CRÓNICA DESDE Pekín

'Gran Hermano' en la región de los uigures

Mercado callejero de Kashgar.

Mercado callejero de Kashgar.

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ADRIÁN Foncillas

Esta semana hace un año que hordas uigures tomaron las calles de Urumqi (Xinjiang) con el propósito de rebanar el cuello a todos los han (etnia mayoritaria china) que se cruzaran. Lo consiguieron de largo antes de que el Ejército las reprimiera a tiros. Conviene recordar la película entera de la revuelta uigur porque es costumbre desatender el pogromo en favor de la represión militar a pesar de que el primero causó el grueso de los 197 muertos.

Dicen que Pekín ha aumentado el control estos días. En Kashgar, la capital espiritual de la provincia de Xinjiang, el trabajo periodístico de pulsar la opinión está tradicionalmente condenado al fracaso por el miedo y la red de confidentes.

Dado que un periodista occidental solo consigue silencio de la población local, recurrí el pasado año a un neozelandés que regentaba un restaurante. Estaba vacío y pensé que ayudaría a la confidencia. Tras media hora de animada e insustancial charla, me pidió que abandonara el local cuando le pregunté por la tensión étnica en la ciudad.

Durante mucho tiempo, los periodistas extranjeros colorearon sus crónicas con las declaraciones de un uigur que se topaban paseando por el barrio viejo. El hombre invitaba a su casa y ofrecía té y un discurso cuidadosamente equidistante que venía al pelo. Ya fallecido, su esposa se encarga de esos encuentros. No hay margen a la casualidad en Kashgar.

Abdul dirige una próspera agencia turística familiar. A cada hermano y primo le obliga a estudiar un idioma diferente para ampliar el mercado de potenciales clientes. Es un buen viejo y buen amigo, pero debe cuidar tanto las amistades como su negocio, así que cuando recientemente me ofreció un traductor a buen precio los dos sabíamos que serviría de nexo con la policía.

Mi traductor recibía llamadas cada dos horas de la comisaría de Kashgar preguntando dónde estaba, con quién hablaba y qué quería saber. Es difícil no inflar el ego sabiéndose el desvelo de decenas de policías, seguido por coches y agentes de incógnito, da igual que uno ocupe el día comiendo pinchitos o bebiendo té en los aledaños de la mezquita Id Kah.

En el visado de los periodistas extranjeros en China figura nuestra profesión, así que la policía sabe en qué hotel nos registramos antes de que hayamos pisado la habitación. Si un recepcionista en Xinjiang no informa de la llegada de prensa tendrá un problema serio. De esta forma, la policía me encontró de madrugada el año pasado y me echó de la ciudad. De esta forma, todas las etapas de mi reciente viaje por la provincia pudieron ser seguidas y mi intérprete tuvo un trabajo extra.

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Cada día debía contestar las llamadas de la central de Kashgar y las de la policía local. En Turpan le pidieron que me dijera que sería cordialmente bienvenido si venía de turismo, y que me romperían las piernas si hacía preguntas inconvenientes. No siempre era fácil hablar con mi intérprete, enfrascado como estaba con el teléfono.

Eso ocurrió un par de meses atrás, así que se hace difícil pensar cómo Pekín puede haber incrementado el control estos días.