suyo es un nombre maldito de la política y las letras chilenas. Su condición de «escritora promisoria», a mediados de los 70, quedó truncada cuando junto a su esposo, el estadounidense Michael Townley, se integró en la Dina, el aparato represivo que Augusto Pinochet puso en manos del coronel Manuel Contreras.

La casa de los Townley fue un centro de torturas y de investigación con el gas venenoso Sarín, así como escenario de tertulias literarias en las que participaron, sin saber a donde habían ido, narradores que, con los años, ganarían notoriedad. Callejas volvió a la escena hace unos días, cuando el Tribunal Supremo dio a conocer la sentencia por el asesinato en Buenos Aires del general Carlos Prats y su mujer Sofía. La Dina los mató en 1974 con una bomba activada por Townley.

Doble crimen

Por ese doble crimen fueron condenados a 17 años de prisión Contreras y su mano derecha, el brigadier Pedro Espinoza, en calidad de jefes de «una asociación ilícita de carácter terrorista». A la agente Callejas, a quien su exmarido involucró en la operación, el Supremo le rebajó el castigo a cinco años.

La doble vida de Callejas, el vínculo entre el arte y la crueldad, ha sido la materia prima de dos novelas de Roberto Bolaño. En Estrella distante, esa relación se presenta de manera más oblicua. En Nocturno de Chile, Bolaño se apega a lo que ocurrió en la casa del matrimonio Townley. Solo un lector desprevenido puede atribuirlo a la pura imaginación del escritor chileno.

Hubo un tiempo en el que Callejas dijo haber sido otra. A principios de los 60 estuvo en un kibutz israelí. En Miami participó en las marchas del New Party of Florida a favor de la marihuana y la legalización del aborto. Su viaje a la extrema derecha lo hizo de la mano de Townley, que en los años de la Unidad Popular (UP) ya era integrante de la agrupación terrorista Patria y Libertad.

Callejas comenzó a tomarse en serio la idea de ser escritora al entrar en la Dina. La política se filtra en sus primeros cuentos. Uno de ellos trata sobre una persona a la que le encargan colocar una bomba bajo un auto: así fueron asesinados los Prats.

En 1974, Callejas se integró en el taller literario de Enrique Lafourcade, un autor que con El Gran Taimado pasó a formar parte de la lista de artistas censurados por Pinochet. Lafourcade llegó a tener medio centenar de alumnos. Según el Centro de Información Periodística (CIPER) de Santiago, fue el «gran puntal literario de Callejas» y «no pocas veces influyó para que publicaran sus obras y ganara premios». Gracias a Lafourcade, la agente-escritora participó en el almuerzo de escritores chilenos con Jorge Luis Borges, en 1976.

Hijo de ministro

Cuando su maestro anunció el final de los talleres, Callejas los continuó en su casa, donde la Dina hacía de las suyas. El escritor Carlos Iturra dio cuenta de esas veladas en su relato Caída en desgracia. La anfitriona, señaló, «prodigaba a todos por igual su acogedora bienvenida, pero como tallerista era implacable, tal vez la que descargaba opiniones más despiadadas».

En el taller participó Cristian Aiguader, hijo del exalcalde de Barcelona, ministro de la República y uno de los fundadores de Esquerra Republicana, Jaume Aiguader. Llegó a Chile tras la guerra civil. En Santiago prosperó como comercial y hombre ligado a la cultura.

En Lucha inconclusa: memorias de un catalán exiliado a Chile, Aiguader define a Callejas como la autora de «unos cuentos de fuerte carga psicológica». Uno de ellos hacía referencia a la captura de un opositor a la dictadura. «La descripción era tan realista y con tal lujo de detalles que, si bien no es extraño en un gran escritor, parecía cosa vivida».

Callejas cumplió nueve meses de cárcel en el 2003 por el caso Prats. Dice ser una paria literaria que es castigada por sus acciones políticas y, en eso, se compara nada menos que con Borges. Lleva una vida austera y lee a Juan Rulfo. Ahora tiene una novela en la cabeza sobre los neofascitas italianos que protegía la Dina. «Todos mis personajes son reales», avisa.

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