29 mar 2020

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CRÓNICA DESDE BERLÍN

Los berlineses no quieren 'carlofts'

Paola Álvarez

Un paseo por las orillas del canal Landwehr, que sin ser la frontera real separa simbólicamente los barrios de Kreuzberg y Neukölln, suele convertirse en una experiencia de lo más variopinto. La mezcla de familias turcas, jóvenes llegados de cualquier rincón del mundo, nuevos y viejos cafés y berlineses de todas las edades y colores jugando a la petanca refleja de manera bastante fiel la diversidad que domina esta zona de la ciudad. Son las orillas en las que cada martes y viernes se celebra el mercadillo turco, las mismas que han visto prosperar y crecer a ambos barrios y, desde hace unos años, las mismas que han visto levantarse algunos de los edificios de lujo más impresionantes de la ciudad.

Que a los vecinos del barrio esto último les haga bastante poca gracia no sorprende a nadie que conozca algo Berlín. Edificios de lujo se traduce en vecinos ricos y esto, a su vez, en subida de los alquileres y transformación del barrio. Es la famosa gentrifizierung de la que ya hemos hablado más veces en esta página. No es, por tanto, difícil imaginar la cara que se les debió quedar a todos cuando escucharon por primera vez el nombre del proyecto Carloft (de car, coche en inglés, y loft). La idea era construir en Berlín, en pleno corazón de Kreuzberg, el primer edificio de lujo en el que los propietarios pudieran subirse el coche en ascensor a la terraza. Y lo hicieron. En el 2007 el edificio estaba listo. Once lofts de entre 225 y 540 m2 por el módico precio de entre 500.000 y 1,5 millones de euros salieron a la venta.

Pero antes de que a nadie le diera por hacer cola para hacerse con el mejor de todos, muchos vecinos emprendieron una guerra contra el edificio, que cada día aparecía con manchas de pintura o con cristales rotos. El resultado fue que dos años después apenas se habían vendido dos pisos. Esta semana los dueños del edificio no quisieron decir cuántos quedan todavía por vender. Desde fuera no se ve mucha vida, en contraste claro con el resto de la animada calle Reichenberger, donde se encuentra, y en la que el resto de edificios, más antiguos, están al máximo de su capacidad.

La guerra vecinal ha afectado también a otro proyecto similar de viviendas de lujo iniciado en una de las calles paralelas. El edificio lleva un año terminado y un año vacío. Por si quedaban dudas, en varias calles aparecen pintadas irónicas sobre el carloft y otras que advierten: «quien compra aquí, compra problemas». Suena más que amenazante para un barrio tan joven y familiar. Pero es que hace tiempo que Kreuzberg 36, como se conoce esa zona del barrio, está a la defensiva y lo cierto es que esta es una de las pocas batallas que ha ganado.

«Yo no creo que tenga nada de malo que la gente se suba el coche a la terraza; el problema es que un edificio como este simboliza mucho más», dice un joven a la puerta del vestíbulo garaje. De simbolismo precisamente sabe mucho esta ciudad. Y también de ironías, como lo es el hecho de que la ciudad pionera en construir edificios con ascensores para coches (con el tiempo le han seguido otras) sea una de las ciudades europeas con menos ascensores para personas en las viviendas.