28 mar 2020

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Análisis

Tailandia: crisis, violencia y poder

Juan Manuel López Nadal

Una visión parcial y distorsionada que se vende fácilmente en muchos medios de comunicación occidentales es la de presentar a los camisas rojas como un movimiento que lucha por la democracia y la igualdad; el Gobierno presidido por Abhisit Vejjajiva es presentado por esos mismos medios como una camarilla al servicio de la élite que reprime indiscriminadamente a la población. Nada más falso.

El drama que se desarrolla hoy mismo en Bangkok y en otras zonas del país obedece ciertamente a unas causas sociopolíticas muy profundas. Pero estas causas y raíces sirven, ante todo, como manivela de control y manipulación al servicio de turbios intereses, movidos por el dinero y el poder.

Es verdad que los camisas rojas difícilmente existirían sin una historia previa de marginación e injusticia. Pero el trasfondo real de esa aterradora representación se debe, fundamentalmente, a una lucha feroz por el poder ante la perspectiva de la inminente sucesión en el trono de un monarca anciano, carismático y querido, el rey Bhumibol Adulyadej, por un príncipe escasamente competente e incapaz de hacerse con el afecto y el respeto de su pueblo.

En ese escenario se han posicionado dos coaliciones, articuladas en torno al apoyo o al rechazo al exprimer ministro Thaksin Shinawatra. Thaksin, que amasó una inmensa fortuna empezando con la seda y terminando con los teléfonos móviles y los satélites, hizo de su riqueza la plataforma para lograr el poder y, cuando lo obtuvo de manera democrática gracias a sus políticas populistas, hizo del poder un instrumento para enriquecer aún más a los suyos en un marco de corrupción, nepotismo y autoritarismo inusitados.

Thaksin obtuvo el apoyo de las masas rurales del norte y nordeste del país, tradicionalmente ignoradas por una élite monárquica anticuada y reaccionaria. Pero el rechazo del thaksinismo no es solo el de esa élite celosa por mantener sus privilegios seculares; es también el de unos sectores urbanos educados e internacionalizados que repudian el autoritarismo y la corrupción.

El golpe militar de septiembre del 2006 acabó con el poder de Thaksin, pero no le privó de sus bases ni resolvió las cosas. Se quiso acabar con un mal –el thaksinismo– con un mal aún peor, el golpismo militar. Y así, entre unos y otros sembraron la división que ha llevado al dulce reino de Siam al odio, la violencia y el caos.

Nada habría sido posible sin la sed de venganza de Thaksin y ahora prófugo de la justicia tras su condena por varios delitos de corrupción. Es cierto que las bases de los camisas rojas están formadas por personas decentes que anhelan acabar con décadas de injusticia. Pero también lo es que sus dirigentes tiene unas miras mucho menos altas. Sin el dinero de Thaksin, fruto de un brutal y prolongado expolio, esas masas cuya movilización durante varios meses habría sido imposible sin una sólida base financiera, han estado, inconscientemente en su mayoría y conscientemente por sus cabecillas y agitadores, al servicio de los intereses egoístas de un hombre, de una familia y de un grupo de poder.

Ello no exime, evidentemente, a la vieja élite tradicional en torno a la monarquía de sus graves responsabilidades, debidas a su ceguera, egoísmo y falta de solidaridad social. La consecuencia ha sido la división dramática entre dos bloques que ambos han ahondado con idéntico empeño en los últimos cinco años. Esta división ha traído a Tailandia la violencia, el caos y la incertidumbre.

¿Cómo podrá el pueblo tailandés salir del hoyo en el que le ha metido la vesania criminal de los demagogos y manipuladores de ambos bandos? Hará falta utilizar el verbo reconstruir. Harán falta las estructuras físicas y, sobre todo, las éticas y morales, para las que Tailandia debería recurrir a sus ancestrales y admirables valores budistas.

Hará falta un esfuerzo de la sociedad civil para llenar el vacío político y la falta de cultura democrática que unos y otros han propiciado. Habrá que escuchar a todos, atendiendo las razonables quejas de unos y otros, y castigar a quienes han llevado su criminal afán de poder a la destrucción de una de las ciudades y uno de los países más hermosos de Asia y del mundo.

Conociendo al pueblo tailandés, y sabiendo de su capacidad de sufrimiento, que he podido vivir en primera persona, sé que sabrá sacar a ese extraordinario país del abismo en que ha caído. Y sus amigos de todo el mundo estaremos junto a ellos para ayudarles.