RETORNO A HAITÍ

Sin casa y con un ojo en el cielo

Cinco meses después del seísmo, un millón y medio de haitianos 'sin techo' se reparten en más de un millar de campamentos con la amenaza inminente de los ciclones

Hasta un centenar de familias pueden llegar a compartir una letrina en algunos de las aglomeraciones de refugiados

Una chabola en Haití, cinco meses después del terremoto.

Una chabola en Haití, cinco meses después del terremoto. / MONTSE MARTÍNEZ

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MONTSE MARTÍNEZ / Puerto Príncipe

Llegar a Puerto Príncipe por aire provoca un espejismo en una mirada acostumbrada al primer mundo. Retazos azules, muchos, salpican el paisaje rompiendo el gris de las edificaciones o, mejor dicho, de lo que queda de ellas. Como si cada casa tuviera, si no piscina propia, sí una muy próxima. Hasta que los retazos azules vistos desde el cielo son cada vez más, algunos especialmente grandes. El espejismo dura poco porque no es agua el azul que se ve desde las alturas. Azules son los plásticos que se han convertido en el techo de los haitianos que lo perdieron el pasado 12 de enero, cuando un devastador terremoto provocó 300.000 muertos y dejó las estructuras del país en ruinas. Estos plásticos azules, conocidos como prelat, son uno de los bienes más preciados ahora en Haití.

Establecimientos espontáneos

Han pasado cinco meses, ha arrancado la temporada de ciclones y un millón y medio de personas siguen viviendo en la calle repartidas en campos de desplazados. La última cifra de Naciones Unidas, actualizada este mes, registra 1.241 asentamientos en todo el país, la mayor parte en la capital, Puerto Príncipe, y sus aledaños. Cuando la tierra tembló salieron con lo puesto y se apostaron allí donde había espacio. La plaza de su barrio o el patio de la escuela de los niños, por poner dos de los ejemplos más comunes. En plazas como esas, patios escolares similares, en parterres, jardines, aceras, unos más grandes, otros más pequeños, unos más céntricos, otros en los aledaños. De entre 500 personas, los menos poblados, hasta 50.000, los más densos. Hay más de un millar de emplazamientos espontáneos registrados. Dos grandes campamentos oficiales, el campamento Coralle y Tabar Issa      --levantados con autorización y supervisión del Gobierno de forma ordenada y con los mínimos servicios garantizados-- concentran a 70.000 personas. El resto, hasta llegar a un millón y medio, se hacinan en los emplazamientos espontáneos en condiciones que rozan lo infrahumano. Un ejemplo ayuda a hacerse una idea de las condiciones. Si los estándares internacionales de asistencia a desplazados establecen unos mínimos de una letrina por cada 20 familias, en Haití se están dando casos de una letrina para cada 100.

Un montón de preguntas

Aquellos campamentos, larvados de forma espontánea en el momento de máxima crisis por la necesidad de salir de cualquier estructura a cubierto para salvar la vida y por la imposibilidad de retornar bajo techo por haberse convertido en ruinas, han pasado de ser solución de emergencia a vida cotidiana. Ese día a día no es fácil. ¿De dónde sale el agua potable para más de un millar de personas concentradas en una plaza? ¿Dónde hacen sus necesidades con unas mínimas garantías de higiene para evitar convertirse en foco de malaria? ¿Dónde se duchan? ¿Qué comen? ¿Dónde cocinan?. Cada amanecer es un reto.

Más de una respuesta

Un millón y medio de personas viviendo en la calle con los ojos puestos cada día en el cielo esperando el primer ciclón y renegando de su Gobierno, un Gobierno debilitado, más si cabe, tras el terremoto, incapaz de responder con rapidez y eficacia a todos los retos que implica la reconstrucción del país. En este escenario, Naciones Unidas y las oenegés, como canalizadores de la ayuda internacional, se han convertido en actores de primer orden. Con la ayuda en sus manos, trabajan codo con codo con un Gobierno desbordado, sin estructura administrativa y desesperadamente lento en sus decisiones y gestiones. Y aflora la pregunta clave: por qué cinco meses después hay un millón y medio de haitianos malviviendo en las calles cuando el mundo se volcó económicamente con un país devastado. Por qué el dinero no llega al pueblo haitiano traducido en casas, asistencia sanitaria, educativa y social. La respuesta es tan poliédrica como la propia situación.

Sin edificios, sin papeles, sin registros

La oenegé catalana Intermon Oxfam, integrada en la federación de oenegés Oxfam Internacional, es una de las miles que trabajan sobre el terreno en suelo haitiano. La responsable de la misión de Oxfam Internacional en Haití, Antonella Scifo, no tiene dudas al afirmar que Haití constituye en estos momentos uno de los desafíos humanitarios más complejos de los últimos tiempos. Y apunta una reflexión clave para entender la lentitud del proceso. “Haití corre un riesgo altísimo de convertirse en un país excesivamente dependiente de los organismos internacionales”, argumenta Scifo para añadir: “Por eso cada decisión se está consensuando con el Gobierno del país con el objetivo de que Haití tenga las riendas de su reconstrucción”. Pero cada gestión, por pequeña que sea, es un trabajo titánico y lento para un Gobierno que casi no existe administrativamente. Se cayeron los ministerios, desaparecieron archivos y documentos, no hay registros de propiedad. ¿Cómo el Gobierno puede hacer uso de una tierra con rapidez para ubicar a sin techo si sabe quién es el propietario pero no hay registro de la propiedad o se han perdido los propios titulos que acreditan la misma? El caos administrativo alcanza límites insospechados.

“Cada decisión consensuada ralentiza el proceso y puede ser analizada desde fuera como una falta de eficacia en la actuación tanto del Gobierno como de las mismas oenegés y organismos internacionales”, apunta la responsable de Oxfam Internacional en Haití que reconoce que, pese a todas estas complicaciones reales, el Gobierno haitiano podría ser más ágil en algunos aspectos.

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La amenaza del ciclón

La Organización Internacional para Migraciones (OIM), el brazo de Naciones Unidas que tiene como objetivo controlar las migraciones de personas afectadas por conflictos o desastres en unas condiciones humanas y de forma ordenada, supervisa la situación en los campos. El máximo responsable de la coordinación entre los gestores de todos los campamentos, Shaum Scales, explicó a EL PERIÓDICO que los procesos administrativos son lentos por las gravísimas carencias administrativas del Gobierno. Scales admitió la seria amenaza que supondría para los desplazados la llegada de un ciclón importante y apuntó que, lo prioritario, es detectar qué campamentos están más en peligro ante la llegada de lluvias y vientos y tomar las medidas oportunas.