Ir a contenido

CONSECUENCIAS DE LA CRISIS ECONÓMICA EN LAS FORTUNAS EUROPEAS

El suicidio de millonarios se extiende como una plaga por las principales economías de Europa

Un envidiado magnate irlandés amigo de Clinton es la última víctima

BEGOÑA ARCE
LONDRES

El millonario Patrick Rocca era un personaje envidiado en Irlanda. Con una mansión a las afueras de Dublín, un lujoso chalet en Marbella y una fortuna estimada en 500 millones de euros, el inversor inmobiliario era la imagen del éxito. Su helicóptero estaba a disposición de Bill Clinton, cuando el expresidente estadounidense viajaba a la isla; entre sus amigos se contaban personajes de la política, el deporte, las finanzas y el mundo del espectáculo. Cuñado del músico Van Morrison, Rocca y su esposa Annette estuvieron el pasado sábado en el Residence, el club deportivo privado más exclusivo del país.

El domingo cenaron con unos amigos. El lunes, Annette fue a llevar a los dos hijos de la pareja al colegio. Cuando volvió, encontró en el jardín el cadáver de su marido, aún vestido con el pijama. Rocca se había disparado un tiro en la cabeza. Tenía 42 años. La Garda, la policía irlandesa, habló respetuosamente de "una tragedia personal". Su entierro, al que acudió la toda jetset local, fue también el funeral del tigre celta, el apodo que recibió el boom económico irlandés.

Una epidemia internacional

Rocca es de momento la última víctima de una epidemia internacional de empresarios e inversores que han puesto fin a sus días, arrastrados por el desplome de la banca y los mercados. El irlandés había perdido, al parecer, grandes sumas de dinero en el Anglo-Irish Bank, el banco nacionalizado por el Gobierno este mes. "Hasta donde yo sé, Patrick tenía más de 20 millones de préstamos con el Anglo. La noticia de la nacionalización fue un gran conmoción para él", declaró uno de sus conocidos.

Si Rocca ha puesto rostro a la crisis irlandesa, Adolf Merckle, que se suicidó el 5 de enero, lo puso a la alemana. Merckle era un magnate de 74 años y figuraba en el puesto 94 de la lista de los hombres más ricos del mundo. Discreto y con fama de tacaño, vivía dedicado a los negocios, lejos de las cámaras y la farándula. Durante cinco décadas había construido un imperio, valorado en 97.122 millones de euros, con intereses en la industria farmacéutica, el cemento y la maquinaria. Un conglomerado que empleaba 100.000 personas y que comenzó a desmoronarse en otoño, tras varias operaciones especulativas en la bolsa. Las deudas se agravaron con la caída de la demanda y las turbulencias de la economía.

El industrial llevaba dos meses negociando con 30 bancos acreedores un último préstamo para salvar sus negocios, cuando optó por arrojarse a las vías del tren. "Estaba destrozado por su sentido de la impotencia para afrontar la actual situación, y decidió acabar con su vida", señaló su familia.

Dentro de su Jaguar

El mismo día en que murió Merckle, Steven Good, el presidente de una de las inmobiliarias más importantes de EEUU, fue hallado dentro de su Jaguar, en otro aparente suicido. Dos semanas antes, el financiero francés, René-Thierry Magon de la Villehuchet, echó el cerrojo a la puerta de su despacho en Nueva York y tras tomar unos somníferos, se cortó las venas. El cofundador de la firma de inversiones Access Internacional Advisor había confiado más de 1.000 millones de euros de sus clientes al estafador Bernard Madoff.

El 2 de diciembre había sido Eric von der Porten, jefe de una gestora de fondos estadounidense gravemente endeudaba, quien se suicidaba en su casa de San Francisco. Tampoco el corredor de bolsa brasileño Paulo Sergio Silva pudo aguantar la tensión. En plena sesión de la Bolsa en Sao Paulo, se pegó un tiro en el pecho, aunque logró sobrevivir. El millonario neozelandés afincado en Inglaterra Kirk Stephenson, no tuvo tanta suerte. Director de operaciones de una compañía de inversiones, afectada por la quiebra de Lehman Brothers, el conocido profesional de la City, pereció arrojándose a un tren. A la lista negra, hay que añadir tres analistas e inversores estadounidenses, Barry Fox, Edwin Rachleff y Scott Coles, que no soportaron ver la ruina de sus respectivas empresas y clientes.