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CRÓNICA DESDE BOGOTÁ

La ciudad del exceso de decibelios

Abel Gilbert

Observada desde el mirador del cerro Monserrate, a casi 3.000 metros de altura, Bogotá nos devuelve una falsa imagen de mansedumbre. La calma –o su utopía– se termina a medida que emprendes el descenso. La ciudad chilla por la modernización de su sistema de transporte principal, el Transmilenio, y eso la vuelve aún más ensordecedora. Aquí ya no solo se grita por agravio: la voz se eleva, como el cerro Monserrate, para salvaguardar la comunicación.

«Antes acudían a la semana alrededor de dos pacientes. Ahora llegan cuatro presentando algún problema auditivo», dijo a la prensa, no sin sorpresa, el otorrinolaringólogo José Antonio Rivas. La gente viene con síntomas de estrés, mal genio, dolores de cabeza y mareos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha fijado en 55 decibelios el límite que garantiza una buena escucha. Pero, según la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA), la mayoría de las localidades bogotanas tienen un promedio de 72 decibelios y, en muchos casos, se supera la barrera de los 90.

Fue así que, tiempo atrás, unos 2.000 manifestantes recorrieron con furia la avenida La Esperanza, cerca del aeropuerto Eldorado, para protestar. El constante despegue y aterrizaje de los aviones no los deja dormir. No están solos. Cada dos minutos suena aquí el teléfono de la línea 123 de emergencia. Los que llaman denuncian que el ruido les roba el sueño o la paciencia. No deja de ser una ironía que Mártires sea una de las localidades más afectadas.

El mapa del ruido de Bogotá coincide en cierto sentido con el del ocio. Las áreas más estentóreas son aquellas donde aflora la vida nocturna. Pero los estudios señalan que cada estrato social escribe sus normas acústicas. De jueves a domingo, el vallenato, la salsa y el reagaeton inundan los barrios populares. Los que sufren son aquellos que no comulgan con el contoneo constante. En los barrios acomodados las principales denuncias se relacionan con los ladridos de las mascotas. A veces es un caniche el que colma la tolerancia. En otras, un coro canino.

La situación ha llegado a tal límite que la Secretaría de Ambiente prepara una nueva reglamentación que obligará a controlar todos los ruidos clasificables: ascensores, puertas metálicas y de garaje; estaciones de bombeo, sistemas de refrigeración y ventilación, pitos, motores, taladros, taconeos, equipos de amplificación, megáfonos, gritos y discotecas a todo volumen.

¿Cómo hablar de lo indispensable con tanto volumen? La política también se nutre de las metáforas de violencia acústica. Un muro de «silencio» rodeó el tema de los «falsos positivos» –las ejecuciones fuera de la ley de jóvenes marginales a los que se hizo pasar por guerrilleros– hasta que la prensa pudo hacerlo audible. Fue un escándalo. Ahora las Fuerzas Armadas se oponen a que la justicia civil dilucide estos episodios. Un grupo de excomandantes del Ejército dijo que hay «malestar» en las filas por esas razones. «En otros tiempos un pronunciamiento como este se habría considerado un ruido de sables», señaló Semana. Así de sonora es la cosa.

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