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CRÓNICA DESDE BUENOS AIRES

Los 'motochorros' y la paranoia blindada

Abel Gilbert

Las callecitas de Buenos Aires dejan ver una plétora de curiosidades en movimiento: chatarras rodantes que traquetean a la par de las unidades último modelo, carretas tiradas por caballos o arrastradas por la tracción humana (los hurgadores de cartón y botellas de plástico), bicicletas a contramano y patinadores que creen estar en el Central Park; buses que escupen nubes contaminantes y camiones que realizan las mudanzas a cualquier hora. Dos variedades se han añadido a esta jungla cinética: los automóviles blindados y la creciente presencia de ladrones en motocicleta, más conocidos como los motochorros.

Según el diario Perfil, por la capital argentina ya circulan unos 4.000 autos blindados. Pertenecen a funcionarios, empresas, diplomáticos y, desde hace poco, a particulares. Una década atrás, esa selecta expresión de la obsesión urbana era una excentricidad. Pero cada año hay 400 nuevos vehículos preparados para resistir ametralladoras, ataques de comandos, intentos de secuestro y otras variedades del acoso. Y si bien Buenos Aires está todavía lejos de Sao Paulo, la principal productora de autos blindados del mundo (unos 3.500 anuales), la tendencia ascendente empieza a dar cuenta de nuevos usos, abusos y costumbres.

De acuerdo con Juan Pablo Bozzo, director comercial de Blindados Dietrich, el crecimiento en la venta de este tipo de vehículos está siendo del 100% respecto del 2009. Las consultas, en tanto, han aumentado un 300%. «Hace un par de años el mercado fluctuaba mucho en función de los secuestros que salían en los medios, pero hoy está mucho más estable y maduro», dijo a Perfil Claudio Beatriz, director de la firma Alive.

Adecuar un auto a las exigencias de la paranoia que los medios alimentan a diario cuesta entre 20.000 y 30.000 euros. Los clientes por lo general revisten las puertas, los cristales y las ruedas. Pero otros van al detalle y extienden la proyección al motor, el techo y el depósito de combustible. Para hacer todo esto, es necesario desarmar completamente el vehículo y volver a montarlo.

Lo que estas empresas venden es tranquilidad. «Te pueden disparar en un semáforo y escapas sin problemas», suelen repetir los vendedores, en recurrente alusión a los motochorros. A diferencia de las ciudades europeas, la motocicleta es aquí portadora de un doble estigma social: la utilizan por lo general los servicios de mensajería y los bares y restaurantes que entregan comidas a domicilio (los delivery). Los motoqueros, que transportan esos productos, son artistas del zigzag en las calles abarrotadas. El peligro de accidentes no los intimida. Las normas de tráfico, tampoco. Muchas veces ni siquiera utilizan casco. Son miles y miles, y ahora dicen sentirse discriminados. A veces son confundidos por la policía con motochorros cuando, a lo sumo, son leves infractores.

Las autoridades, con cierta razón, quieren que todos los motociclistas usen un chaleco reflectante en el que conste la matrícula y, además, el casco protector. Que sean, en definitiva, visibles y más previsibles. Los únicos que tendrían comprado el derecho a camuflarse serían los dueños de los blindados.

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